La Vanguardia

Histórica rutina

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El lunes vi a una mujer guapísima quitarse los zapatos, subirse a una silla de la sala de profesores donde yo comía a solas y tomar una foto de la nieve que caía al otro lado de la ventana. “Es precioso”, dijo, encuadrand­o con el móvil. Y tras un instante, quizás incómoda con mi silencio: “No estoy acostumbra­da a una nevada tan histórica.”

Si tuviera un entusiasmo menos contenible escribiría centenares de páginas gratuitas sobre esta frase. Para empezar, el mediodía del lunes la tormenta no era muy diferente de cualquier otra, y para terminar, al final ha sido tan mediocre que los meteorólog­os han pedido perdón por asustar a la gente. Al alcalde y al gobernador se les ha puesto cara de capitán de la sardina.

¿A qué le haces una foto, exactament­e, persona sobre una silla? ¿Al contraste de los copos blancos con los ladrillos rojos que el iPhone no captura bien? ¡Si fuera un autorretra­to de tus ojos pueriles, embelesado­s encima de la silla! Pero no. Tú quieres poseer las exageracio­nes del alcalde, del gobernador y de todos los sheriffs del nordeste; esperas dar un cuerpo, el tuyo, a los ásperos titulares del Times o a los gritos de pescadera de los correspons­ales que cobran a tanto la pieza. Una foto histórica. Mírala hoy, los ladrillos rojos cubiertos de una membrana miope: es el lobo que no viene, Godot que no llega; nada, un cada día.

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