La Vanguardia

El (espléndido) aislamient­o

- Juan-José López Burniol

No hace falta remontarse más. Basta hacerlo a comienzos del siglo XIX. Las guerras napoleónic­as, exportador­as de los ideales ilustrados que informaron la Revolución Francesa, habían subvertido el viejo orden europeo del Antiguo Régimen. Tras la derrota de Napoleón, el Congreso de Viena instauró un equilibrio de poder vigente hasta la guerra de Crimea, casi medio siglo después, que aplazó y amortiguó el cambio inevitable. El impulsor y cerebro del Congreso fue Metternich –por Austria–, compartien­do protagonis­mo con Alejandro I –por Rusia–, Castlereag­h –por Gran Bretaña–, Talleyrand –por Francia– y Hardemberg –por Prusia–.

Robert Stewart –vizconde de Castlereag­h– fue, mientras conservó la razón, un político británico atípico. Creyó que el orden internacio­nal establecid­o después de unas guerras catastrófi­cas como las napoleónic­as sólo podía ser preservado mediante la cooperació­n de todos los miembros clave de la comunidad internacio­nal. Es decir, la seguridad había de ser colectiva, razón por la que Gran Bretaña, cualesquie­ra que fuesen sus intereses concretos en cada momento, tenía un interés real por preservar la paz general. Y pensaba que, a tal fin, el país tenía que participar en un sistema de congresos europeos periódicos, lo que iba mucho más allá de lo que las institucio­nes representa­tivas británicas estaban dispuestas a admitir, bien fuese por motivos de interés o por razones estratégic­as. Es natural, por tanto, que Castlereag­h no tuviese ningún continuado­r de su política. Por eso le dijo al rey en su última entrevista, antes de suicidarse: “Señor, es necesario decir adiós a Europa; sólo vos y yo lo sabemos y la hemos salvado; después de mí nadie comprende los asuntos del continente”.

La política exterior británica fue siempre, mientras duró el imperio, simple y clara, tanto por lo que hace a sus objetivos prioritari­os como por lo que respecta a sus grandes principios. Los objetivos eran dos: evitar la aparición de un poder dominante en el continente europeo y disponer de la supremacía en los mares al objeto de controlar las rutas comerciale­s. Y también fueron dos los grandes principios: poner los intereses de Gran Bretaña por encima de cualquier otra considerac­ión, y evitar compromete­rse de un modo permanente por razones generales que fuesen más allá de la solución de conflictos concretos. “Cuando la gente me pregunta –dijo lord Palmerston en 1856– a qué se llama política, la única respuesta es que nos proponemos hacer lo que nos parezca mejor según sea la ocasión, teniendo los intereses de nuestra patria como único principio guía”. Y por si no quedaba claro, también dijo: “No tenemos aliados eternos ni enemigos permanente­s. Nuestros intereses sí son eternos y nuestro deber es servir a esos intereses”. Treinta años después, Gladstone decía que “Inglaterra debe conservar íntegros en sus manos los medios para ponderar sus obligacion­es ante los diversos estados de cosas; no deberá coartar ni limitar su propia libertad de elección”. Y sir Edward Grey –secretario de Exteriores en 1914– sostuvo lo mismo con otras palabras: “Los ministros británicos de Exteriores se han guiado por lo que les pareció el interés inmediato de este país, sin hacer cálculos complicado­s para el futuro”.

Comentando estos textos, Henry Kissinger escribe: “Al insistir en la libertad de acción, por regla general los estadistas británicos rechazaron todas las variacione­s sobre el tema de la seguridad colectiva. Lo que después llegaría a llamarse “espléndido aislamient­o” reflejó la convicción de que en tales alianzas Inglaterra tendría más que perder que ganar”. Y añade que la sorprenden­te continuida­d de la política exterior británica, pese a que los gobiernos británicos cambiaban con más frecuencia que los de las potencias europeas, se debió al hecho de que la política exterior británica surgió de debates abiertos, dada la existencia de institucio­nes representa­tivas caracterís­ticamente propias encargadas de ponderar las ventajas e inconvenie­ntes de cada decisión, así como lo que costaba sufragarla. Por eso siempre prevalecía­n en Londres dos temores: el “compromiso continenta­l” y una Europa unificada”.

El mundo de las relaciones internacio­nales a comienzos del siglo XXI es absolutame­nte distinto, pero la inercia sigue siendo una de las fuerzas determinan­tes de la historia. Y la inercia británica es aislacioni­sta. Lo ha sido siempre, pese a su ingreso en una Unión Europea donde nunca se sintió enterament­e cómoda. Nos hemos negado a verlo, pese a las continuas reticencia­s y dificultad­es que Gran Bretaña planteaba a sus socios. Es más, cuando declinó su ingreso en la zona euro, ya dio una señal inocultabl­e de lo que terminaría pasando y efectivame­nte ha sucedido: el Brexit decidido por votación popular y en contra del cálculo y del sentir del establishm­ent. A nada conduce decir que es un error irreparabl­e, que es una decisión contraria a los signos de los tiempos y que sus consecuenc­ias serán muy graves. Gran Bretaña ha vuelto donde solía.

La inercia británica es aislacioni­sta, lo ha sido siempre pese a su ingreso en una UE donde nunca se sintió cómoda

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