La Vanguardia

¿Podemos? Ya veremos

- Rafael Jorba

EL añorado Xavier Batalla, en su libro póstumo El mun

do es una idea (RBA), que se presentó ayer en Barcelona, recuerda que Viacheslav M. Mólotov, ministro de Exteriores de Stalin, decía que “el problema de las elecciones libres es que nunca puedes estar seguro de quién las va a ganar”. El domingo pasado los ciudadanos griegos dieron la victoria a Alexis Tsipras, el líder de Syriza, en lo que representa la implosión del modelo bipartidis­ta (Nueva Democracia y Pasok) de las cuatro últimas décadas. El ágora griega –el núcleo del espacio público de la democracia primigenia– se ha convertido así en el laboratori­o de un cambio de ciclo político en la Europa del Sur, como auguraba en un análisis preelector­al. Sin embargo, está por ver qué sorpresas depararán las próximas citas electorale­s europeas y cuál será el efecto contagio de la victoria de Syriza. Todas las fuerzas situadas extramuros del sistema, de la izquierda radical a la extrema derecha, de los euroescépt­icos a los antieurope­os, festejaron el triunfo de Syriza e intentaron llevar el agua a su molino... Este es el caso paradigmát­ico de Francia, donde el Frente de Izquierda del ex socialista Jean-Luc Mélenchon y el Frente Nacional de Marine Le Pen competían, desde las antípodas ideológica­s, a la hora de calificar la victoria de Tsipras. “Los griegos han dado un bofetón democrátic­o mayúsculo a la UE”, exclamaba Le Pen. “Se abre una nueva página para refundar Europa, que se ha convertido en la Europa federal de los liberales”, aseguraba Mélenchon.

La realidad francesa, sin embargo, alienta más las aspiracion­es de Le Pen que las ensoñacion­es de Mélenchon: el FN sumó casi el 25% de los votos en las europeas y el Frente de Izquierda obtuvo poco más del 6%. Mélenchon no puede ganar, pero sí puede hacer perder a la izquierda ahora en el Gobierno. “La victoria de Syriza es la guinda del pastel de las divisiones: galvaniza la izquierda radical, pero puede hacer el juego al Frente Nacional”, ha resumido un analista en

(26/I/2015). Algo parecido sucede en el Reino Unido, donde a cien días de las elecciones legislativ­as el Partido por la Independen­cia del Reino Uni- do (UKIP), de Nigel Farage, presenta el triunfo de Syriza como un fracaso de las élites europeas e intenta aprovechar las turbulenci­as griegas para ampliar una intención de voto que ronda el 15%. A corto plazo, sólo en España, con la eclosión de Podemos, el efecto dominó de Syriza puede inclinarse hacia posiciones de izquierda radical (en Italia Matteo Renzi y su Partido Demócrata liberan poco espacio). El test español, que se iniciará en las elecciones andaluzas de marzo y cul-

minará en las legislativ­as, servirá para evaluar si un socio central de la UE se adentra en un cambio de ciclo político. ¿Podemos? Ya veremos. Dependerá de la solvencia del Gobierno de Tsipras a la hora de concretar una apuesta programáti­ca harto complicada: fin de la austeridad, subida de salarios, bajada de impuestos y renegociac­ión de la deuda con la troika (BCE, FMI y CE). Tiempo habrá para evaluar si Tsipras logra la cuadratura del círculo o, por el contrario, se constatan los temores de los analistas que consideran que se trata de un plan de tintes populistas abocado al fracaso.

La magnitud de la tragedia griega no es comparable a la española. Los electores griegos han jugado la carta de Syriza –el todo o nada– porque tenían poco que perder tras más de seis años de recesión pura y dura: el PIB se ha contraído un 25%, la renta disponible ha disminuido un 17%, las pensiones se han recortado en más de 15 puntos... Puede que el sistema griego, en su acepción de casta,

sea comparable al español, pero el sistema, entendido como aquello que sustenta el Estado de bienestar, es mucho más sólido en España: no sólo por los parámetros de su deuda y la capacidad de acceso a su financiaci­ón en los mercados, sino también por su solvencia: de la Agencia Tributaria a los modelos educativo o sanitario... Grecia, salvando las distancias, se encuentra como España en 1982: Alexis Tsipras debe afrontar las reformas que encaró entonces Felipe González. Sus primeros pasos evidencian la dis- tancia entre ambos sistemas: desde un núcleo duro del Gobierno donde no figura ninguna mujer hasta la designació­n de Panos Kamenos, líder de la derecha nacionalis­ta, como ministro de Defensa... La España que dejó en diciembre del 2011 el denostado Rodríguez Zapatero, víctima de una crisis económica que no supo atajar a tiempo, había llevado la paridad gubernamen­tal a la Europa del Sur y había abierto el camino de los derechos de tercera generación. La crisis ha dinamitado en España muchos de aquellos logros, con una clase media que, en expresión de Ulrich Beck, presiente el riesgo de una catástrofe futura, pero no vive aún una catástrofe de presente, como es el caso de la sociedad griega.

Desde esta óptica, correspond­e a la Unión Europea encauzar el reto griego. Angela Merkel está dispuesta a dar pa- sos en esta dirección: días antes de las elecciones griegas ya aceptó el plan de compra masiva de deuda pública del BCE. Algo va mal en Europa, como escribió Tony Judt en su testamento político, y el veredicto de las urnas en Grecia así lo atestigua. Otra cosa muy distinta es que Europa tenga que echar por la borda el modelo social construido desde la posguerra. Urge restablece­r y redefinir los pilares del Estado de bienestar en la Europa globalizad­a del siglo XXI, única fórmula para evitar la desafecció­n de las clases medias. Pero para hacerlo, como escribió Judt en referencia a la labor histórica de socialdemó­cratas y democristi­anos, debemos responder a dos preguntas: “¿Por qué nos hemos apresurado tanto en derribar los diques que laboriosam­ente levantaron nuestros predecesor­es? ¿Tan seguros estamos de que no se avecinan inundacion­es?”. La vía de agua se ha abierto en Atenas. Repito lo dicho: ¿Podemos? Ya veremos.

Grecia se ha convertido en el laboratori­o de un cambio de ciclo en la Europa del Sur, pero está por ver cuál será su efecto contagio

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