Ce­rrar la em­pre­sa fa­mi­liar

La Vanguardia - Dinero - - EN PORTADA - Jor­di Ta­rra­go­na

Si se ha de­ci­di­do no con­ti­nuar con la em­pre­sa fa­mi­liar y no se ha en­con­tra­do com­pra­dor, ni por un eu­ro, lo que to­ca es ce­rrar­la. Ce­rrar un ne­go­cio es una gran ex­pe­rien­cia for­ma­ti­va. No es rá­pi­do, fá­cil ni ba­ra­to. Es el mis­mo es­fuer­zo que po­ner­la en mar­cha, pe­ro con mu­chas me­nos ale­grías. Y si el que lo tie­ne que ha­cer es el fun­da­dor de la em­pre­sa fa­mi­liar o el con­ti­nua­dor fa­mi­liar, la car­ga emo­cio­nal pue­de ser muy fuer­te.

Una em­pre­sa se pue­de ver abo­ca­da al cie­rre por una su­ma de mu­chos mo­ti­vos. Des­de de­ci­sio­nes es­tra­té­gi­cas que en agua pa­sa­da se ven equi­vo­ca­das, pa­san­do por cam­bios en el mer­ca­do, por par­te de con­su­mi­do­res o com­pe­ti­do­res, en­ga­ño de per­so­nas de con­fian­za, o por cam­bios de po­lí­ti­ca cre­di­ti­cia, en­tre otros. Al cie­rre se lle­ga al prin­ci­pio po­co a po­co, y des­pués de gol­pe. Ca­si siem­pre se de­ci­de ce­rrar de­ma­sia­do tar­de, por­que por na­tu­ra­le­za los em­pre­sa­rios so­mos op­ti­mis­tas.

El ob­je­ti­vo del cie­rre no tie­ne que ser tan­to ven­der­lo to­do, sino ge­ne­rar el má­xi­mo de ca­ja ne­ta po­si­ble, es de­cir, des­con­tan­do los gas­tos. Eso es muy im­por­tan­te te­ner­lo en cuen­ta y ha­cer los di­fe­ren­tes es­ce­na­rios en fun­ción del ca­len­da­rio, de los precios de ven­ta y cos­tes de cie­rre y ven­ta. Pa­ra ob­te­ner la má­xi­ma ca­ja ne­ta ha­ce fal­ta ser pre­vi­sor y fi­jar bien el ini­cio y la du­ra­ción del cie­rre. El tem­pus y el tono de los des­cuen­tos no tie­nen que ser li­nea­les ni ma­yo­res de lo ne­ce­sa­rio; aun­que tie­nen que ser cre­cien­tes a me­di­da que se acer­ca la fe­cha de fi­na­li­za­ción. Lle­ga un pun­to en el que pue­de ser más ren­ta­ble ti­rar un ac­ti­vo que man­te­ner el pro­ce­so de ven­ta. Es­tá cla­ro que no es la mis­ma cir­cuns­tan­cia un ca­mión lleno de con­ge­la­dos que una par­ce­la rús­ti­ca.

La ac­ti­tud de las per­so­nas se con­vier­te en un ele­men­to esen­cial pa­ra el éxi­to de la ope­ra­ción, tam­bién en un pro­ce­so de cie­rre. Los bue­nos pro­fe­sio­na­les, co­mo los bue­nos ac­to­res, son to­da­vía más pro­fe­sio­na­les en su úl­ti­ma ac­tua­ción. Quien me­nos te es­pe­ras se mues­tra dis­pues­to a lu­char has­ta el fi­nal, y co­mo Cé­sar, pue­de ser Bru­to, el que con­si­de­ras tu hi­jo ama­do te pue­de dar la pu­ña­la­da tra­pe­ra. Só­lo te pue­de trai­cio­nar aquel en quien con­fías.

Hay tres for­mas de ce­rrar una em­pre­sa: a tiem­po, con­cur­sal y a pe­lo. En to­das es esen­cial es­co­ger con acier­to a un ase­sor. Qui­zás el más ade­cua­do no es el ase­sor de siem­pre, al igual que el médico de cabecera qui­zás no lo es pa­ra rea­li­zar una ope­ra­ción a co­ra­zón abier­to. Que mue­ra una em­pre­sa siem­pre cau­sa tris­te­za a sus pro­pie­ta­rios, em­plea­dos, pro­vee­do­res, clien­tes y ve­ci­nos; pe­ro to­dos es­ta­mos en es­te mun­do de pa­so, y las em­pre­sas tam­bién. Quien ha­ce lo que pue­de no es­tá obli­ga­do a más. Hay que ba­jar la per­sia­na dis­pues­tos a afron­tar los nue­vos re­tos y opor­tu­ni­da­des que el fu­tu­ro ofrez­ca. Lo im­por­tan­te no es co­mo caes, sino co­mo te le­van­tas.

La de­ci­sión Ce­rrar una em­pre­sa no es fá­cil; re­quie­re los mis­mos es­fuer­zos que po­ner­la en mar­cha, pe­ro con mu­chas me­nos ale­grías

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