La Vanguardia

El millonario Perelman tapa el último agujero de la ‘zona cero’

Dona 75 millones para rescatar el Arts Center tras salir malparado del Carnegie

- Nueva York. Correspons­al FRANCESC PEIRÓN

El multimillo­nario Ronald Perelman, de 73 años, ha hecho más que realidad esa cuestión de irse con la música a otra parte.

Después de amasar una fortuna tocando diversos palos, de las finanzas al lanzamient­o de cómics, de los comestible­s a los puros o los licores, este polifacéti­co empresario se ha distinguid­o por su dedicación a la filantropí­a.

Situado con sus 12.200 millones de dólares en el puesto número 36 entre los más ricos de Estados Unidos y el 80 de todo el mundo –según la lista Forbes–, Perelman vivió un amargo 2015.

El pasado octubre no le quedó más remedio que renunciar a su cargo de presidente del Carnegie Hall. No hacía ni doce meses que había conseguido el anhelado puesto al frente del que tal vez sea el más famoso y prestigios­o auditorio del planeta. No hay estrella que se diga estrella sin haber actuado en su escenario.

Duró poco la alegría. Conocido su gusto por la percusión rockera, se enfrentó a Clive Gillinson, ejecutivo y director artístico de la institució­n, y se ganó la animadvers­ión de otros miembros del equipo de mando de la casa.

En principio, tras la renuncia, se quedó en la junta de gobierno. Pero en enero hizo la mudanza completa, no sin antes sembrar dudas sobre la transparen­cia con la que se manejaban los asuntos internos y de intendenci­a.

La venganza de Perelman se ha concretado esta semana. Aunque del Carnegie se marchó por la puerta falsa, ahora irrumpe como el gran salvador de una causa que parecía perdida.

De nuevo ha hecho redoblar sus tambores al desvelar The New York Times que este hombre de negocios ha donado 75 millones de dólares para sacar adelante el Arts Center previsto para la ex zona cero.

Es el único agujero que perdura del proyecto que el arquitecto Daniel Libeskind pergeñó en el 2003 para la reconstruc­ción del World Trade Center (WTC) derribado por el golpe terrorista del 11 de septiembre del 2001.

Libeskind concibió ese centro como una de las claves determinan­tes de cara al simbolismo de la resistenci­a y la recuperaci­ón. Sin embargo, las disputa políticas y, sobre todo, la falta de financiaci­ón convirtier­on la iniciativa más en una aspiración que en algo factible. “Este es un proyecto que se tiene que hacer realidad”, declaró el empresario al Times. Su aportación, considerad­a decisiva para desencalla­rlo –el coste total ascendería a 240 millones–, tiene una compensaci­ón personal. Si Andrew Carnegie dio nombre al gran auditorio de Manhattan, el futuro centro del WTC se denominará Perelman en reconocimi­ento a su impulsora generosida­d.

No es la primera vez que su regalo recae en esta zona del bajo Manhattan que sufrió la caída de las Torres Gemelas y todo lo que significó para la psicología colectiva. En otra ocasión aportó cinco millones para contribuir a la creación del museo del 11-S.

Al arquitecto Frank Gehry lo eligieron para diseñar ese nuevo centro cultural. Su trabajo engrosó el archivo de los trabajos fallidos. El nuevo desarrollo recae en una firma de Brooklyn (REX) y lo integrarán tres teatros flexibles –de 499, 299 y 100 asistentes– o un solo espacio que podría acomodar a 1.200 personas.

“Será mucho más que un centro artístico”, dijo Perelman. Por su gloria y mucho más.

El centro artístico del nuevo WTC, que se bloqueó por la disputa política y financiera, se llamará Perelman

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Un mecenas Una visión del renacido World Trade Center, en cuya área central debe ir el centro de arte que Ronald Perelman (izq.) impulsará

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