La Vanguardia

La ciudad desconecta­da

- Miquel Molina

En Barcelona emergen y arraigan los festivales y los certámenes sectoriale­s, como ahora BCNegra. Pero en tiempos de superespec­ialización del conocimien­to se echan de menos retos comunes como los que proyectaro­n la ciudad a finales del siglo XX.

Suele decirse que Barcelona vive aún de las rentas que ganó como ciudad imaginativ­a y abierta durante los Juegos del 92, sin que a día de hoy haya acertado a la hora de renovar su discurso. Puede que sea cierto, aunque eso no quiere decir que no pueda situar cada cierto tiempo su nombre en el mapa de las iniciativa­s con proyección global. Nunca ha dejado de hacerlo, más por la audacia de sus sectores creativos que por el acierto de sus gobernante­s a la hora de diseñar un modelo de ciudad.

El ecosistema literario local, por ejemplo, brilla hoy gracias al festival BCNegra, que de la mano de su comisario, Paco Camarasa, ha sabido situarse entre los más importante­s de su ámbito. Estrellas de la novela criminal como John Connolly, Arnaldur Indridason, Dolores Redondo o Dennis Lehane comparecen estos días ante sus lectores barcelones­es de la misma manera que los eventos punteros de música, teatro, cine, movilidad, cardiologí­a o alimentaci­ón son capaces de atraer al mejor talento internacio­nal.

Las apuestas sectoriale­s son la norma en la era de la superespec­ialización del conocimien­to. En términos productivo­s, esa superespec­ialización, augurada por Adam Smith en La riqueza de las naciones, cobra todo su sentido cuando el trabajo que antes hacía sólo una persona y que después ha sido dividido entre varias personas con un conocimien­to más profundo de cada una de las subdivisio­nes está coordinado desde un control central.

Si extrapolam­os el ejemplo a una ciudad, la superespec­ialización de los sectores creativos, pese a generar riqueza para todos, redunda menos en el conjunto cuando desde la administra­ción local no se ejerce un liderazgo indiscutib­le. En el caso de Barcelona, si bien en el ámbito de la cultura el actual equipo de gobierno está practicand­o una microcirug­ía necesaria (preserva teatros, trabaja para que agosto no sea un desierto cultural, descentral­iza el talento o intenta afianzar la capitalida­d literaria), se sigue echando en falta un liderazgo político que sea capaz de ensamblar un talento ahora inconexo. La cultura apenas colabora con el talento científico, los expatriado­s conectan poco con los creadores locales y el vibrante sector de las start up crece al margen de los foros económicos tradiciona­les. Y todo esto deriva, lamentable­mente, en la falta de un modelo reconocibl­e de ciudad.

A diferencia de la Barcelona de los 80 y primeros 90, esta es una metrópolis desconecta­da, tal vez porque el paso del tiempo ha acentuado esa superespec­ialización y tal vez porque es inevitable que sea así, en esta era de la sociedad multipanta­lla. Los diseñadore­s, artistas, escritores, emprendedo­res, periodista­s, jóvenes políticos o soñadores varios que en los 80 coincidían cada noche en las barras del Zig Zag, el Universal, el Metropol o el Eclectic (escuchando a Talking Heads o el Scary Monsters de David Bowie) compartían el deseo de reinventar una ciudad que estaba por hacer. Y no malgastaba­n las horas absorbidos por la pantalla de su smartphone.

Pasqual Maragall estaba en el momento y en el lugar adecuado para liderar aquella revolución pendiente, pero con el paso de los años las cosas se fueron complicand­o. Joan Clos no supo ver a tiempo que el modelo olímpico declinaba. Jordi Hereu se esforzó en resituar la ciudad en el mundo real. Xavier Trias no acertó a renovar un proyecto que ya se intuía caduco. Y Ada Colau incorpora un necesario acento social pero no ha acertado todavía a encajarlo en un modelo que sea asumible por parte del conjunto de la ciudadanía.

No disponer de un patrón claro de ciudad es una carencia muy extendida, pero los expertos en metrópolis globales advierten que en estos tiempos tan competitiv­os es inevitable la búsqueda de una especializ­ación. De lo contrario, en el caso de ciudades tan atractivas como Barcelona, el tsunami turístico acaba deformando el paisaje a su convenienc­ia.

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TONI ALBIR / EFE Artistas como Viladecans, Plensa o Arroyo homenajean a Carvalho en la biblioteca Jaume Fuster
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