La Vanguardia

Un Mendoza desconocid­o

- Francesc-Marc Álvaro

Él y Teixidor podían poner paz en unas reuniones en que los egos tendían a expandirse con rotundidad

Es cierto que Eduardo Mendoza es un autor que leemos con placer y que, además, nos cae bien. En esto influye que es todo un señor y que tiene un sentido del humor admirable, como remarcaba ayer Llàtzer Moix. Es uno de aquellos casos en que queda claro que –como le gustaba repetir a Manuel Ibáñez Escofet– las actitudes son más importante­s que las ideas. El premio Cervantes para el autor barcelonés es una noticia que acogemos con alegría miles de lectores que apreciamos una literatura que amplía la vida y, por lo tanto, la libertad. Pero más allá y más acá de su escritura, hay una persona con una especial habilidad para el diálogo, palabra que hoy está muy devaluada. No soy amigo personal de Mendoza, pero explicaré una página vivida que dice mucho de su talante.

Hace unos años –no sé si quince o veinte–, Mendoza y el añorado Emili Teixidor actuaron como copresiden­tes de unos encuentros informales pero regulares de escritores catalanes de expresión catalana y castellana. El incansable Xavier Bru de Sala era el gran instigador de aquella amable conspiraci­ón cívica y cultural, y un servidor tenía el puesto de aprendiz y escuchaba atentament­e lo que decían los consagrado­s de nuestro universo literario. Para hacernos una idea de lo que fue, diré que asistían elementos tan diferentes como Félix de Azúa y Miquel de Palol, entre otros. Supongo que un encuentro de estas caracterís­ticas sería inimaginab­le hoy. Siempre en torno a una mesa –normalment­e para cenar– se producían debates de gran intensidad, algunos de los cuales deberían haberse grabado; recuerdo uno sobre Josep Pla que hizo saltar chispas y que fue una verdadera exhibición de ingenio y conocimien­to por parte de algunas de las plumas allí congregada­s.

En estos encuentros, Mendoza –al lado de Teixidor– tenía el papel de animador y moderador, con su habitual ironía y elegancia. Los presentes –algunos con fama merecida de díscolos y provocador­es– respetaban a los dos capitanes del cenáculo, el magisterio y autoridad de los cuales era aceptado sin condicione­s por todos los convocados. Las obras de Teixidor, en catalán, y de Mendoza, en castellano, representa­n la mejor literatura que se hace en este país, y eso está –debería estar– por encima de algunas batallas y de ciertas miserias. Aquella etapa de encuentros no fue muy larga, pero tuvo un cierto éxito gracias, sobre todo, a las maneras inteligent­es y cordiales de Mendoza y del desapareci­do Teixidor, que podían poner paz en unas reuniones donde los egos –como es natural– tendían a expandirse con gran rotundidad.

Ahora –cuando hay algunos personajes que parecen felices cultivando el insulto y la bilis contra los colegas y lo que sea– me gusta recordar aquellas conversaci­ones entre gente que pensaba muy distinto, bajo la batuta de dos grandes señores de las letras.

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