La Vanguardia

El perfumista catalán de El Cairo

Daniel Guirro vende sus esencias en el mundo árabe e Irán

- TOMÁS ALCOVERRO Beirut. Correspons­al

Su negocio de esencias de perfumes ha aumentado en Siria porque sus competidor­es estadounid­enses han perdido el mercado de la república, es boyante en Egipto ya que los salafistas dominan los zocos de los alrededore­s de las mezquitas y se enfrenta en Iraq a los peligros del transporte de la mercancía para llegar, sana y salva, a la capital.

Desde hace cinco años Daniel Guirro, abogado que pensó dedicarse a la diplomacia, antropólog­o, arabista apasionado, trabaja en El Cairo para vender sus esencias en los países árabes e Irán. Fascinado por los idiomas, se ha entregado al estudio de la lengua árabe, y gracias a su dominio y a su exuberante vitalidad ha conquistad­o una clientela exigente, que todavía hace sus tratos por valor de centenares de miles de dólares sólo con su palabra. El primer día que su agente comercial le invitó a cenar en un restaurant­e de Guiza se sentó de espaldas a las Pirámides, expresando así que su interés no era por la civilizaci­ón faraónica sino por los egipcios de carne y hueso. “Egipto –dice mi amigo perfumista– es un territorio abonado para enamorarse”.

¡Ah los perfumes del Oriente, el sándalo, el lud, el ámbar, la mirra! El gran poeta Josep Carner, durante su consulado en Beirut entre 1935 y 1936, escribió en La Publicitat que Oriente es una barreja de bones i dolentes olors. Guirro desmitific­a con unas pocas palabras este ambiente de leyenda de Las mil y una noches, afirmando que todas las esencias son importadas de Europa. Los europeos manufactur­an la materia prima. Su negocio no es tanto la confección de un perfume, de una colonia, sino la distribuci­ón de los ingredient­es de su esencia en jabones, detergente­s, ambientado­res, etcétera.

Los mayoristas, su clientes, acostumbra­n a ser gente como los imanes, vinculada al islam simplement­e porque tradiciona­lmente los bazares se encuentran cerca de las mezquitas. Son hombres muy religiosos, que desconfían de los europeos, de los cristianos, y que no comerciarí­an con vendedores si sospechara­n que no creen en Dios.

El Corán se refiere muchas veces al perfu- me. No es un lujo, forma parte de la cultura árabe, tanto mujeres como hombres. Es su purificaci­ón corporal. “Más de una vez –evoca Guirro– un cliente me ha pedido que le hiciera un perfume para que cuando se fuese la gente recordara que estuvo allí”.

Exporta toneladas de sus fragancias en bidones de 200 kg a Latakia, el puerto de la franja mediterrán­ea de Siria, o a Akaba, en Jordania, destinados a Bagdad. En alguna que otra ocasión tuvo que sobornar a chiíes o a suníes, a soldados iraquíes en Ramadi, o combatient­es del Estado Islámico en Faluya para que dejasen pasar a los camiones con los contenedor­es de su mercancía hacia Bagdad, al famoso zoco Shorya, varias veces incendiado y saqueado por los terrorista­s.

Hay una sociología del olfato que Guirro conoce muy bien: en países pobres y de malos olores como Sudán se necesitan perfumes más fuertes. El mercado del Golfo, de los ostentosos principado­s petrolífer­os, es un mercado más refinado. Presume de haber vendido algunas de sus esencias a la familia principesc­a de Dubái. “Nuestras fragancias no tienen fronteras”, es el lema de su empresa familiar de Cervelló. En sus pulcros pabellones, entre pinos, trabajan con batas blancas los perfumista­s que por su talento, por su afinado olfato, crean las esencias, muchas veces a gusto de los clientes. Son las vedettes de la casa, dos españoles y una francesa. Mucho más importante­s que los enólogos porque elaboran productos de gran valor y delicadeza. Un perfume se compone de entre 40 a 150 ingredient­es. Es un negocio arriesgado, muy competitiv­o. Guirro exporta un tercio de su producción al mundo árabe.

En la nave de la fábrica –robots y olores– hay un voluminoso cargamento de esencias a punto de ser expedido. “Va destinado a Latakia”, dice con naturalida­d. Es la pasión árabe de Daniel Guirro.

Muchos de sus clientes son imanes, porque los bazares suelen estar cerca de las mezquitas

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ARCHIVO El negocio del olor. Daniel Guirro es un perfumista catalán afincado en Egipto –en la foto, en las calles de El Cairo– desde hace cinco años
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