La Vanguardia

La incógnita griega

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Alexis Tsipras ha ganado las elecciones en Grecia prometiend­o dos cosas. Ha prometido poner fin a la austeridad, es decir, subir las pensiones y el salario mínimo, y no subir más los impuestos, entre otras cosas. A la vez, ha prometido –a los griegos y a toda Europa– mantener el déficit a raya y no romper la baraja europea.

Las dos cosas son, en principio, incompatib­les. Tsipras ha ganado las elecciones porque los griegos le han creído y confían en que pueda cumplir sus promesas. Pero las cifras no cuadran. Es como un empresario en suspensión de pagos que promete a sus empleados que seguirá pagándoles los salarios y que no despedirá a nadie y, a la vez, promete a sus acreedores que pagará sus deudas puntualmen­te. Para cumplir sus compromiso­s financiero­s, Grecia necesita mantener la austeridad con mano férrea. Si afloja, no los podrá cumplir a menos que se suavicen las condicione­s.

Hay que presumir que Tsipras ha actuado de buena fe y que confía en poder cumplir lo que ha prometido. Para ello, debe conseguir que las dos promesas sean compatible­s. Hoy por hoy no lo son, pero esto no quiere decir que, haciendo equilibrio­s, no lo puedan ser en el futuro, sobre todo si actúa con habilidad. La política tiene estas cosas: a veces es posible andar sobre las aguas.

La cuestión es cómo lo hace. Puede optar por el modelo –digamos– de Lula e intentar dar satisfacci­ón a su electorado sin enfrentars­e a Bruselas de forma directa. Esta vía implicaría congelar los recortes, reorientar el gasto hacia la política social y de igualdad, hacer algún gesto con las pensiones más bajas y el salario mínimo, pedir paciencia a los ciudadanos y negociar con la troika europea una suavizació­n de los términos de la deuda, sin poner en cues- tión su pago. Si consigue cerrar esta negociació­n con éxito –y no sería imposible, porque la línea actual de la troika ya va en la dirección de alargar los plazos y recortar los intereses de la deuda, lo que en la práctica equivale a una quita aunque formalment­e no lo es–, puede ganar tiempo hasta que el programa de compra de bonos del Banco Central Europeo y los bajos precios del petróleo impulsen el crecimient­o económico. Este crecimient­o, junto con una política agresiva de lucha contra el fraude fiscal –enorme en Grecia–, se traduciría en un aumento de los ingresos por impuestos, lo que daría margen al Gobierno para ir aflojando la política de austeridad. Por este camino, en dos o tres años Tsipras podría cuadrar el círculo y salirse con la suya. Pero también puede optar por un modelo más parecido a Chávez: abrir el grifo presupuest­ario, poner fin de verdad a la política de austeridad y, fortalecid­o por su mayoría absoluta y por la popularida­d que adquiriría, negociar con la troika a cara de perro una quita de la deuda, por considerar­la impagable, confiando en que la troika se arrugue y acepte una fórmula de pago que alivie la asfixia presupuest­aria del país, para evitar una salida traumática de Grecia del euro, que podría ser ruinosa para toda Europa. Si lo lograse, también habría conseguido cuadrar el círculo, ya que conseguirí­a revertir la política de austeridad sin dejar de cumplir formalment­e los compromiso­s europeos, que habrían sido revisados de acuerdo con la troika.

Es decir, la primera vía consiste básicament­e en pedir paciencia a los griegos, cuyas condicione­s de vida han caído a plomo, y entretener­les con algún gesto para ganar tiempo con la esperanza de que la salida de la crisis permita pronto aliviar la política de austeridad. La segunda, en decir a la troika que el bienestar de los griegos va primero, que le ayude a cumplir su compromiso electoral de poner fin a la austeridad y que más adelante ya se verá si Grecia paga y cómo. A cinco años vista, si las cosas van bien y Europa sale de la crisis, Tsipras podría cumplir las dos promesas: la cuestión es cuál cumple primero.

Hay que presumir que Tsipras ha actuado de buena fe y que confía en poder cumplir lo que ha prometido

Mi impresión es que va a intentar un camino intermedio, sorteando los obstáculos a medida que se los vaya encontrand­o. Si consigue apretar un poco las clavijas a la troika y estirar la cuerda sin romperla, todos saldremos ganando. Los griegos, porque verán aliviada la durísima política de austeridad que sufren, aunque no sea de una forma inmediata. Los demás países mediterrán­eos, porque el alivio de la austeridad nos ayudará a todos. Y el resto de Europa, porque la mayor solidarida­d pondrá fin a la crisis, consolidar­á al euro y fortalecer­á a la Unión.

El peligro es que Tsipras estire demasiado y rompa la cuerda. Si lo hace todos saldremos perdiendo. Europa, porque el proyecto del euro, y con él el de la unión política, sufrirá un quebranto muy serio. Los países mediterrán­eos, porque tendremos que optar entre apretarnos el cinturón mucho más que ahora o ver como la unión monetaria se rompe. Y, sobre todo, los griegos, porque verán como, fuera del euro, su economía cae en picado.

La respuesta, más allá de los primeros gestos, la sabremos dentro unos meses. Ojalá prevalezca el buen sentido.

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JAVIER AGUILAR

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