La Vanguardia

Salirse de un grupo de WhatsApp

- Carlos Zanón

Cuando se despertó el grupo de WhatsApp todavía estaba ahí. No recuerda en qué momento le añadieron a ese grupo. Algunos de los miembros del grupo de WhatsApp tienen nombre y apellidos en su móvil. Pocos. Dentro de esa minoría hay un par a los que quizás pudiera ponerles caras, pero la mayoría son sólo nueve cifras para él. Eso ya asusta un poco. Hubo un tiempo en que su mayor deseo fue ser feliz. Hoy se conformarí­a con poder salirse de un grupo de WhatsApp. Concretame­nte de ese grupo de WhatsApp.

El grupo de WhatsApp que al despertar sigue todavía ahí es un ente enérgico, dinámico e incansable. Siempre hay alguno de sus miembros al que se le ocurre algo, reivindica cualquier cosa, rescata del olvido algún recuerdo, que, al parecer, es común. Todas las veces en que planea su salida se dice que no consta que nadie haya marchado con anteriorid­ad de allí. Reconoce estar paralizado decidiendo el mejor momento, que no sería otro que aquel en el que los demás no se dieran cuenta de la fuga. Ha llegado al extremo de ponerse el despertado­r de madrugada para perpetrar la huida mientras los demás duermen. Todos menos una tal Prats, que es insomne o un robot o ambas cosas a la vez. Pero si marcha de madrugada, cuando a eso de las siete se empiezan a dar los buenos días se percatarán de que se ha fugado. Aparecerá la delación en cursiva: Carlos salió del grupo. Tendría que no importarle, pero le importa. Quizás se ofendan. Y le empiecen a insultar. O el administra­dor le vuelva a agregar para que puedan lincharle entre todos en plan banda callejera. Teme a la tal Prats –siempre ella, alma de carcelera perversa– y a un tal 620***52*, que se sulfura a la mínima y lanza los emoticonos con precisión y maldad.

En ocasiones se dice que no sale del grupo de WhatsApp para no herir sentimient­os. O por temor a que se lleven una impresión equivocada de él. Que crean que se ha vuelto arrogante ahora que escribe en La Vanguardia. Estuvo a punto de hacerlo en Navidad, pero le pareció que no eran fechas. Y en mayo, pero uno del grupo tuvo un accidente de moto y todos le animaban y no quería que pareciera que él se desentendí­a de su recuperaci­ón. El otro día estuvo casi a punto, pero alguien colocó una foto mofándose de Albert Rivera y su huida podía interpreta­rse como que votaba en naranja. También días después cuando 68*962*** habló de las urnas para votar. No querría que creyeran que él no era demócrata. O que lo era. Ya no lo recuerda.

Silenciado, el grupo ilumina a espasmos eléctricos la pantalla del Android. Cuelgan chistes que no hacen gracia, vídeos de caídas, y comparten recuerdos, opiniones, canciones, dietas y menús. Se piropean y se adulan. Todos se animan. Parecen quererse de verdad. Ha de reconocer que a veces cree ser un desagradec­ido. Intervenir. Anoche alguien recordó el inminente concierto de los Stones y lanzó cinco corazones cada uno de un color y hoy, al despertar, el grupo de WhatsApp todavía está ahí, pero a él le han bloqueado. Sin ningún motivo. Debería sentirse bien.

Ha llegado al extremo de ponerse el despertado­r de madrugada para perpetrar la huida mientras otros duermen

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