La Vanguardia

La profecía de Athos

- ARTURO SAN AGUSTÍN

La vida no es un mitin. La vida es sufrir decisiones ajenas, pero es, sobre todo, atreverse a tomar las propias. Y cuando uno se atreve a tomar decisiones siempre defrauda a algunos. O sea, que mientras en España Pablo Iglesias sigue en el mitin y en ese “tic-tac, tic-tac”, onomatopey­a, por cierto, antigua, con la que amenaza o recuerda a Mariano Rajoy que su tiempo de mando se acaba, Alexis Tsipras, nuevo primer ministro griego, ya ha defraudado a algunos políticos de izquierdas y a las mujeres. A los primeros porque ha formado gobierno con el partido Griegos Independie­ntes y a las mujeres porque en ese gobierno sólo hay hombres.

A algunos, estos días griegos nos han devuelto a las canciones de Mikis Theodoraki­s, Manos Hadjidakis y Manos Loizos. La realidad es que yo suelo acudir muy a menudo a ellas. También acudo a las voces de Xaris Alexiou y Maria Farantouri y a los poemas de Odysseas Elytis. Estos días griegos también me han devuelto al viaje que hice al monte Athos, esa república de monjes ultranacio­nalistas. Fue el comunista Mikis Theodoraki­s, aquel gigante que hoy transcurre sus días en una silla de ruedas, quien puso música a mi personaje de ficción favorito, Alexis Zorbas. Y fue también Theodoraki­s quien me aconsejó visitar Athos para escuchar en el monasterio de Vatopedi el canto bizantino. Athos aún se rige por la hora bizantina. Athos es lugar casi imposible para los que no son griegos y está prohibido a las mujeres. Nunca me han sentado bien los nacionalis­mos. La prueba es que de aquellas alturas monacales, de aque- llos monasterio­s de Athos en los que aún se respira Bizancio y en los que sólo se come sobriament­e una vez cada 24 horas, tuve que salir por piernas. Al enterarse de que yo era periodista, aquel aventado monje Atanasio, larga la barba y aparatoso el velo negro, entró en súbita erupción y comenzó a llamarme de todo, incluso “romano” por el simple hecho de no ser ortodoxo griego. La intervenci­ón de mi amigo Rafel Nadal, que sí es diplomátic­o, evitó que uno de los dos acabara despeñado. Qué agitación la de aquel monje, que hasta que supo que yo era periodista, no sólo dialogó apacibleme­nte conmigo en francés. También me habló de la profecía del monte Athos, pero eso lo contaré luego, porque ahora mismo, mientras escribo esta crónica, aparecen en la televisión el ex presidente Jordi Pujol, Marta Ferrusola y sus hijos Pere, Mireia y Marta. Están abandonand­o la Ciutat de la Justicia.

Nada es casual. La prueba es que el ex presidente Jordi Pujol fue en su día lector de algunas de las cosas de Nikos Kazantzaki­s, autor, entre otras novelas, de Cristo de nuevo crucificad­o, La última tentación de Cristo y Alexis Zorbas. El novelista griego Nikos Kazantzaki­s fue excomulgad­o por la Iglesia ortodoxa griega y a Jordi Pujol, en estos precisos momentos, lo insultan algunos ciudadanos. Pujol sabe soportar el chaparrón, pero Marta Ferrusola, no. Quizá por eso algunos, entre ellos varios dirigentes convergent­es, la llaman Elena Ceausescu, que fue, ya saben, la esposa con moño y bolso del dictador rumano Nicolae Ceausescu. Antes de ser fusilado junto a Elena era muy celebrado por algunos eurocomuni­stas y demócratas españoles. A nadie le gusta que lo fotografíe­n entrando o saliendo de determinad­os edificios cuando es imputado o acusado de algo. Pero como sabían muy bien aquellos gángsters de Chicago o Nueva York y Luis Bárcenas, ese hombre que siempre está manejando el dedo índice de su mano derecha, no hay nada peor que intentar zafarse de los periodista­s y curiosos escondiénd­ose tras unas enormes gafas de sol, una bufanda o bajo un casco de motorista, un sombrero, una capucha o una gorra, como de apache parisino, que es la que, según veo, luce en estos momentos Pere Pujol Ferrusola, uno de los hijos del ex presidente catalán. Todas esas gafas, bufandas, capuchas, sombreros y cascos de motorista culpabiliz­an incluso a los inocentes. “Si se esconden es por algo”. En este país somos muy dados a admirar a aquellos que demuestran tenerlos bien puestos. Y eso explica que el tal Bárcenas comience a caer bien a algunos ciudadanos. “Oye, será lo que sea, pero los tiene bien puestos”.

La profecía de Athos, según aquel monje ultranacio­nalista, como casi todos los monjes ortodoxos griegos, es la siguiente: Europa dejará de ser católica, pero no se convertirá al islam sino a la ortodoxia griega. Y el griego será el idioma común. Sospecho que esta profecía la conoce Alexis Tsipras y la ignora Angela Merkel.

jordi pujol Algunos lo insultan; él sabe aguantar el chaparrón, pero Marta Ferrusola, no. Algunos la llaman Elena Ceausescu

 ?? YANNIS KOLESIDIS / EFE ?? El nuevo primer ministro griego, Alexis Tsipras, antes de jurar el cargo en el palacio presidenci­al
YANNIS KOLESIDIS / EFE El nuevo primer ministro griego, Alexis Tsipras, antes de jurar el cargo en el palacio presidenci­al
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