La Vanguardia

UNA VIDA EN LÍNEA RECTA

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En cambio, el invierno de 1888 mató a Roscoe Conkling porque era un hombre sin miedo. Metro y medio de nieve, vientos de 70km/h, gente atrinchera­da en casa y más de 400 muertos. Pero Conkling tenía 59 años, un prestigios­o despacho de abogados y la salud de los valientes. Había sido senador durante 14 años y además de ser un rocoso defensor de los negros antes y después de la Guerra Civil, odiaba el tabaco, hacía pesas y practicaba el boxeo. Era tan mujeriego que la escena del marido celoso persiguién­dolo con un mosquete acabó en la prensa. Pero moriría de puritano antes que de libertino.

El 12 de marzo fue a trabajar igual que cada día y como cada día esperó a la noche para irse. Al detener un taxi, pensó que los 50 dólares que le pedía el taxista, que tonto no debía ser, eran razón suficiente para indignarse y caminar los 4km hasta casa. A la altura de Union Square, atravesó el parque en vez de darle la vuelta por la calle, demostrand­o que el campo a través, igual que la prudencia, no es un valor universal y depende del momento. Quedó atrapado en un bache lleno de nieve, de los talones a los sobacos. Luchando durante más de 20 minutos, logró salir. Se arrastró hasta el New York Club, a metros del hotel que le hacía las veces de casa, en cuya puerta se desplomó. Un mes después, víctima de una biografía en línea recta, murió en una cama de hospital.

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