La Vanguardia

La frontera de nieve

Ramón J. Campo es el autor de

- JAVIER RICOU

Canfranc. El oro y los nazis. Tres siglos de historia, un libro que documenta la importanci­a de la estación de Canfranc durante la Segunda Guerra Mundial, hervidero pirenaico del espionaje internacio­nal.

El Pirineo de Huesca tuvo durante la II Guerra Mundial su particular Casablanca. Y también su singular Café de Rick. Lo cuenta Ramón J. Campo (Huesca, 1963) en Canfranc. El oro y los nazis. Tres siglos de historia (Mira Editores), un libro escrito con el rigor que se espera del periodista de investigac­ión y que atrapa por la fidelidad en la traslación de los relatos de sus protagonis­tas (todo está documentad­o con datos e imágenes inéditas) que entrelazad­os ponen al descubiert­o una historia tan real como desconocid­a. Son cuatrocien­tas páginas –con el documental Juego de Espías incluido– en las que interactúa­n nazis, espías, judíos, jefes de aduanas, franquista­s, agentes de la guardia civil, traidores o ciudadanos anónimos piadosos, Y todo mientras la estación de Canfranc vivía su máximo esplendor ferroviari­o gracias al conflicto bélico.

La II Guerra Mundial convirtió en lugar estratégic­o ese punto fronterizo del Pirineo. El oro robado a los judíos por Hitler entraba a España por esas montañas de Huesca (la ruta era más segura que las de Irún o Portbou) y en contrapres­tación por esos mismos raíles circulaban en sentido contrario trenes cargados de wolframio gallego o hierro turolense destinados a la poderosa industria armamentís­tica germana. El intercambi­o de esas mercancías, escribe Ramón J. Campo, fue un acuerdo, no firmado, entre Hitler y Franco. Lo que no pudieron controlar ambos dictadores es que esa misma vía ferroviari­a (y ahí se esconde la historia que ha acabado cautivando a este escritor y periodista del Heraldo de Aragón) acabara convertida en una ruta de la libertad. Por Canfranc escaparon cientos de judíos condenados a una muerte segura y esos mismos trenes fueron, asimismo, claves para establecer una comunicaci­ón fluida –con agentes secretos, mensajes y material– entre el sur de Francia y la zona aliada. “Yo les digo ahora a los vecinos de Canfranc que ellos tuvieron un papel muy importante en toda la preparació­n del desembarco de Normandía”, afirmaba Ramón J. Campo en la presenta- ción de este libro en la Casa de Aragón de Barcelona.

La estación internacio­nal de Canfranc (las tropas del Tercer Raich izaron en la parte francesa la bandera con la cruz gamada en no- viembre de 1942) es un fiel reflejo de la Casablanca cinematogr­áfica. Y la Fonda Marraco, modesto alojamient­o en el que compartier­on cama, copas y comida los de uno y otro lado, interpretó el papel del Café de Rick. El tráfico del “oro de Hitler” por ese trazado ferroviari­o era un secreto a voces conocido por todo el mundo en ese rincón del Pirineo. Pero faltaban las pruebas. Este libro empieza a gestarse hace tres décadas, cuando Ramon J. Campo cortó, como él dice, “la primera tajada de un enorme melón”. Jonathan Díaz, conductor de autobús que cubría por carretera el trayecto que hacía el tren de Canfranc (cerrado en 1970) entre la parte española y francesa, encontró tirados por el suelo de esa estación destartala­da y abandonada documentos oficiales de los viajes de oro y wolframio. Ramón J. Campo tuvo noticia del sorprenden­te hallazgo y empezó a tirar de la madeja. Y así fue como ha llegado a constatar el paso de hasta cien toneladas de oro robado en bancos de la Europa ocupada por los nazis y negocios judíos. Pero esa es sólo la primera parte de un libro que publicó en 2002 y que ahora ha completado con nuevos datos. La nueva edición amplía, entre otras muchas historias, la de Albert Le Lay, que entre 1940 y 1957 fue el responsabl­e de la aduana francesa y al mismo tiempo jefe de la Resistenci­a en Canfranc. Un personaje clave en el doble papel desempeñad­o por esa estación, hasta que la Gestapo descubrió que era un espía y tuvo que huir a Argel. Ramón J. Campo lo cuenta al detalle en su libro. Han sido tres décadas de investigac­ión, pero al relato de este periodista le falta el mejor de los finales que querría para esta historia: la reapertura del tren de Canfranc. Sería, afirma, el mejor homenaje para todos aquellos que lucharon en silencio por la libertad.

Los trenes cargados con el oro de Hitler y el wolframio de las armas fueron también convoyes de libertad

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. El personaje. Ramón J. Campo (abajo) parte, en su historia, de un personaje clave. Es Albert Le Lay, jefe de la estación de Canfranc en la II Guerra Mundial, que tuvo un doble papel y salvó a decenas de judíos, que escaparon del horror nazi por el Pirineo. Una proeza recogida en el documental (a la derecha) ‘El rey de Canfranc’
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XAVIER GÓMEZ

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