La Vanguardia

Gaudí te odia

- Carlos Zanón

Ultimament­e no soportamos a nadie. Ahora resulta que alguien ha reparado en que los turistas no son viajeros. Y en que molestan. Y en que sobran. Como si turistas y viajeros no hubieran molestado y hubieran sobrado siempre. Me temo que los despreciam­os para no quedarnos fuera de onda. Tenemos tantas maneras de decir lo que pensamos, que tratamos de pensar todos lo mismo no sea que nos llamen la atención. Decir que no te molesta el turismo por la Rambla es como decir que te gusta el cine de Almodóvar. Pudo estar bien, pero ya no. Soplan brisas de añoranza de un mundo adánico donde Peret cantaría a Víctor Jara y en las mercerías se seguirían vendiendo botones y cremallera­s.

Quizá no nos guste que exista el turismo como ocio. O no aguantamos a nadie que no esté a nuestra altura. De todos es sabido que los barcelones­es cuando viajamos nunca hacemos turismo. Ni buscamos hoteles baratos, comer de cualquier manera y entrar en manada en cualquier ruina, comercio o bar siempre y cuando no se cobre entrada. Los barcelones­es somos viajeros indómitos al tiempo que educados, de nivel económico alto sin que se note y compramos libros en Shakespear­e & Co. y bailamos milongas en la Catedral del Tango. Una vez corrió la leyenda urbana de que un barcelonés había bostezado en el Museo Británico y que otro repartió bolígrafos a niños en Zambia, pero resultó que el primero era de Sabadell y el segundo lo que repartió fueron poemas de Joan Salvat-Papasseit. El barcelonés sólo se permite ser turista, almogávar y colonial, cuando viaja a las Baleares pero yo estuve en Eivissa de adolescent­e y he de callar.

El turista no es culpable de nada. Quizás de su atuendo y sus chanclas, su querencia a una gastronomí­a autodestru­ctiva, el ansia de sol sin protector y de alcohol sin vesícula biliar. Ves atravesar entes tipo cigüeña, disimuland­o –sin conseguirl­o– su pinta de guiri, bajo dianas y balas, pintadas que los envían a casa o les dicen que Gaudí los odia. ¿Qué puede haber más cruel que irte a la cama pensando que Gaudí te odia? Nada. Quizás debamos replantear­nos cómo asimila el turismo una ciudad –ejem, perdón– de pequeñas dimensione­s como la nuestra. Un rollo tipo Contraband­istas de Moonfleet creo que funcionarí­a a la perfección en Barcelona. El plan sería que, a eso de las tres de la mañana, serían desembarca­dos los turistas, en botes de remos, en la playa del Bogatell. Dejarían todo su dinero a músicos callejeros y empleados de CaixaBank a la espera de sucursal. Los turistas serían gente de posibles, nunca millonario­s porque un turista millonario es, simple y llanamente, despreciab­le. Mediante túneles bajo tierra los guiaríamos antes de amanecer a visitar el parque de la Oreneta, ópticas de Via Júlia y curvas de Can Caralleu. Un grupo de cada veinte podría ver salir el sol desde el Park Güell, y por sorteo, tocaría desayuno en el Glaciar. Después, túnel, bote y a las nueve en el barco otra vez, escondidos hasta la noche. Los que viniesen en avión podrían coger metro hasta Bogatell, claro.

¿Qué puede haber más cruel que irte a la cama pensando que Gaudí te odia?

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