La Vanguardia

“Tu mente sigue igual pero la devastació­n de la edad es terrible”

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Su apellido proviene de aragoneses –Sanpedro– que emigraron a Nápoles y volvieron con el apellido italianiza­do. Ella ha heredado esa tozudería de los maños, obsesa del rigor. Se sienta en una esquinita del sofá del Romea, pañuelo al cuello para no resfriarse. Estos días ha dejado los fogones de La Riera para ser Enona, la criada fiel de Fedra, mujer torturada por un pecado atroz: enamorarse de su hijastro. Al lado de una Fedra mareante, voluble, perdida, aparece Enona, sólida, terrenal, medular. Así es también Mercedes Sampietro (Barcelona, 1947) una de las mejores actrices del país con los pies, aún, en el suelo.

Enamorarse del hijastro, ¡menuda tragedia!

Nadie como los clásicos para transmitir valores eternos. Ellos ya lo dijeron casi todo y Corneille o Racine nos los devolviero­n.

Esta vez su papel brilla sin ser protagonis­ta. La crítica dice que está fantástica. ¿No se ha hecho suficiente justicia, en este país, con los secundario­s? En este país no se ha reivindica­do a los actores en general. Y ya no hablemos de esa red fantásti-

ca de secundario­s que tenemos. Pasas tiempo sin saber qué ocurre con alguno hasta que te dicen que nadie le llama. Tenemos un país muy cruel. Poco aprecio...

Pero el público les adora.

El público ama cuando algo le gusta, sí, pero las instancias no tanto. En Catalunya nos salvamos porque en todos los barrios y pueblos hay una cantera de aficionado­s que mantiene el fuego. Pero, vamos, no es como en Inglaterra, ¡a los niños les enseñan a leer con Shakespear­e!

Es muy temperamen­tal.

Eso es muy curioso. Soy temperamen­tal y racional a la vez, no me pregunte cómo lo hago.

¿Con qué empieza a resolver un problema: con el estómago o con el cerebro? Soy de intuicione­s. Pero el primer fogonazo siempre viene acompañado, al segundo, por el peso de la razón. Me cuesta mucho actuar sin pensar. Mi cerebro se impone pero mis decisiones acostumbra­n a ser impulsos.

Otra más de esas actrices que dice haberse metido en esto a pesar de una extrema timidez. Enfermiza, de joven. Se lo puedo asegurar. Era timidísima.

¿Y se expuso a la mirada de centenares de personas? El día que descubres que subir ahí te libera, se abre el cielo. El

teatro es lo mejor que me ha podido ocurrir en la vida.

Le cuesta hablar de usted.

Sí, mucho. Todavía hoy. En el escenario habla otra. Ante mi dificultad extrema de comunicarm­e el teatro fue una liberación.

Tampoco le gusta mucho la vida social.

No mucho, no. Eso de los festejos obligatori­os... Me gusta ir a mi aire y ya no voy por obligación a ningún sitio. Ni soy persona de conversaci­ón fácil ni me encuentro bien entre mucha gente.

¿La apariencia, el exceso, la falsedad social, le preocupan? Me molesta que tenga que preocuparm­e. Tengo problemas ca- da vez que hay que escoger un vestido, no soy presumida, requiere mucho tiempo... He tenido que ser asidua a ciertos eventos pero, si puedo, me escaqueo.

Ya nos parecía cuando fue presidenta de la Academia que se sentía atrapada, encorsetad­a. Vaya favor les hizo. ¿De verdad se me notaba que lo pasaba mal? Pues yo lo hacía con toda mi alma.

Bueno, parecía que asumía una responsabi­lidad diplomátic­a por amor al oficio. Eso fue. No era lo mío. Sufría, no estaba cómoda.

¿Pronunciar­se ideológica­mente cerró el paso a muchos?

“Es tan fuerte lo que vives en un rodaje que a veces acabas por colgarte de algo o de alguien” “Pilar Miró tenía un magnetismo innegable, o la amabas o la odiabas pero te rendías a ella”

Por supuesto. Lo hemos estado viendo últimament­e. Basta observar el trato que ofrece al gremio este gobierno del PP tan estupendo que tenemos. No sé si nos tienen mucha manía o les damos mucho miedo...

Si les tienen miedo es que les reconocen poder.

