Jaime Pi­ni­lla PRO­FE­SOR DE ECO­NO­MÍA APLI­CA­DA

La Vanguardia - - SUMARIO LA SEGUNDA - Susana Qua­dra­do

¿Son efi­ca­ces las po­lí­ti­cas de sa­lud pú­bli­ca? El pro­fe­sor Pi­ni­lla, de la Uni­ver­si­dad de Las Pal­mas de Gran Ca­na­ria, in­ves­ti­gó la apli­ca­ción de dos le­yes, la an­ti­ta­ba­co y la de trá­fi­co, y el re­sul­ta­do es cla­ro: se ga­nan años de vi­da.

To­ca po­ner las car­tas bo­ca arri­ba. Hay que de­jar de reír las gra­cias a los Wein­stein de es­te mun­do, que ya va­le, que son mu­chos en sus ver­sio­nes más do­més­ti­cas. Li­ber­ti­nos de me­dio pe­lo que se creen su­pe­rio­res, to­ca­dos por una mano di­vi­na que les cu­bre ha­gan lo que ha­gan. Pues se aca­bó la fies­ta. Holly­wood, esa gran in­dus­tria de la far­sa, mues­tra es­tos días su ca­ra más fea, la del aco­so se­xual. Con to­do lo ma­lo, ha traí­do al­go bueno: una reac­ción en ca­de­na de mu­je­res de to­do el pla­ne­ta a las que al­guien tam­bién les atro­pe­lló su dig­ni­dad en un ho­te­lu­cho, en un des­pa­cho o en al­gún rin­cón de un bar.

Las re­des, so­bre to­do Twit­ter, se han con­ver­ti­do en el vehícu­lo de un ma­les­tar que no es nue­vo. La es­fe­ra di­gi­tal ha con­sa­gra­do el #Me­Too. #YoTam­bién. Una a una, se las oye gri­tar. Su do­lor es real. Im­pe­li­das por la so­li­da­ri­dad del gru­po, al no sa­ber­se so­las, las víc­ti­mas evo­can de­ta­lles, si­tua­cio­nes, sen­ti­mien­tos. Es co­mo si sa­ca­ran ce­re­zas de una ces­ta. Es co­mo si se hu­bie­ran con­ver­ti­do en una olla a pre­sión que es­ta­ba empezando a pi­tar y que ne­ce­si­ta­ba una vál­vu­la de escape pa­ra no re­ven­tar.

Por fin, se ha ro­to el si­len­cio.

Ella, la víc­ti­ma, sa­be muy bien lo que le pa­sa, qui­zá por eso se re­sis­te a afron­tar el pro­ble­ma. Por el qué di­rán. Por si cree­rán que soy una his­té­ri­ca, que exa­ge­ro.

¿Por qué ese com­pa­ñe­ro que sa­be que eres aco­sa­da no mue­ve un de­do por ti? Es la ho­ra del #YoTam­po­co

Por mie­do a la re­pre­sa­lia. ¿Y si los de­más no me creen? En­ton­ces te­me per­der lo que se ha ga­na­do a pul­so o no lo­grar lo que se me­re­ce. A ojos del de­pre­da­dor, se con­vier­te en una pre­sa fá­cil. Y aguan­ta y aguan­ta los zar­pa­zos de un ase­dio cons­tan­te que se dis­fra­za de se­duc­ción. In­si­nua­cio­nes fue­ra de tono. Ges­tos in­ti­mi­da­to­rios. Con­tac­tos fí­si­cos in­de­sea­dos. Pro­po­si­cio­nes se­xua­les re­cha­za­das pe­ro reite­ra­das has­ta la náu­sea. Co­men­ta­rios las­ci­vos. Bro­mas de mal gus­to so­bre el cuer­po. Qué cu­li­to tie­nes. Oh, cie­los, lo que ha­ría con­ti­go. Ven a mi des­pa­cho. Acos­té­mo­nos. Se­rás mía... Qué as­co.

Un día y otro, ella ca­lla. Tie­ne de­ma­sia­dos in­cen­ti­vos pa­ra man­te­ner­se en si­len­cio y po­cos pa­ra de­nun­ciar al to­do­po­de­ro­so. Mien­tras él re­cla­ma sí, sí, sí, ella su­pli­ca no, no, no. Que no. No y no. Ay, pa­ga­rás se­me­jan­te atre­vi­mien­to. Por­que la ver­dad en es­tos ca­sos arras­tra una se­ve­ra pe­na: la in­ver­sión de la prue­ba. Tu pa­la­bra, prin­ce­sa, no va­le na­da, sino que re­sul­ta sis­te­má­ti­ca­men­te cues­tio­na­da. Él gol­pea dos ve­ces, y ga­na.

Sí, es­ta for­ma de aco­so es ma­chis­mo, del más ran­cio. Cla­ro que ellas de­ben en­va­len­to­nar­se y de­nun­ciar. Pe­ro con eso no bas­ta. Es pre­ci­so que se rom­pa el círcu­lo de com­pli­ci­dad que ro­dea al de­pre­da­dor. De lo con­tra­rio, es­te sal­drá in­dem­ne y sin un ras­gu­ño. Si quien co­no­ce el abu­so lo ig­no­ra o le da la es­pal­da con su in­di­fe­ren­cia, en­ton­ces par­ti­ci­pa del mal­tra­to. ¿Por qué ese com­pa­ñe­ro que sa­be lo que te ocu­rre no mue­ve un de­do por ti? La gran ma­yo­ría de ve­ces só­lo se al­za la voz cuan­do ya es de­ma­sia­do tar­de. Es la ho­ra del #YoTam­po­co.

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