La Vanguardia

El señorito de la cárcel de Malabo

El misterioso indulto del mercenario británico condenado a 34 años por intentar derrocar a Obiang

- RAFAEL RAMOS

Del selecto colegio de Eton a la región de Hampshire donde Simon Mann tiene su fabulosa mansión apenas hay un centenar de kilómetros, pero el camino puede ser largo y tortuoso: en el caso del mercenario británico ha pasado durante tres decenios por turbios negocios de compravent­a de armamento, un intento fallido de golpe de Estado, dos de las cárceles más siniestras de África (en Zimbabue y Guinea Ecuatorial), y ahora la puesta en libertad con el perdón del presidente Obiang.

Desde luego no es un viaje con el que contaban su padre y su abuelo, sendos capitanes de la selección inglesa de cricket, cuando lo inscribier­on en la misma escuela privada a la que han ido los príncipes Guillermo y Enrique, paso obligado de los ricos camino de Oxford y Cambridge. Ni tampoco cuando vieron orgullosos como ingresaba en la SAS (unidad de élite del ejército), alcanzaba el grado de comandante y servía con todos los honores en Irlanda del Norte.

Pero Mann siempre tuvo algo de liante, y más aún desde que se instaló en Ciudad del Cabo y frecuentó a personajes como Mark Thatcher (hijo de la Dama de Hie- rro, que ahora reside en la Costa del Sol), el traficante de armas sudafrican­o Nick du Toit y el empresario nigerianol­ibanés Ely Calil. En las largas noches de Constantia (el Beverly Hills de Ciudad del Cabo) tramaron negocios en los países vecinos que les salieron bien y les hicieron millonario­s, y uno que les salió mal: el intento de deponer a Teodoro Obiang en Guinea Ecuatorial y sustituirl­o por Severo Moto.

La operación era un secreto a voces en los círculos políticos de África (y también en Madrid y otras capitales europeas), y no desagradab­a en Washington por los niveles de corrupción y represión que imperaban en Malabo. Pero la sorpresa fue que Mann y sesenta perros de la guerra fueran detenidos en Harare por el régimen de Robert Mugabe en una escala para recibir las armas con las que iban a perpetrar el golpe.

Mann se pasó cuatro años en la siniestra prisión zimbabua de Chikurubi, y otro año en la de Playa Negra de Guinea Ecuatorial, donde todavía se oyen los gritos de los fantasmas cuando se acuerdan de las torturas sufridas. Pero el mercenario es un hombre de recursos que sabe moverse en cualquier medio, ya sea los gobiernos con intereses petroleros, los guerriller­os ávidos de poder, o entre rejas. Tras cumplir sólo uno de los 34 años de cárcel a los que fue condenado, ha salido más fresco que una rosa y ya está desde ayer en su patria: “Si algo lamento es haber intentado derrocar a Obiang –fueron sus primeras palabras–. Es un buen hombre y un gran presidente”. No todo el mundo está de acuer-

Un hotel de lujo de Malabo servía cada noche la cena a Mann en el año escaso que ha pasado entre rejas

do en un país de 700.000 personas plagado de corrupción, donde lujo y pobreza son obscenos.

A cambio de denunciar a sus ex amigos Thatcher y Calil como inspirador­es del golpe, y de alegar que el gobierno de Madrid lo conocía y aprobaba (Moto está exiliado en España), Mann disfrutó de una celda de lujo con un pequeño gimnasio y biblioteca, y la cena le era llevada todas las noches por un chófer desde la cocina de un hotel de cinco estrellas. Jakob Zuma ha intercedid­o por él y su libertad ha coincidido con el viaje oficial del presidente sudafrican­o a Malabo. La política –y no sólo la del continente negro– está llena de sombras...

 ?? AP ?? Liante con suerte. Simon Mann (derecha) sonríe en el tribunal de Malabo después de que le notificara­n el perdón del presidente Obiang, contra el que urdió un golpe de Estado
AP Liante con suerte. Simon Mann (derecha) sonríe en el tribunal de Malabo después de que le notificara­n el perdón del presidente Obiang, contra el que urdió un golpe de Estado

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