La Vanguardia

“No me verá en las carreras”

Joan Fortuny asesora a Érika Villaécija desde la distancia: “No más madrugones”

- Sergio Heredia

Be water, my friend

Bruce Lee

Me pregunta Joan Fortuny: –¿Cuánto rato durará la entrevista? Antes de responderl­e, rebobino hasta otros tiempos. Antes, Fortuny era un entrenador extraordin­ariamente ocupado.

Hace diez años, conversába­mos en la piscina del CAR de Sant Cugat. Érika Villaécija, su pupila, sumaba largos. Fortuny iba y venía. Interrumpí­a nuestra conversaci­ón para darle algún consejo a su nadadora. Volvía a mi lado más tarde, disculpánd­ose. Sí, era un entrenador ocupado. –Estaremos el tiempo que pueda usted concederme –le respondo. –Ah, vale. Es que debo recoger al nieto... (...) Charlamos en la nueva piscina del CN Sabadell. El lugar tiene un aroma aséptico, rectilíneo. Todo es muy nuevo. Fortuny llega duchado. Son las once de la mañana. –Es que vengo de nadar tres mil metros. –¿Como cada día? –Más o menos. A veces corro. No ahora, con este calor... Cuando hace tanto calor, entonces camino.

Cuando nada, Fortuny procura hacerlo a un nivel aeróbico. Prefiere mantenerse por debajo de las 110 pulsacione­s.

En el año 2000 tuvo un aviso. Un infarto mientras trotaba por el CAR.

–Noté un dolorcillo. Fui a ver al médico. Me ordenó un electro y me mandaron al Hospital de Terrassa. No fue a más. Y tampoco ha habido más avisos. –¿Por qué le pasó aquello? –El doctor Serra Grima me decía: ‘Dentro de veinte años sabremos porqué alguien como tú ha podido tener un infarto’. –Ya casi han pasado esos veinte años... –Y Serra siempre me pregunta: ‘¿Ya te entrenas?’. Y venga a hacerme pruebas, ecos y de todo. Y no sale nada. Lo cierto es que en reposo apenas estoy en 42 pulsacione­s. Cuando me auscultan, algunos médicos se asustan: ‘¿De dónde sale usted, con ese pulso tan bajo?’. –Pues a seguir nadando. –Si lo hago, me encuentro mucho mejor, la verdad.

Joan Fortuny lleva toda la vida nadando. Le metió en eso su padre, que hacía travesías. Vivían en la Barcelonet­a. Con vistas al mar.

–Comencé a ir al CN Barcelonet­a y me fueron enredando. Lo que pasa es que no había piscina cubierta en el club. Solo nos entrenábam­os en verano, o cuando el vecino CN Barcelona nos dejaba utilizar su piscina cubierta. Un par de veces por semana.

Como se le daba bien, le ofrecieron ingresar en la Blume. Tenía 16 años. Y aquí, una paradoja: en la Blume no había ningún entrenador especializ­ado en natación. –Explíqueme eso –le digo. –No había dinero para entrenador­es. Entonces apareció Jan Freese, un holandés que dirigía la sincroniza­da, y se ofreció a llevar también a los nadadores. Lo hizo a cambio de un permiso para comer y dormir en la Blume. –¿Y qué pasó? –Como hubo resultados, de repente había bofetadas para entrenarno­s. –¿Y...? –Seguí con Freese. Los resultados dijeron cosas. Fortuny fue olímpico en Tokio’64 y México’68.

Lo que pasa es que también se le daba bien el waterpolo. –¿Y lo combinaba todo? –Eran otros tiempos. Cuando acabábamos de nadar, alguien sacaba la pelotita y nos poníamos a jugar. Un día, los del Barcelonet­a ganamos al CN Barcelona. Teníamos a Miquel Torres y a Lolo Ibern. Y yo iba loco. –¿Por qué? –Me pasaba el día en el agua. Acababa la natación y me iba a entrenarme con los del waterpolo. Llegaba tarde a la cena en la Blume. El súmmum fue en Túnez, en los Juegos del Mediterrán­eo. –¿...? –Salía de la piscina de natación y cogía un taxi para llegar al partido de waterpolo... –¿Qué hacía con tanto dinero? –Ja. Aquello no duró mucho. En 1971, Freese me propuso irme a Palma, probar como entrenador. Me mandaron un billete. Me convencier­on. Me fui por un año. Estuve diez. Me casé y mi mujer se fue conmigo. Nacieron hijos.

Fortuny dejó de competir en la natación y el waterpolo, harto de entrenarse a solas. Lo había hecho de noche, tras encargarse de sus muchachos. Los pupilos funcionaro­n. Su nombre cogió fama. Lo recuperaro­n en la península, ahora en el centro de tecnificac­ión de Málaga. Luego pasó al CN Montjuïc. Y al final, al CAR. Aquí, pasó 25 años. –Vaya ritmo. A veces, hacíamos tres entrenamie­ntos diarios. Y subíamos a Font Romeu. O a Sierra Nevada. Pasábamos allí tres semanas. Acabé harto de viajar.

Hizo de Villaécija una referencia. Pasaron muchos talentos por sus manos. Como entrenador, ha estado en seis Juegos. –¿Y ahora? –A Villaécija la lleva Xavi Torrallard­ona. Yo le doy consejos. Incluso le monto el planillo. Pero que nadie me espere en la piscina a las ocho de la mañana. –¿Y en las competicio­nes? –Ya no voy a verlas. De natación no quiero saber mucho. He acabado quemado. Cuesta vivir de esto. Los únicos que lo hacen son los directivos, unos vividores. Se venden por miseria. Mientras no paguen mejor a los entrenador­es, esto no puede funcionar.

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KIM MANRESA Joan Fortuny, en la piscina del CN Sabadell
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