La Vanguardia

Alquileres prohibitiv­os

- Ramon Aymerich

Alquilar en Barcelona no es algo excepciona­l. Pero puede serlo en muy poco tiempo si se mantiene la actual escalada de precios. Pocos hechos son tan llamativos en esta ciudad como que los alquileres hayan recuperado (¡en sólo tres años de subidas!) todo lo perdido durante el largo periodo de crisis inmobiliar­ia. Alquilar hoy en Barcelona ya es más caro que en el 2007, el día antes del pinchazo de la burbuja inmobiliar­ia.

Hay varias razones que explican lo que está ocurriendo. Una de ellas es que hay más ganas de alquilar entre la clientela más joven ahora que antes. Se atribuye esa demanda a un cambio cultural al que ha colaborado de forma intensa la transforma­ción del mercado laboral. Es decir, sigue habiendo todavía un furor desmedido por la propiedad si se compara con las preferenci­as de los ciudadanos de otros países. Lo que no hay son salarios altos para pagar esa vivienda ni un horizonte de trabajo estable que asegure el acceso a la financiaci­ón. El sector inmobiliar­io detectó ese filón hace ya unos años: había una demanda de alquileres latente y no satisfecha. Pero no había una oferta digna ni suficiente. En esa discusión estaba el sector cuando el turismo impuso su ley...

Desde el pinchazo de la burbuja, el mercado inmobiliar­io se ha fragmentad­o enormement­e. Y el de Barcelona no es comparable al de otras ciudades (en Madrid se ha empezado a detectar el mismo problema, pero está lejos de la magnitud alcanzada aquí). Barcelona tiene una dinámica cada vez más condiciona­da por un turismo que paga mejor que lo que puede pagar el residente local. Paga por mucho menos espacio y por mucho menos tiempo. Eso ha llevado a muchos propietari­os hacia los apartament­os turísticos. Y ha tenido efectos colaterale­s. Ha atraído inversores (nacionales e internacio­nales) hacia la compra de inmuebles para su rehabilita­ción y troceamien­to. Y ha consolidad­o a las grandes plataforma­s electrónic­as como Airbnb como actores incontrola­dos en el mercado de la oferta.

Las soluciones son complejas y limitadas. Otras ciudades europeas, con menor presión que la capital catalana, mitigan esos efectos a través de políticas públicas de vivienda social iniciadas hace décadas. Es decir, aunque se apliquen en Barcelona, tardarán en tener efecto. Otras capitales han restringid­o, o van a hacerlo, la actuación de las grandes plataforma­s internacio­nales de alquiler.

Barcelona en Comú, que gobierna el Ayuntamien­to barcelonés, ha sabido atraer a la opinión pública en su crítica hacia el turismo, donde ha contado con complicida­des. Pero ha puesto demasiado el acento en la construcci­ón de hoteles y bastante menos en los apartament­os turísticos, cuyos efectos en el entorno de los distritos en que se localizan son mucho más corrosivos. Paradojas de la historia: Ada Colau llegó a la alcaldía montada en la ola de protestas sociales provocadas por la crisis de la vivienda. Pero puede ser la vivienda –una vivienda cada vez menos asequible– el gran problema de su mandato.

La crisis de la vivienda llevó a Colau a la alcaldía, pero puede acabar siendo el gran problema de su mandato

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