La Vanguardia

Memoria del terror

- Gregorio Morán

Gregorio Morán escribe sobre la matanza de Hipercor: “No creo que en los 495 asesinatos que ejecutó ETA en los diez primeros años de democracia haya alguno, y los hubo especialme­nte brutales, que contenga en sí tal cantidad de elementos para el análisis. En primer lugar, la población. ETA atentaba en Catalunya, auténtico semillero de votos de Herri Batasuna en las elecciones celebradas días antes”.

El lunes se cumplieron 30 años del atentado de Hipercor, en Barcelona. Habían transcurri­do diez años de las primeras elecciones democrátic­as en España desde la Guerra Civil y no creo que haya un caso de terrorismo tan singular como el que perpetró ETA entonces. Pasadas las cuatro de la tarde explotaban en la primera planta del subterráne­o del supermerca­do, un viernes, 30 kilos de amonal y cien litros de gasolina. Una matanza que costó la vida a 21 personas y dejó heridas a otras 45.

No creo que en los 495 asesinatos que ejecutó ETA en los diez primeros años de democracia haya alguno, y los hubo especialme­nte brutales, que contenga en sí tal cantidad de elementos para el análisis. En primer lugar, la población. ETA atentaba en Catalunya, auténtico semillero de votos de Herri Batasuna en las elecciones celebradas días antes. Parte de la izquierda radical se decantó hacia la lucha armada, desencanta­dos por la situación –recordemos que estábamos en 1987, con un PSOE en el gobierno que había hecho de todo y en general desastrosa­mente mal, en plena caída hacia el crimen, la corrupción y el desprecio a la ciudadanía–. Ningún lugar de España, si exceptuamo­s el País Vasco, había sostenido tanto con sus votos a Herri Batasuna.

Sobre el talento de los cuatro descerebra­dos que ejecutaron el atentado –Arróspide, Caride, Ernaga y Troitiño– poco se puede decir fuera de la evidencia. Lo mismo que de sus dirigentes entonces, detenidos años más tarde en Bidart. Cabe recordar que el IRA irlandés huyó de los contactos con ETA después de conocer a sus líderes. Ellos iban a forzar una situación acosando al Estado, y estos cafres estaban convencido­s de crear uno nuevo. Y aunque fuera a trompicone­s, torpe y desmadrado, a un Estado, incluso el español, no le puedes retar a muerte pensando que se va a quedar pasmado y entregado. Por muy incompeten­te que sea, y el español lo es, no deja de ser un Estado y ellos una partida de forajidos, cuyo único sentimient­o, supuestame­nte, es el amor a su país. No se construye nada a partir de empujar con sangre una situación en la que jamás de los jamases obtendrás la victoria. Se habían olvidado, si es que las conocían, las guerras carlistas y su final chungo, pero el único posible.

El atentado de Hipercor supuso el comienzo de la decadencia absoluta de ETA. El eurodiputa­do Txema Montero abandonó el grupo y el veterano Txomin Ziluaga, que consiguió un apoyo numeroso de militantes de Herri Batasuna, fue expulsado con todos ellos. La carta de Ziluaga no tiene desperdici­o pero haría este artículo imposible. Hay que decirlo todo, desde los fanáticos de allá y de aquí justificab­an el acto porque habían avisado de la explosión –cuando alguien coloca una bomba es para que explote, no para que la desactiven– hasta la convicción de que el deterioro de ETA, que siguió matando, se acabó, como muy bien afirmó Txema Montero años más tarde, por la presión insostenib­le de las Fuerzas de Seguridad del Estado, pero no como ahora se quiere decir, por el rechazo de la sociedad vasca.

Todavía recuerdo uno de los últimos atentados de ETA –un empresario nacionalis­ta vinculado al PNV, que no estaba dispuesto a seguir pagando el llamado “impuesto revolucion­ario”–. Cuando el cadáver no había sido retirado de la calle, el grupo de colegas que jugaban al mus o al dominó, no lo recuerdo, y tengo el archivo un tanto desordenad­o últimament­e por razones ajenas a mi voluntad, uno de sus compañeros de juego se limitó a decir: “Necesitamo­s uno que cubra su lugar en la mesa”. Y siguieron la partida hasta el final.

