La Vanguardia

Paseo por el palacio de los Ceausescu

Reconverti­do en sede del Parlamento, simboliza la megalomaní­a del dictador

- BUCAREST Enviado especial

El tour del colosal palacio del pueblo (ahora palacio parlamenta­rio) de los Ceausescu pasa por una serie de salas sobrecoged­oras y grotescas de mármol tallado y candelabro­s de cristal gigantes. “No hay aire acondicion­ado porque Ceausescu temía que alguien soltase sarín tóxico en el aire; hace un calor asfixiante en el verano”, dice el guía, un joven inescrutab­le que sólo se permite algún comentario sarcástico en un mar de datos del libro Guinness sobre el inmenso edificio.

En la segunda sala, nos invita a dar palmadas para comprobar un eco resonante: “Se hizo adrede para amplificar los aplausos”. La obra faraónica del dictador es el segundo edificio administra­tivo más grande del mundo después del Pentágono. Ceausescu lo quería para reunir a miles de aduladores del aparato comunista (residentes de los apartament­os construido­s en frente en una gran bulevar que Ceausescu instituyó en que debía ser más grande que los Campos Elíseos de París). Ahora el palacio es la sede del Parlamento y símbolo de la democratiz­ación de la obra más representa­tiva del tirano.

Pero ¿qué clase de democracia ha sido la rumana a lo largo de los últimos 25 años? El palacio y su entorno quizá nos pueden dar alguna idea. Entrando en la sala más grande de todas, con enormes candelabro­s y columnas corintias de mármol transilvan­o, se está preparando la fiesta navideña de dos grandes corporacio­nes rumanas que la han alquilado por 200.000 euros.

Curiosamen­te, la mayor parte de este alarde de ostentació­n se construyó después de la muerte del sátrapa. “Se decidió que más valía aprovechar­lo que echarlo a perder, así que lo terminaron”, dice el guía. El edificio situado detrás del palacio, de estilo arquitectó­nico parecido al palacio, es The Grand, un mall de marcas de lujo –Louis Vuitton, Davidoff, Rolex– y el Marriot Hotel, de cinco estrellas, propiedad de un holding austriaco.

Son los símbolos de la oligarquía poscomunis­ta que, en tándem con inversores multinacin­ales, se hizo con los activos del estado en los años de transición. Quizás no es de extrañar que Donald Trump se mostrase interesado en comprar el palacio de los Ceausescu para un hotel de lujo. La fantasía de Ceausescu, a fin de cuentas, recuerda en muchos sentidos a los megahotele­s-casino temáticos –seudor renacentis­tas y barrocos, tipo Bellagio o The Venetian– de Las Vegas.

Quizás lo más simbólico de la transición rumana es otro enorme edificio a medio construir que se levanta detrás del palacio de los Ceausescu. Es la nueva catedral ortodoxa por la salvación del pueblo. La iglesia ortodoxa, que buscó una fórmula de convivenci­a con Ceausescu, ha sido clave en las políticas clientelis­tas de los sucesivos gobiernos poscomunis­tas. Recibe millones de euros al año en subvencion­es. “No te lo pierdas”, dice Cornelio Porumbiu, director de cine de la nueva ola rumana, con la sonrisa de humor negro que caracteriz­a sus películas: “La catedral va a ser aún más grande que el palacio”.

La catedral ortodoxa, en plena construcci­ón, rivalizará en dimensione­s con el antiguo palacio del pueblo

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