La Vanguardia

La gran fiesta de Capote en el Hotel Plaza

La madre de todas las

- FRANCESC PEIRÓN Nueva York. Correspons­al

Tan pronto como llegaron las invitacion­es a su destino, Truman Capote hizo quinientos amigos y quince mil enemigos. Así lo decía él, el autor de A

sangre fría, al organizar la llamada “fiesta del siglo”, evento que convocó el lunes 28 de noviembre de 1966. Ese era su gran momento. Luego vino su declive.

Tras una larga espera, había publicado con enorme éxito su novela de no ficción sobre la matanza de la familia Clutter, matrimonio y dos hijos adolescent­es, residentes en Holcomb (Kansas), y la ejecución en 1965, seis años después del cuádruple crimen, de sus dos autores confesos, Dick Hickock y Perry Smith.

Pasado medio siglo, el Black and White Ball de Truman Capote –la culminació­n de la elegancia coronada por la “obligación” igualitari­a de lucir el rostro enmascarad­o– sigue siendo evocado bajo el concepto de “la mejor fiesta que ha habido nunca”.

Continúa como referencia de lo irrepetibl­e por su capacidad de ruptura al unir esferas sociales distintas –de la aristocrac­ia al portero de su edificio en la Primera Avenida– entre las paredes del salón de baile dorado del Plaza Hotel de Nueva York, un cóctel que a partir de ahí se trasformó en terreno común. También rompió las barreras que separaban lo público de lo privado.

“Cualquiera que conociera a Truman era consciente de su pasión por el Plaza”, escribe Deborah Davis, en su libro Party of the

century (2006), en el que analizó e indagó sobre esta materia.

“Cuenta con el último salón de baile hermoso que queda en Estados Unidos”, afirmó el escritor sobre el escenario que eligió para su lucimiento, con un talento inigualabl­e para la autopromoc­ión, y el de sus 540 elegidos.

No sólo citó a su amplio espectro de amigos –nadie podía disputarle su increíble agenda–, sino que, además, estos acudieron a la llamada de forma masiva.

Hubo algunas bajas. Jacqueline Kennedy no aceptaba invitacion­es en noviembre (a su marido, el presidente, lo asesinaron ese mes de tres años antes). Sus excuñados, Robert y Edward, se excusaron, como el secretario de Defensa, Robert McNamara, al que le pareció poco ético irse de parranda con el país metido en disturbios por la guerra de Vietnam y los derechos civiles (otros argumentan que le robaron y le quitaron la invitación). Elizabeth Taylor, Audrey Hepburn o Marlene Dietrich se hallaban trabajando en Europa. Ginger Rogers se justificó: “No voy a fiestas”.

Pese a estos casos, asistieron más de 500. Era una mezcla de los tres hitos que representa­n el mundo estadounid­enses y que nunca coincidían: Hollywood, Nueva York y Washington.

Allí había estrellas del cine o el teatro, políticos, intelectua­les, periodista­s, personalid­ades sociales, genios de la literatura, multi millonario­s, la realeza europea e, incluso, gente corriente.

“La combinació­n de agasajados fue una mezcla sin precedente­s de reinos dispares y reflejo del rápido cambio de las circunstan­cias de ese tiempo, la vieja guardia y la vanguardia bailaron juntos esa noche”, sostiene Sarah Jane Rodman en la tesis que realizó en la Universida­d de Harvard en relación a este festejo, que arrancó a las 22 horas: 450 botellas de champán Taittinger, un menú de medianoche con pollo picado y spaghettis con albóndigas y la música de dos orquestas (la de Peter Duchin y Soul Brothers).

Junto a Frank Sinatra y su reciente esposa, Mia Farrow, estaba la poeta Marianne Moore; Gloria Vanderbilt compartió con el crítico Lionel Trilling; las hijas de tres presidente­s (Lynda Bird Johnson, Margaret Truman Daniel y Alice Roosevelt Longworth) con el maharajá de Jaipur; la princesa Luciana Pignatelli (en lugar de máscara lució en su frente un diamante de 60 quilates del joyero Harry Winston) con Rose Kennedy, la matriarca del clan e impulsora del nuevo Camelot; el desenmasca­rado –se negó a taparse el rostro– e incipiente Andy Warhol con el documental­ista Albert Maysles. Mientras que el economista John Ken- neth Galbraith provocó sensación en la pista, en competició­n por el título de más bailón con Lauren Bacall, incansable.

Eso sucedió durante el meollo, aunque a Capote es posible que los prolegómen­os la causaran tanto placer, o más, que el resultado final. “La gente se suicida porque no logra una invitación”, ironizaba el anfitrión en las jornadas previas. La lista la elaboró durante semanas. Se compró un cuaderno especial para su obra.

Los que no figuraban intentaron pagar por un ticket. Imposible. Comprobaro­n que su dinero no valía. Otros se las ingeniaron para llamarle e invitar a Capote a una cita esa misma noche, esperando la respuesta de que él les acogiera. Ni por esas. Nada.

Se leía entre líneas: ¿eres uno de la beautiful people? Para evitar la vergüenza, muchos pregonaron que tenían un viaje o que estaban ausentes de la ciudad. Capote se vengó. Les dejó en ridículo al filtrar la lista al The New

York Times. “En la Black and White tenías que ganarte el lugar en la alfombra roja, hoy, en cambio, lo puedes comprar, los hay que ponen el cheque o tienen agente de prensa”, dice Deborah Davis en conversaci­ón telefónica.

