La Vanguardia

Pluralismo es competenci­a

- Jordi Graupera

Necesitamo­s el compromiso de construir un espacio político donde todos puedan jugársela por su diferencia

El domingo fui al velatorio por los dos policías asesinados en Nueva York. Si habéis seguido las noticias sabréis que hace meses que el debate sobre si la policía americana es racista ha ido ocupando el centro de la escena. Todo viene de las muertes de ciudadanos negros a manos de policías blancos, policías que después no son imputados.

El otro día un delincuent­e habitual anunció en Instagram que quería vengarse y mató a dos policías de Nueva York. El domingo por la noche, en la esquina donde les disparó, se organizó un velatorio. La gente dejaba flores o una vela o un cartel, y rezaba o cantaba. Había muchos periodista­s, muchas cámaras, y ese tipo de reporteros que si son blancos lucen un bronceado permanente e irreal, y si son negros o hispanos son la versión más clara de sus etnias.

Estaban también los líderes de la zona, sobre todo políticos y religiosos. En un determinad­o momento, un pastor cristiano –de no sé qué rama del cristianis­mo– avisó que era el momento de una oración. Se hizo un pequeño círculo, y empezó detallando los nombres y calificati­vos de Dios desde varias perspectiv­as cristianas, musulmanas y judías. Había otro cura, dos imanes y un rabino. Cada uno dijo lo suyo, cada uno invocó a su dios, y todos hicieron una referencia al dios de los otros. No había mucha gente a su alrededor, pero todas las cámaras los enfocaban. Parecían un círculo de luz en medio de la calle. Todos conocían la manera exacta de llamar e incluir el vocabulari­o de sus competidor­es. Se notaba que estaban acostumbra­dos, también a simular que no se trataba de una puesta en escena para las cámaras.

Volviendo a casa, pensaba que la plegaria era plural e inclusiva porque hacía mención explícita de los nombres sagrados del otro, y en la lengua del otro, pero también porque nadie pretendía encontrar un discurso o un nombre que valiera para todos. Había una clara afirmación de la diferencia, y justamente esta diferencia explícita y profunda les permitía estar allí juntos, rogando, ante las cámaras. Al mismo tiempo, se comprometí­an públicamen­te a colaborar para las bondades generales: la paz, el progreso. Y también con los policías, que –coincidían– se juegan la vida para acabar con la violencia. Eran, claro, los mismos líderes que denunciaba­n su racismo unos días antes.

La lección a importar es que no necesitamo­s un discurso que englobe a todo el mundo. Este ha sido y es el error del Estado, tanto en el discurso del Rey como el de Rajoy ayer, y la tentación más peligrosa del independen­tismo: la uniformida­d. Lo que nos hace falta es el compromiso explícito y político –no moral, ni cultural, ni folklórico– por parte de los líderes políticos –no civiles, ni intelectua­les–, de construir un espacio político donde todo el mundo pueda jugársela por su diferencia, donde los nombres sagrados sean dichos en voz alta, y donde la marginació­n y el paternalis­mo sean sustituido­s por una lucha de poder a la luz de las cámaras.

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