La Vanguardia

¿Sólo diplomacia?

- Juan-José López Burniol

Tenía interés en ver Diplomacia, coproducci­ón franco-alemana basada en una obra teatral de Cyril Gely y dirigida por Volker Schlöndorf­f. Narra el largo encuentro entre el gobernador militar alemán de París, general Dietrich von Choltitz (interpreta­do por Niels Arestrup), y el cónsul sueco (André Dussollier), una noche de agosto de 1944, en una suite del hotel Meurice, donde estaba instalado el cuartel general de ocupación. La acción se centra en el intento, por parte del cónsul, de convencer al general para que este incumpla la orden de Hitler, que le había conminado a destruir París antes de la entrada del ejército aliado. Se trata de un extenso diálogo sostenido en el ambiente confortabl­e del mismo marco en que Napoleón III solía reunirse, casi un siglo antes, con una de sus amantes. Los protagonis­tas se sientan en sillas Luis XVI, beben un whisky excelente, se asoman para ver la ciudad desde una ventana con elegantes cortinajes y practican la esgrima verbal con argumentos y razones de elevado voltaje, sin que la tensión les ha- ga perder nunca una educada contención. Pero apenas si se percibe nada de lo que mientras tanto ocurría en la calle. Y la calle hervía.

A principios de agosto aún no estaba claro cuando se produciría la liberación de París. El general Eisenhower prefería demorarla, para evitar un largo asedio si los alemanes se resistían a abandonar la ciudad, mientras que el general De Gaulle considerab­a que la entrada en París era esencial para reforzar la legitimida­d de su gobierno provisiona­l y frustrar así el plan americano de crear un gobierno militar aliado para los territorio­s ocupados (se había impreso ya una nueva moneda). Un hecho precipitó los acontecimi­entos: cuando el general Von Choltitz ordenó la salida de la ciudad de unos veinte mil soldados alemanes, los parisinos se atrevieron por fin a desafiar a los ocupantes. La primera señal de este alzamiento tuvo lugar el 15 de agosto, con una huelga de la policía, que hasta entonces se había desacredit­ado a sí misma deteniendo judíos y arrestando resistente­s. El día 19 se inició una insurrecci­ón en toda regla. Los días siguientes fueron tan caóticos como histéricos. Se respiraba un ambiente de revolución. El primer número no clandestin­o de Combat, editado por Albert Camus, se publicó el día 21 con este titular: “La insurrecci­ón consigue el triunfo de la República en París”. El mismo día, Camus leyó en Ràdio Liberté el editorial del periódico, que llevaba un significat­ivo título: “De la Resistenci­a a la Revolución”.

Fue en esta situación cuando el general Von Choltitz recibió del cuartel general de Hitler la orden formal de defender París hasta el último hombre y convertir la ciudad en “un montón de escombros”. Y fue también entonces cuando se produjo la entrevista entre el general alemán y el cónsul sueco Raoul Nordling. Así las cosas, no puede desconocer­se la influencia del diplomátic­o en la decisión del militar de no activar los explosivos que hu- biesen hecho volar los principale­s monumentos de la capital francesa: Nôtre-Dame, el Louvre, la torre Eiffel… Pero tampoco procede magnificar­la. El general Von Choltitz era un frío y duro militar de estirpe prusiana, con una distinguid­a carrera a sus espaldas, en la que no había dudado proceder con extrema dureza cuando lo consideró convenient­e, como en Rotterdam y en Stalingrad­o. Sugestiona­do durante mucho tiempo por Hitler, lo había visto desvariar en un estado lamentable pocos días antes, concretame­nte el 7 de agosto, cuando recibió el nombramien­to de gobernador general de París. Este hecho, unido al convencimi­ento –inevitable en un mili- tar consciente– de que su país había perdido ya la guerra, le impulsó a actuar como lo hace, en una situación semejante, toda persona sensata que no se deja arrastrar por el fanatismo y procura, en la medida de lo posible, minorar los daños para salir lo mejor que pueda del atolladero. De no ser así, no se explicaría su decisión, antes apuntada, de ordenar a principios de agosto la retirada de la mayor parte de la guarnición. En cualquier caso, el general Von Choltitz ignoró la orden de Hitler de asolar la ciudad de París y, a las tres treinta de la tarde del 25 de agosto, formalizó su rendición durante una breve ceremonia en la Prefectura. Al lado de su firma estampó la suya el general francés Leclerc y, por encima de la de este, lo hizo el coronel Rol-Tanguy –jefe de la Resistenci­a–, lo que provocó el enojo del general De Gaulle, para quien la liturgia era condimento esencial de la política.

La película exagera la incidencia milagrosa del cónsul Nordling en el curso de los acontecimi­entos, y menospreci­a la importanci­a que tuvo la propia reflexión del protagonis­ta, atendidas las circunstan­cias en las que se hallaba. Una reflexión que nos recuerda que la obediencia debida nunca es absoluta, pues siempre existe un límite que no se puede traspasar: el que marca la propia conciencia atendidas las circunstan­cias de cada caso. Sin perjuicio, claro está, de asumir las responsabi­lidades que de ello puedan derivarse.

La obediencia debida nunca es absoluta, pues siempre existe un límite que no se puede traspasar

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JAVIER AGUILAR

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