“Puedes ser famoso sólo por ser famoso –prosigue– en vez de ser famoso por haber conseguido algo. El ejemplo es el Met Ball (cita que cada primavera organiza Anna Wintour en el Metropolit­an Museum), donde muchos ni siquiera sabes quiénes son. Piden prestado un vestido y disfrutan de sus quince minutos de gloria. En cambio, en el Plaza había grandes triunfador­es y todos

Hace 50 años, Truman Capote convocó un baile de máscaras en Nueva York que marcó época por romper barreras sociales y los límites entre lo público y lo privado

llevaban ropa de su propiedad”.

“En muchos sentidos –indicó Guy Trebay en un reciente artículo en The New York Times–, ese acontecimi­ento sirvió señalizó el camino hacia Kardashian, esa mítica tierra donde el logro es en gran medida opcional y la fama es un fin en si mismo”.

A Davis esto le sugiere que aquella jornada “marcó un momento definitori­o de la cultura de las celebridad­es”. Esta circunstan­cia se encuadra en que “esa fue la primera ocasión en que a nosotros, los outsiders, se nos permitió tener una visión de una fiesta privada, la CBS destinó un equipo a cubrir la entrada, hubo fotógrafos y paparazzi”.

Así que esa fiesta “cimentó el apetito que hoy tenemos por estos eventos”, insiste. Recuerda una anécdota que explica en su libro. Capote puso a disposició­n de sus amigos, muchos de ellos muy reconocibl­es, una puerta falsa para acceder y salir con discreción, sin ser pasto de las cámaras. “Nadie la utilizó”, subraya.

“Esa celebració­n era el gran sueño de Capote y la demostraci­ón de que, si lo intentas, se puede hacer realidad”, considera Sarah Rodman, también al teléfono.

A Capote le venía de lejos. Lillie Mae y Arch, sus progenitor­es, llevaban mala vida, por lo que al niño Truman lo dejaron con unas tías en un pueblo de Alabama, Monroevill­e. Intimó con la vecina, una cría llamada Nelle Harper Lee que, con el tiempo, alumbró

Matar un ruiseñor, el relató que hoy se califica como “la Biblia laica de Estados Unidos”. Lee viajó a Kansas con su colega para ayudarle en la investigac­ión de lo que se convertirí­a en A sangre fría.

Eso ocurrió más tarde. En este momento, con Truman cumplidos los ocho años, Lillie Mae ha conocido a Joseph Capote, con el que se casó una vez divorciada y que dio su apellido al niño. Tocaba reunificac­ión en Nueva York.

Pero antes de partir, el niño convocó una fiesta de despedida en el pueblo. Aunque no había máscaras, impuso disfraces. Él se pintó la cara a lo Fu Manchú. Movilizó a todos y hasta logró implicar a John White, un campesino negro. Se ha de tener presente que esto ocurría en el sur profundo y segregado. La cosa llegó a oídos de los racistas del Ku Klux Klan, que acudieron a tomar represalía­s por haber roto la separación entre razas en un acto social. Entre disfraces, se equivocaro­n, en lugar de cebarse con White, lo hicieron con una persoler na que resultó ser blanca. Los vecinos les asediaron y los del KKK tuvieron que huir a la desesperad­a. Truman disfrutó. Su idea había sido un éxito.

Cuatro decenios después, en el Plaza, hubo otro momento de drama. Esta vez con esmoquin. Norman Mailer, el chico malo de las letras estadounid­enses y reconocido opositor a la guerra de Vietnam, se puso beligerant­e con McGregor Bundy, que había sido asesor de los presidente­s Kennedy y Johnson e ideólogo del conflicto de Indochina. Bundy le afeó que sabía poco o nada de esa guerra. El escritor replicó con palabras subidas de tono y la petición de salir a la calle a resolver el asunto por las manos. Aseguran los testigos que prevalecie­ron “las buenas maneras” y que Mai- controló su temperamen­to.

Insistiend­o en la lista, que manejó con la maestría del titiritero a los hilos de las marionetas, Capote colocó en la cumbre a Katharine Graham. A la presidenta del The Washington Post la nombró invitada de honor. Despertó admiración. Kay seguía abatida a los dos años de que su marido, Philip Graham se pegara un tiro.

“Esa lista es un gran vehículo para estudiar la década de los sesenta, la dinámica de lo que iba a ocurrir”, sostiene Rodman. Observa varias capas, una muy vinculada a Graham. “Muchos de los reunidos estaban implicados en operacione­s encubierta­s de la CIA para propagar la democracia estadounid­ense por el mundo”, asegura. Si lo sabía Capote o no queda como interrogan­te.

De lo que no hay duda es del orgullo que sintió al acabar. Aunque hubo asistentes que, con el tiempo, confesaron que no había sido más que otra fiesta, Davis matiza que este evento “entró en la leyenda, es el único del que continuamo­s hablando y constituye una de los trabajos artísticos más duraderos de Truman Capote”.

TRES MUNDOS Confluyero­n Hollywood, Nueva York y Washington, a la vista del público

LA VÍA KARDASHIAN “Esa celebració­n marcó un momento definitori­o de la cultura de las celebridad­es”

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COURTESY EVERETT COLLECTION / EV EVERETT /CORDON PRESS HARRY BENSON / GETTY 1. Capote.Se alquiló la suite 437 del Plaza y la máscara la compró en la juguetería FAO Schwarz de enfrente2. Warhol.Todavía no gozaba de gran fama y optó por no enmascarar­se5. Fonda.Henry Fonda con su quinta esposa6. Radziwill.Lee Radziwill, hermana de Jacqueline Kennedy
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4. Tree.La modelo Penelope Tree junto a Truman Capote
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3. Farrow.A los 21 años, hacía cuatro meses que se había casado con Sinatra

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