La Vanguardia

El cuaderno de Puigverd

- ARTURO SAN AGUSTÍN

Yo no prometo nada”. (Epístola de San Pablo Iglesias a los Barcelones­es). Qué fervor, religioso, por supuesto, incluso entre los periodista­s, despierta este hombre al que, físicament­e, sólo le traiciona su colmillo izquierdo. Ese colmillo tan humano que siempre le descompone su sonrisa parece empeñado en decirnos algo importante y oculto del personaje, que siempre actúa en mangas de camisa, moda que está imponiendo a otros políticos de edad más provecta y que, según me aseguran, viven por esa razón en un resfriado permanente. Lo mejor de Pablo Iglesias, ese Saulo de Vallecas, esa mirada que siempre está echando cuentas, es que nos recuerda que somos muchos, la mayoría, los que hemos nacido para que nos engañen. Pero hay que reconocer que ha alborotado el gallinero.

Pablo Iglesias, el de Podemos, actuó en Barcelona y dijo que él no prometía nada. Y Joaquín Sabina, uno de sus ídolos, que también ha actuado en Barcelona, dice que ese tipo canijo del bombín y los chalecos, que canta, por ejemplo, Rosa de Lima, no tiene nada que ver con él. Y eso, creo, sí es asunto grave tratándose de un cantautor, de un poeta urbano de las oscuridade­s y los neones, a quien muchos tenían por un Baudelaire de Úbeda, que es población de Jaén. Lo de Pablo Iglesias se entiende porque es un político y porque hasta él se ha dado cuenta de que cuanto más habla más se le ven las intencione­s y los vacíos. Algo muy parecido a lo que le ocurre a Oriol Junqueras. Pero lo de Sabina, insisto, es más grave, mucho más. A ver si va a resultar que tampoco escribe las letras de sus cancio- nes. El malditismo de salón es siempre muy celebrado por ciertos intelectua­les encogidos y eso el del bombín siempre lo ha sabido.

De Úbeda, Jaén, como Sabina, son también las perrunas de huevo, las teresitas y algunos polvorones que me acaban de llegar y que elaboran las monjas carmelitas del Convento de las Descalzas. Productos Miriam. Así se anuncian en los envases de cartón. Los dulces de las monjas, como los limones de sus huertos y jardines, siempre me devuelven a la Roma que más me gusta y que está en el Trastevere. Ver amanecer desde una de las ventanas del colegio Tiberino, ubicado en la falda del Gianicolo, y cerca de don-

pablo iglesias Hasta él se ha dado cuenta de que cuanto más habla más se le ven las intencione­s y los vacíos, como a Oriol Junqueras

de vive el director de cine Bernardo Bertolucci, es la mejor forma de comenzar un día romano. Desde la residencia de la Real Academia de España, situada en lo alto del Gianicolo, la panorámica es espectacul­ar, pero Roma, insisto, amanece mucho mejor desde el colegio Tiberino. Me asomo, oigo cantar a un gallo, suenan las campanas de una iglesia vecina y veo en el huerto los limones de las monjas.

No a todos los que nos gusta Roma nos gusta la misma Roma, esa ciudad, la única, en la que soy feliz. El amigo Antoni Puigverd, seguidor a ratos de Leopardi, aquel poeta que se enfrentaba con cierta prudencia a la primavera, acaba de publicar un libro titulado La ventana discreta. Y los puntos de observació­n y los barrios romanos que le gustan a Puigverd no son los que a mí más me gustan. Al colega le gusta, por ejemplo, el barrio del Testaccio. Y el colegio San Anselmo, que está en el Aventino. Y los cipreses de Monte Mario, la colina más alta de Roma. Pero su libro, subtitulad­o Cuaderno de la rueda del tiempo, se paladea mucho mejor desde el barrio del Trastevere y desde el colegio Tiberino. O eso me parece a mí y en esta crónica mando yo.

Antoni Puigverd, que fue un niño tímido con violín y mortadela y que sigue peinándose con esa raya que las madres de entonces cuidaban con esmero, ha escrito un libro que está lleno de colores verdaderos; de olores a sandía y de aquel jabón Lagarto; de soledades; de premonicio­nes; de muertos que no mueren; de arroyos; de mañanas montserrat­inas con cerezas; de otoños romanos; de buñuelos de Semana Santa; de tramontana; de esos carciofi alla giudia, vecinos del río Tíber; de la calle Carrer Nou de la Bisbal; del alibardo, esa hierba, que, según Puigverd, concentra en su olor la severidad del ciprés y la dulzura de la alfalfa; del sofrito de su abuela Remei; de los viñedos rojos del monasterio de Poblet; de “ese sol de la tarde que da a las piedras un color de manzana al horno” y de un limonero que plantó su padre en el pequeño jardín de la casa de Sant Antoni de Calonge y que aún da limones.

Estos días, en Roma, amigo Puigverd, en la Sale del Bramante, hay expuestos más de 100 presepi, belenes. Pero, como sabes bien, el presepio, el belén más antiguo de la ciudad de Roma sigue siendo el de Santa Maria Maggiore.

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ROSER VILALLONGA Pablo Iglesias durante su mitin del pasado domingo en Barcelona
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