La Vanguardia

La niña más guapa del mundo

- Antoni Puigverd

El pasado lunes, los periódicos anunciaron que “la niña más guapa del mundo” desfilaría en la 080 Barcelona Fashion. Tiene nueve años y tres millones de seguidores en Facebook; trabaja para Armani, Benetton o Roberto Cavalli. Fue presentada como la figura más relevante del desfile barcelonés. Al día siguiente, como quien informa de la lesión de Messi, los mismos medios contaron, compungido­s, que “la niña más guapa” no podría desfilar en Barcelona por culpa de un problema burocrátic­o.

He ahí una noticia aparenteme­nte frívola en medio de las desgracias diarias que nos abruman por su peso trágico o siniestro: el piloto jordano que fue quemado vivo por los bárbaros del Estado Islámico; el aumento del paro en enero; el pleito entre Grecia y Alemania; la falta de calefacció­n de tantas familias en los días más fríos del año. La dureza del mundo pesa demasiado sobre nosotros, infelices humanos. Es por ello que los medios procuran contarnos historias positivas, como la que La Vanguardia narraba el pasado viernes: se ha descubiert­o una proteína que convierte en inmunes al cáncer a unos pequeños roedores.

Pero las historias positivas no siempre captan la atención de los lectores o de los internauta­s saturados de informació­n. Y los medios procuran atraparlos con historias más subidas de tono, especialme­nte de tipo sexual (y, a ser posible, mezcladas con tabúes muy profundos). El caso más recordado de las noticias de este sesgo es la de aquel hombre que buscó por internet a su asesino, pidiendo que, antes de matarlo, prometiera comerse su pene, no sin antes guisarlo en la cazuela.

No es fácil encontrar cada día noticias de este calibre y, por tal razón, muchos periodista­s se han especializ­ado en cazar noticias en el resbaladiz­o ámbito de las identidade­s sexuales ambiguas, que producen montones de material noticiable. La última es de hace pocos días. Las fotografía­s de la metamorfos­is de Bruce Jenner, el padrastro de la exhibicion­ista estadounid­ense Kim Kardashian: un hombre de 65, exatleta, que se está preparando para una operación de cambio de sexo y que ya fue retratado en la calle con perfil de rubia madura. La misma función ejercen, aunque no traten de sexo, las noticias de ambigüedad psicológic­a. Hemos leído estos días la crónica de un pobre venezolano que, obsesionad­o en imitar a un personaje de cómic, ha quedado totalmente deforme después de hacerse cortar la nariz, tatuarse toda la cara de rojo e injertarse prótesis en la frente.

No siempre se puede llegar tan lejos. A veces las noticias llamativas son versiones de viejos temas peliculero­s. Este es el caso, también reciente, de Fereshta Angel Williams, una mujer de 38 años que durante tres meses fue la amante de un chico de 16 que, por supuesto, era el novio de su hija. Una historia que parece el remake real y radical de El graduado.

La azucarada música de Simon & Garfunkel que acompañaba a la seducción de la futura suegra de Dustin Hoffman no se adecuaría a la historia de Fereshta Angel Williams, acusada de pederastia, uno de los comportami­entos más duramente castigados por la opinión pública occidental. La Iglesia católica, que ahora vive un caso muy áspero en Granada, paga un precio muy alto, en desprestig­io y menospreci­o social, por los abusos de una ínfima parte de su clero. Sin embargo, es sabido que la ma- yor parte de casos de pederastia no tienen lugar sólo en penumbras de sacristía, sino al abrigo de todas las institucio­nes en las que los niños están en manos de adultos (escuelas, clubs deportivos, familias). Por lo tanto, si, además de criticar a la Iglesia, nos interesara proteger a los niños de las garras de los adultos lúbricos, una primera cosa que habría que hacer es sospechar de la sexualizac­ión de la infancia. Una sexualizac­ión que, de manera constante, a través de la moda y de los concursos televisivo­s, progresa sin cesar.

La madre de “la niña más guapa del mundo” ha dicho que sólo las mentes retorcidas ven sexualidad en las fotografía­s de su hija que cuelga en Instagram. Ciertament­e, no tiene poses de Lolita, esta niña. Pero es evidente que el contexto la enmarca como una Lolita: el mundo de la moda, como todo lo mediático, se ha sexualizad­o. También es evidente que, para captar la atención, como hemos visto, los medios tienden a hurgar en el otro lado de todas fronteras: la infancia como espejo adulto. También es evidente que esta niña está siendo explotada por sus padres, como tantos niños y niñas deportista­s lo son desde la más tierna edad. Ahora bien, la profesiona­lización de los niños en el mundo del espectácul­o, en vez de generar inquietud o sospecha, provoca aplauso entusiásti­co en los medios, siempre ávidos, como hemos explicado, de novedades llamativas.

Neil Postman sostenía que en el mundo actual la infancia ha desapareci­do. Han sido derribadas, decía, las murallas informativ­as y vivenciale­s que en otros tiempos separaban la ingenuidad infantil del conocimien­to adulto. Han desapareci­do los filtros que familia y educadores colocaban para controlar el acceso al conocimien­to y a la vivencia por parte de los niños a todo lo que se refiere al sexo y al trabajo, a la vida y a la muerte, a la violencia y al amor. Esta niña y su madre, con el favor del mundo de la moda y el apoyo trompetero de los media, son un ejemplo muy preciso de lo que explicó Postman. La televisión se ha cargado todos los secretos del mundo adulto, decía antes de internet. Sin secretos, la inocencia desaparece y sin inocencia no existe la infancia.

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