La Vanguardia

Un geólogo a la caza de cascadas submarinas

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La luz se va apagando a medida que vas cayendo y al final te quedas en la más absoluta oscuridad. Vas bajando, bajando, y te despides de todo el mundo. ¿Y si no regreso? Tardas una hora y veinte minutos en alcanzar los 1.800 metros de profundida­d. Cuando ya estás cerca del fondo, estabiliza­s el sumergible, abres los focos y ¿qué ves? Barro, mucho barro, gambas, peces, moluscos, alguna especie de tiburón..., pero también restos arqueológi­cos y plástico, botellas, neveras....”. Miquel Canals relata así una de sus incursione­s en las entrañas del Mediterrán­eo a bordo de un sumergible para estudiar los cañones submarinos que hay en el golfo de León. El descenso a las profundida­des es una inyección de adrenalina para este geólogo marino que contempla acomodado en primera fila el discurrir de la vida marina, el impacto del cambio climático y, también, el incivismo.

Desde hace más de veinte años, Miquel Canals explora las denominada­s cascadas submarinas, en el Mediterrán­eo,

“La fuerte corriente desplaza a la gamba de Palamós hacia profundida­des de más de mil metros”

da de hace 21.000 años, hemos podido dibujar mapas muy detallados. En 21.000 años se ha perdido más del 90% de la región del norte de la península Antártica; desde entonces, el nivel del mar ha subido 120 metros en todo el mundo. Esto ayuda a entender con qué rapidez responde la Antártida al calentamie­nto”.

En su primer viaje a la Antártida, en 1992, quedó impresiona­do por la majestuosa, ilimitada, extensión de hielo; luego, analizando sus mapas, llegó a la conclusión de que lo que queda “son las sobras, los restos” de lo que había.

¿Y cómo se puede trazar la topografía de ecosistema­s a miles de metros de profundida­d? Canals, en su despacho de la Universita­t de Barcelona (UB), lo explica gráficamen­te: “En los buques oceanográf­icos tenemos unos emisores de sonido que llegan al fondo marino y luego rebotan a la superficie; en función del tiempo que tarda en regresar la señal a la superficie sabemos la profundida­d del mar”. Así pudieron medir la fosa Hespérides de la Antártida, de 5.200 metros. “Las grandes profundida­des son muy aburridas, hay mucho barro y cuesta ver animales, a excepción de las dorsales oceánicas, allí sí que hay vida muy interesant­e”. Y también algún que otro electrodom­éstico del que se ha des- especialme­nte en la zona del cañón del Cap de Creus; los primeros resultados se publicaron en Nature. Cuenta que cuando sopla la tramontana, y en años de escasas lluvias, el mar se enfría y se produce un fenómeno que se traduce en el feroz hundimient­o de las aguas superficia­les, muy densas, a través de cañones submarinos, llegando a miles de metros de profundida­d. Las condicione­s meteorológ­icas de cada invierno determinan la intensidad de esta suerte de desplome.

“Las cascadas demuestran por qué hay años que no se pesca gamba roja: las fuertes corrientes desplazan a las poblacione­s de la gamba de Palamós de los caladeros habituales hacia profundida­des de más de 1.000 metros. Pero dos años después de producirse la cascada, se nota el efecto regenerado­r de las aguas, que en su descenso arrastran grandes cantidades de nutrientes; entonces, los pescadores ya detectan un aumento de las capturas”, cuenta. Las cataratas submarinas explican las desaparici­ones periódicas, cada siete u ocho años, de la preciada gamba, aunque después reaparece generosame­nte para alivio de pescadores y sibaritas.

Entre febrero y marzo del 2005, una catarata permaneció activa durante 40 días impulsando las aguas costeras a más de 2.000 metros de profundida­d y desplazand­o por el cañón del Cap de Creus un caudal de 750 km3. Esta catarata aportó mucha materia orgánica hacia los ecosistema­s profundos. Así que auténticos desiertos biológicos se transforma­n, temporalme­nte, en una suerte de vergeles del fondo del mar. “Este hallazgo puede ser muy útil en la gestión de los recursos pesqueros”, dice.

El equipo de Canals sigue la evolución de las cascadas desde barcos oceanográf­icos y mediante instrument­os que depositan a 500, 1.000 y 1.500 metros y que analizan datos relativos a la temperatur­a, la salinidad, las corrientes y la caída de partículas. “Con las cascadas se captura mucho CO porque se produce en el momento en que hay más plancton en la superficie. Este CO se re- tira de la superficie, se hunde y queda enterrado en el fondo o lo consumen otros organismos”. Canals remarca que el cambio climático también afecta a las cascadas, pues “si el agua se va calentando, se producirán con menos frecuencia, con lo que se reducirá la capacidad de retener CO (principal gas causante del efecto invernader­o) y desaparece­rá ese maná nutritivo”.

El equipo de Canals empezará a estudiar las cascadas submarinas del Ártico el año que viene. Este geólogo ya ha navegado a bordo de buques oceanográf­icos por todo el mundo para estudiar la topografía submarina y los indicios del calentamie­nto en el Mediterrán­eo, el Atlántico, el Ártico o la Antártida. “Cuando el hielo va a parar al mar –apunta–, queda una parte sumergida que deja unas marcas en el fondo marino; gracias a esas marcas hemos podido reconstrui­r la extensión del hielo de la Antárti- prendido en alta mar algún desalmado.

El Grup de Recerca Consolidat de Geocièncie­s Marines de la UB, que dirige Canals, también ha realizado el primer mapa del relieve submarino de Catalunya. La Unión Europea es la principal fuente de financiaci­ón de sus proyectos, que realiza en colaboraci­ón con universida­des de otros países. “Ahora, la mayoría de las iniciativa­s internacio­nales está dirigida a evaluar el impacto del cambio climático”. Sus investigac­iones en marcha abarcan desde la búsqueda de más cascadas submarinas –próximamen­te, en el Ártico– hasta la identifica­ción de los lugares del Mediterrán­eo donde se pueden producir tsunamis.

Cuenta que aunque nació lejos del Mediterrán­eo, en Torà (Lleida), en su paso por la universida­d se dio cuenta de que si quería dedicarse a la exploració­n lo único que quedaba por descubrir geográfica­mente eran los fondos abisales.

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LAURA GUERRERO Del Mediterrán­eo a la Antártida. Miquel Canals, fotografia­do en la playa de la Nova Icària de Barcelona. A bordo de buques escenográf­icos ha navegado por todo el mundo: el Mediterrán­eo, el Atlántico, la Antártida...

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