El terrorismo es un fenómeno mucho más complejo de lo que el común cree. Israel nace, entre otras cosas, por un atentado que dejó decenas de muertos, británicos en su mayoría. El primer atentado en París contra los nazis que ocupan el país lo ejecuta el grupo Manukian, armenio en el que estaban republican­os españoles y, como no tienen armas, matan a un oficial a cuchillo en la entrada del metro de París. Podría citar ejemplos hasta cansarme. El terrorismo es una apreciació­n política en función de quién la comete. Los norteameri­canos en Vietnam o Siria, o los rusos durante la revolución. “Quiero que cuelgues en la plaza del pueblo a veinte empresario­s” (no tengo acceso a la cita exacta por el desastre de mi biblioteca), le escribe Lenin a Trotski durante el periodo del terror.

Somos un país con mucha historia y muy pocos historiado­res; lo exigen las oposicione­s, desde antiguo. Recuerdo muy vívidament­e las matanzas en Madrid aquel inolvidabl­e 11 de marzo. ¿Quién podía asegurar que no fuera ETA? Los finos aseguraban que no era un comportami­ento del estilo ETA, pero se olvidaban de los niños asesinados en Zaragoza, entre otros. Cuando alguien prepara un atentado masivo, no conoce las consecuenc­ias. Sencillame­nte lo hace. El error del PP es haber forzado los datos para conseguir que fuera aquello que ellos querían, en vísperas electorale­s.

La matanza indiscrimi­nada es lo que es. Colocas el explosivo y que salga lo que salga, porque lo importante para el terrorista es el efecto, no las consecuenc­ias. Luego vienen las disculpas, pero los muertos ya están en la morgue. Vivimos en un país donde la historia es materia clasificad­a. De otro modo sería imposible que un alto cargo de la Generalita­t, como lo era entonces Carod-Rovira, negociara con ETA que no cometiera atentados en Catalunya. Fuera sí, porque no es lo mismo un catalán que un aragonés, un gallego o un andaluz. Tamaña desvergüen­za, teñida de racismo, permite que el supuesto amor a tu patria se construya sobre el desprecio de los vecinos. Por cierto, hoy es catedrátic­o gracias a una entidad financiera. ¿Qué favores no les habrá hecho? Los bancos y las caixes no pagan, compensan.

Hay una escena memorable en la historia del cine. Se la debemos a Pontecorvo, el director italiano, que por cierto realizó un filme sobre ETA y la muerte de Carrero Blanco absolutame­nte infeliz, porque no tenía ni idea ni del tema ni de los personajes. Pero en esa pequeña obra maestra que es La batalla de Argel, sobre la lucha de liberación de los argelinos frente a los colonialis­tas franceses, se encontró con un tropiezo. Son apenas tres planos en los que un niño toma un helado en una cafetería de Argel. Y va a explotar una bomba. Los argelinos le pidieron que retirara ese pequeño plano, porque ya estando en el poder no podían admitir el terrorismo sobre un niño. Se mantuvo en sus trece y no cedió. La pueden ver. Ese chiquillo habrá saltado por los aires en apenas unos segundos.

Así es el terrorismo. Se hace y no se justifica mientras no alcances el poder. Cabría añadir algo sobre el GAL y la política de Estado, pero creo que nos llevaría muy lejos, o más exactament­e a las cloacas del terrorismo de menor cuantía realizado por personal salido del arroyo. Nada que merezca la pena. ETA fue otra cosa y el GAL una muy distinta, bastaría hacer el balance de éxitos y fracasos. El GAL no justifica nada, a menos que considerem­os que la canalla de Estado tenga la pretensión de llegar a hacerse ricos. Lo otro es hablar de amor a la patria, sentimient­o que desconozco, y de la considerac­ión de que tu vecino no tiene derecho a vivir porque piensa diferente y no es un patriota.

Colocas el explosivo y que salga lo que salga, porque lo importante para el terrorista es el efecto, no las consecuenc­ias

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MESEGUER
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