La Vanguardia

El ‘Costa Concordia’

- José Antich DIRECTOR

DURANTE una semana hemos leído, escuchado y visto la sorprenden­te historia de cómo un barco de 290 metros de eslora había embarranca­do a 300 metros de la costa toscana. Un capitán que abandonó su puesto en pleno desastre pese a las reiteradas órdenes que se le dieron desde tierra. Un incomprens­ible caos en las tareas de ayuda a los más de 4.000 pasajeros entre turistas y tripulació­n. La aparición de una joven moldava que supuestame­nte recibía todas las atenciones mientras el barco se accidentab­a. Y así podríamos seguir en una historia que tiene muchos ingredient­es inexplicab­les –incluso algunos aparenteme­nte cómicos–, pero que ha sido una gran tragedia, ya que por en medio hay 11 muertos y 21 desapareci­dos. El negocio crucerísti­co, que es un sector en auge dentro de la oferta de ocio, en los últimos años ha tenido un crecimient­o muy importante en Barcelona, y son ya casi 900 las ciudades flotantes que tienen previsto atracar en el puerto de la capital catalana este año. En total, alrededor de cuatro millones de personas, una parte de las cuales están una jornada, otras pernoctan en hoteles de la ciudad y un segmento más pequeño aprovecha, sobre todo si su crucero tiene origen en Barcelona, para estar más de un día. El error humano va a hacer que, segurament­e, el naufragio del Costa Concordia no repercuta en exceso en el boyante sector. Pero también ha puesto en evidencia que tiene que haber una mayor exigencia por parte de las compañías a la hora de entregar la responsabi­lidad sobre miles de vidas humanas. Hemos oído tantas cosas estos días sobre lo que sucedió en el Costa Concordia, que cualquier medida de control que refuerce la seguridad debe ser objeto de estudio.

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