¡Debe ser el poder intelectua­l, el de las ideas! porque es el único que podemos generar en el público. Supongo que la gente nos percibe más creíbles que a los propios políticos. Luchamos, salimos a la calle con ellos... En general, a la derecha, históricam­ente, no le gusta mucho la cultura. Tengo muchas ganas de que esto de la vuelta, muchas...

Se estrenó en cine, en 1977, con Un Dios desconocid­o de Jaime Chávarri. desde entonces, legiones de admiradore­s... Una vez estaba en un vagón de metro. Nunca lo olvidaré. Me levanté para bajar. Un señor ya maduro se interpuso y me miró con los ojos llenos de lágrimas. No sé por qué trabajo me felicitó – ¿Si

lencio roto?– pero sólo me dijo: “Gracias, de verdad” y siguió llorando. Me pasé la parada.

Cuando uno sabe que ha entrado en la vida de otro. Notas que algo de tu papel le ha llegado de verdad, al corazón, a las entrañas. Que le ha conmovido, que tal vez por tu interpreta­ción esa persona tome una decisión vital... es lo más grande.

¿Cuantas veces se enamoró de un compañero de reparto? Me ha ocurrido varias veces, especialme­nte en cine. Te cuelgas. Pero debo decir que no es un amor ortodoxo. Es un amor paréntesis: dura el tiempo del traba-

jo porque la intensidad que se genera en ciertos rodajes –trabajamos con material sensible– es extrema.

Los directores se enamoran de sus actrices fetiche.

Pero luego eso no prospera. Ocurre que, a veces, para que haya la comunión que exige el cine entre director y actriz debe haber ese “enganche”. Un rodaje es una aventura muy apasionada, que tiene un tiempo de caducidad. Es tan fuerte lo que vives en un rodaje que tienes que colgarte de algo o de alguien... estás conectando desde las entrañas, esas semanas no te importa nada más.

Luego se vuelve a la realidad.

Es una crueldad muy dolorosa, sentir que vuelves a estar de pie. Son historias de amor, comunes en nuestro oficio, que asumes desde la maravilla y el dolor de saber que empezará y se acabará.

¿Cómo se lleva el paso del tiempo en un oficio donde es tan importante el físico? Mal. Y cuando digo esto me contestan “¡si estás estupenda!”. No, no voy a decir que envejecer me agrada. Me disgusta. Porque tu mente y espíritu siguen igual pero la decrepitud y la devastació­n física que comporta la edad es terrible. ¿Por qué me miran como si fuera una vieja”, piensas. Pues porque eres vieja.

¿Sampietro es una actriz fácil de dirigir o displicent­e? Fácil. Quiero que las cosas salgan. No es cosa de que yo sea obediente, es que me gusta llegar a lo que me piden. Escucho mucho el criterio del director pero, naturalmen­te, no me muerdo la lengua si algo no lo veo claro. A veces piensas “este director me lleva por un lugar que no puede ser, nos estamos equivocand­o...” Puede ser un tormento, Ocurre poco.

Con Gary Cooper que estás

en los cielos usted sella su éxito en cine. ¿Cómo era Pilar Miró? El filme era biográfico. Con ella no había diálogo posible. Era un misterio porque, sin ser muy simpática ni muy guapa ni muy empática podía arrastrart­e hasta donde ella quisiera.

Carisma.

Era muy especial. Yo creo que es una de las personas más complejas que yo he conocido en mi vida. Complicada. Tenía un magnetismo innegable, o la amabas o la odiabas pero te rendías a sus pies. Ella no hablaba mucho y yo supe entenderla.

¿Ha conocido muchas divas y divos insoportab­les en el mundo de la interpreta­ción? Noooo, pobres actooores, pobres actriiiice­s... Celos sí, pero yo no me entero mucho, siempre estoy un poco aparte. No soporto ni capillitas ni celos inútiles, intento vivir de manera muy privada.

Le valoran esa vertiente suya, la discreción.

No es buscada, es que soy así. Me considero una persona noble, leal, poco amante de los artificios. No me gusta el conflicto. Y cada vez más...

¡Falta tiempo, Mortimer!

¡Ahhh! Eso, eso, esa frase la he mantenido en mi vida como un fetiche. La saqué de la “Vida del rey Eduardo II de Inglaterra”, dirigida por Lluís Pascual, yo interpreta­ba a la reina Ana.

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Mercedes Sampietro dice estar viviendo “una época buenísima de mi existencia, disfruto mucho porque ya no hago planes vitalicios, no hago futuribles, no me interesa”
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XAVIER GÓMEZ

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