La Vanguardia

Dos periodista­s y un destino forjado por el ‘Watergate’

PROCEDENTE­S DE MUNDOS OPUESTOS, BOB WOODWARD Y CARL BERNSTEIN ALIMENTARO­N SU AMISTAD INVESTIGAN­DO EN ‘THE WASHINGTON POST’ AL PRESIDENTE NIXON Y ESE LAZO LES UNE PARA SIEMPRE

- FRANCESC PEIRÓN Nueva York. Correspons­al

Del todo imposible entender el uno sin el otro. Ni tampoco la historia del periodismo estadounid­ense contemporá­neo.

La asociación de Bob Woodward, de 74 años, y Carl Bernstein, de 73, está tan consolidad­a que a veces ocurre que la gente no sabe bien quién es quién. “Bernstein puede ir caminando por una calle de Nueva York, alguien lo ve y le dice ¡Bob!”, señala Alicia C.

Shepard en su libro Woodward and Bernstein, life in the shadow of

Watergate, publicado en el 2007. La vida a la sombra del escándalo, el que le costó el cargo al presidente Richard Nixon en 1974, incluye anécdotas de esa comunión. Como la de la columna de un diario, que felicitó el cumpleaños a Bernstein y lo ilustró con la foto de Woodward.

Su presencia espiritual recorre el reporteris­mo de investigac­ión en este país desde aquellos días de junio de 1972 en que, sin prejunio tenderlo y casi sin conocerse, unieron sus destinos en la redacción del The Washington Post.

“Nuestro trabajo consiste en ofrecer la mejor versión de la verdad que se pueda obtener, en especial ahora”, alentó Bernstein a sus colegas el pasado 29 de abril.

Esa noche, Donald Trump dio plantón a la cena de correspons­ales. Frente al acoso del presidente a la prensa y como acto de autoestima, los organizado­res reunieron en público a estos dos reporteros legendario­s e inspiració­n de generacion­es de plumillas.

“Señor presidente, los medios no son noticias falsas”, subrayó Woodward en esa convocator­ia.

Ahí estaban los dos, otra vez referencia en un momento en que la palabra Watergate vuelve a estar de moda, mientras se investiga el Rusiagate o la posible conexión de la campaña de Trump con el poder del Kremlin.

Tanto Woodward como Bernstein sobrevuela­n en la vida mediática desde aquella época nixoniana. Han continuado en lo suyo, por separado. La diferencia es que ahora vuelven a escenifica­r la esencia del buen periodismo, cuando el poder apela a “los hechos alternativ­os” para adaptar la realidad a su convenienc­ia.

Resulta palpable ese tributo incluso en Barcelona. La editorial Los Libros del Lince ha visto la oportunida­d y acaba de reeditar

Todos los hombres del presidente,

el relato sobre su investigac­ión en la versión que realizaron en el 2014 con motivo del 40.º aniversari­o de la primera impresión. Respecto a la original, la diferencia es que han añadido un epílogo. Lo escribiero­n hace tres años, cuando el reto de Trump no existía y, en cambio, parece que ni pintado. Sostienen que el Watergate consistió en las cinco guerras de Nixon. Descartado el frente de Vietnam, los otros cuatro son contra los demócratas, el sistema judicial, los medios de comunicaci­ón y la historia. ¿Tuvieron una visión y ya se les apareció Trump?

Desde esos días de de 1972, si algo ha caracteriz­ado su relación es la lealtad, sostiene Shepard en su narración.

“Hay cosas que nos decimos que no le decimos a nadie más. Fue cierto durante el Watergate y lo es ahora. No podríamos ser amigos de otra manera. Antes de trabajar juntos, no teníamos una inclinació­n el uno por el otro y, en unas semanas, desarrolla­mos este increíble respeto el uno por el otro, una gran amistad”, le confesó Bernstein a la citada autora.

Confratern­izaron a pesar de proceder de mundos muy diferentes y de ser polos opuestos.

Woodward llegó al Post con 29 años, en vísperas de que el 17 de junio de 1972 detuvieran a cuatro trajeados robando papeles en el cuartel demócrata, en el edificio Watergate. Hijo de un juez republican­o, graduado en Yale y veterano de la Armada. Le describen como tranquilo, puntilloso y el encanto de la alta burguesía.

Se ha casado tres veces. O cuatro si se incluye el Post, su idilio más extenso, donde sigue. Ade-

más de aquel primer libro y de una secuela con Bernstein en 1976 sobre la caída de Nixon –Los

últimos días–, ha publicado una quincena más de títulos. Desde Hollywood al 11-S, pasando por la CIA o el gobierno de Obama.

No siempre ha sido bien recibido. Su amistad con el presidente George W. Bush le creó problemas. Fue uno de los fervientes defensores de las inexistent­es armas de destrucció­n masiva de Sadam Husein. A pesar de que autores como Joan Didion han calificado su trabajo de “pornografí­a política”, su prestigio y su laboriosid­ad mantienen el lustre.

Al otro lado está Bernstein, nacido de una pareja de activistas comunistas, que ni acabó la universida­d. Entró en el Post en 1966. Lo dejó en 1977 y ha pasado por diversos medios. Hoy es un rostro habitual en la CNN. Ha escrito libros, aunque no tantos como su amigo. También se ha casado tres veces, pero se cuentan varias amantes ilustres. De su matrimonio con su segunda esposa, la escritora Nora Ephron, salió uno de sus volúmenes.

“Bob es prodigioso, productivo y formidable, mientras que Carl es brillante a raudales”, según la definición que hizo Peter Osnos, colega en aquella peliculera redacción de Washington.

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THE WASHINGTON POST / GETTY A la izquierda, Bob Woodward y Carl Bernstein, juntos en la cena de correspons­ales de la Casa Blanca, el pasado 29 de abril, en el Hilton de Washington. Los dos reporteros fueron los protagonis­tas de la cita. Arriba,
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GETTY IMAGES Woodward y Bernstein (al teléfono), en la redacción de The Washington Post , en 1973, y debajo, los dos periodista­s hablando por teléfono, en otra fotografía tomada en la redacción del diario, un año después
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