La Vanguardia

Sally Hawkins da nueva vida a la pintora naif Maud Lewis

Ethan Hawke completa el potente dúo actoral de ‘Maudie’

- FERNANDO GARCÍA

Un día de hace un par de años, al volver a casa después de una sesión de teatro, el actor tejano Ethan Hawke se encontró a su esposa, Ryan, llorando desconsola­damente en el sofá. “¿Pero qué te pasa?”, le preguntó con alarma. No había problema. Los niños bien, todo en calveinte ma. Era sólo que la mujer acababa de leer, antes que él, el guión de

Maudie. El color de la vida. “Tienes que hacer esta película, por favor, por favor”, le rogó la esposa entre lágrimas. Después de esta escena, y sabiendo ya que la actriz protagonis­ta sería la inglesa Sally Hawkins, Hawke aceptó sin más.

Esta pequeña intrahisto­ria la contó el martes a La Vanguardia la directora de la cinta, Aisling Walsh, en conversaci­ón telefónica desde Los Ángeles. La realizador­a explicó que con Sally Hawkins, a la que había llamado unos meses antes, todo fue igualmente fácil, si no más aún. “Sólo tuve que leer las primeras páginas del guión para darme cuenta de que tenía que ser ella. Las dos habíamos trabajado juntas antes y yo lo tenía clarísimo”. Antes de enviarle el guión, Walsh escribió a Hawkins un correo electrónic­o en el que le explicaba el proyecto y le adjuntaba fotos de la auténtica Maudie, la pintora canadiense Maud Lewis, junto a un par de obras suyas, ejemplos representa­tivos del estilo colorido y naif que la convirtió en uno de los grandes exponentes del arte folk americano de los años cuarenta a los sesenta. La actriz respondió a Hawkins enseguida: “Sí, quiero a esta mujer”.

El personaje de Maud, la peculiar relación con su marido y el gran trabajo de los dos actores son las grandes bazas de Maudie. El color de la

vida, que ayer llegó a las salas de todo el país. El estreno se ha hecho esperar, pues to que el filme empezó a gestarse hace 13 años. El retraso se debe a circunstan­cias diversas. Pero Walsh opina que “si el personaje hubiera sido un pintor varón, tal vez no habría habido problemas”.

La propia directora tiene formación como pintora y es sensible a las dificultad­es que tienen las mujeres artistas.“La esposa de Hopper pintaba muy bien, pero, claro, el éxito de su marido la eclipsó”, señala. Y sigue. “Frida Kahlo está ya muy reconocida, pero cuando vivía acusó muchísimo el que su marido –Diego Ribera- también fuera pintor”.

Durante largos años, Maud Lewis, lastrada por la artritis reumatoide que limitaba sus movimiento­s y la hacía sufrir, estuvo cobrando un máximo de 25 centavos de dólar por las postales, los christmas y las pinturas que vendía. Luego, cuando su fama llevaba gente a la puerta de su casa en Nueva Escocia a diario, empezó a pedir dos o tres dólares. Tampoco quería más.

Maud conoció a los 34 años al que sería su marido el resto de su vida: Everett Lewis, un vendedor de pescado de la zona que buscaba una empleada de hogar. Desde que él la contrató a regañadien­tes, ambos vivieron en la casa de una sola planta en la localidad de Marshallto­wn.

Al principio de su relación, primero profesiona­l, luego amistosa y finalmente afectiva, Everett trataba fatal a Maud. En la película, Ethan parece estar hecho para el papel de un tipo bruto, lacónico, simple. La artista supo lidiar con él de manera admirable y muy femenina, a base de inteligenc­ia, humor y mano izquierda. Llama la atención el modo en que Sally Hawkins, sin un gran parecido físico a Maud, proyecta sus virtudes de mujer práctica, traviesa pero bonachona.

Maudie pintaba en primer lugar para alegrarse la vida con sus postales, sus pinturas, o decorando con pequeños dibujos coloreados la paredes de casa, una puerta, una ventana. En realidad era “una necesidad vital”, y de ahí que cogiera el pincel todos los días de su vida durante casi 40 años.

De entrada, Everett simplement­e toleraba el capricho de su mujer, aunque no de muy buena gana. Ella le fue domando con tiento. Cuando empezó a vender tarjetas, dejó que él marcara los precios y se sintiera importante, y ponía buen cuidado en hacer ver que el mérito era de ambos. La convivenci­a fue a ratos insoportab­le para la pintora. Tuvieron diferencia­s y peleas, pero, según la versión tal vez algo edulcorada de la película, él terminó por apoyarla a tope al comprender que sin ella no era ya nada.

La película narra sin estridenci­as la vida de Maud y Everett. Subraya la humanidad infinita de la mujer, retrata a un esposo finamente enamorado, convencido y domado en el mejor sentido, y muestra lo justo la obra pictórica que sobrevive a su autora. Emociona.

La película de Walsh aborda la compleja relación de la artista con su marido, un vendedor de pescado

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BCN FILM FEST / ACN Ethan Hawk y Sally Hawkins, en una escena de Maudie. El color de la vida

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