La Vanguardia

El hombre que sueña con ser rey

Hamid Karzai, actual presidente

- PGP

Es elegante, suave, tiene 51 años y navegará por los mares que haga falta con tal de pasar a la historia. Su padre era el jefe de una tribu pastún emparentad­a con los reyes de Afganistán, y la cultura tribal depende más de la lealtad a los individuos que de la lealtad a las institucio­nes. Como dijo un amigo suyo, “en sus sueños Hamid es un rey”. En 1996, cuando los talibanes acabaron con las facciones muyahidíne­s y tomaron Kabul, Karzai llegó a considerar la posibilida­d de convertirs­e en embajador de los talibanes. Al fin y al cabo, los talibanes eran –son– mayoritari­amente pastunes de Kandahar. Como él. Y conocía a muchos desde que en 1983 se unió a una pequeña facción promonárqu­ica de las guerrillas muyahidíne­s que luchaban contra la invasión soviética. Karzai descartó finalmente la idea de servir a los talibanes y hasta la guerra del 2001 se unió a una amplia coalición de amigos y enemigos para llevar la paz a Afganistán. Dos semanas después del 11-S, con EE.UU. exigiendo ya a los talibanes que entregaran a Bin Laden, Karzai se fue en la moto de un amigo de Pakistán hasta las montañas afganas para persuadir a las tribus que se levantaran contra los talibanes. No llevaba ningún arma: sólo un teléfono que le había proporcion­ado la CIA. Los talibanes lo pi- llaron, pero logró escapar; los norteameri­canos lo sacaron de esas montañas y lo llevaron a Pakistán. No lo veían un personaje del todo claro. Las ganas de entrar en la historia le superaron: desde esa base habló en directo para la BBC asegurando que aún estaba en Afganistán. Hoy dice que las alianzas que ha hecho con los viejos señores de la guerra son por el bien de Afganistán. Con una cierta paranoia, dice que los equilibrio­s que tiene que hacer le desgastan, que vivi-ría mejor dejando el poder. Pero dejar el poder sería dejar la historia.

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