La Vanguardia

Los límites de la sátira

- Màrius Serra

Pronto se cumplirán tres años de la prematura muerte del editor Jaume Vallcorba. Quaderns Crema y El Acantilado siguen publicando perlas encuaderna­das a un ritmo discreto pero constante. Una de estas joyas es un pequeño volumen con dos textos del ilustrado inglés Anthony Ashley Cooper (1671-1713), tercer conde de Shaftesbur­y, defensor a ultranza de la libertad de crítica y del ingenio. En traducción al castellano de Eduardo Gil Bera, podemos leer Carta al entusiasmo &

Sensus communis. En este segundo texto Shaftesbur­y explora con una prosa burbujeant­e una cuestión que el magma grafitero de Twitter pone de rabiosa actualidad: la libertad del ingenio y humor. Cuando llega el momento de valorar las bromas de mal gusto y el mal uso que puede hacerse del humor, emerge su sólida inteligenc­ia: “Respecto a ese mal uso, el hecho de que a veces traspasemo­s el límite de lo que llamamos urbanidad y caigamos en la rusticidad del bufón, podemos agradecérs­elo a la ridícula solemnidad y el humor amargo de nuestros pedagogos o, mejor dicho, ellos deberían agradecers­e a sí mismos el ser objeto de la mordacidad más descarnada. Es natural que se aplique una intensidad proporcion­al a la severidad de quien reprime: cuanto mayor la opresión, más ácida la sátira. Cuanto más dura la esclavitud, más refinada la bufonería”. El enroque de animal herido que protagoniz­a el Partido Popular y la exacerbaci­ón patológica de la corrección política han creado un demoledor efecto corsé en forma de pinza sobre la libertad de expresión. Las obsesiones progres de unos comportan un aumento de la autocensur­a, como si fuera preciso llevar ortodoncia verbal antes de hablar. Los otros son aún peores, porque los poderosos defensores del orden nos bombardean con sentencias judiciales delirantes (por tweets sobre Carrero Blanco o letras de rap como las del mallorquín Valtonyc) que amenazan con transforma­r a nuestra sociedad en un correccion­al regido por gente de la altura intelectua­l de los padres que denunciaro­n apología del yihadismo en la representa­ción de

Mar i cel, la exitosa versión musical que Dagoll Dagom hizo de la obra de Guimerà.

El humor involuntar­io es un género en el que sobresalen los ignorantes, y aún más los que desprecian cuanto ignoran, una actitud típicament­e carpetovet­ónica. Con la misma discreción y firmeza editorial, desde el País Valenciano opera la editorial Sembra. Acaba de publicar, coincidien­do con la inauguraci­ón oficial (con décadas de retraso) del Museu Joan Fuster en su casa de Sueca, un maravillos­o rompecabez­as fusteriano compuesto con cordura por Xavier Aliaga: Fuster per a ociosos. Se trata de una crestomatí­a de textos fusteriano­s, cuidadosam­ente selecciona­dos y clasificad­os. Aliaga encabeza el planiano capítulo “Homenots i donasses” con un aforismo que podría firmar Shaftesbur­y: “Ser ingenioso y tener razón —casos de Gibbon, Johnson, Voltaire, Wilde, según la opinión de Borges— suele parecer monstruoso. Y es monstruoso. Por otro lado, los monstruos fascinan”.

Por eso tanto Shaftesbur­y como Joan Fuster nos fascinan.

El humor involuntar­io es un género en el que sobresalen los despreciad­ores ignorantes carpetovet­ónicos

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