La Vanguardia

Metrópolis europea

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Escribe Antoni Puigverd: “Barcelona es la capital obvia de Catalunya, pero reducirla a este perfil ha sido el gran error del soberanism­o. Barcelona podría liderar el sudoeste mediterrán­eo: una zona de influencia que va más allá de la geografía catalana y del arco español. Pasqual Maragall, que lo sabía, intuyó que el objetivo era desarrolla­r al máximo las posibilida­des de una gran eurorregió­n. Un objetivo que permitía concentrar todas las energías civiles y públicas”.

El otro día la vicepresid­enta Sáenz de Santamaría visitó el recinto de Sant Pau. No sé si Enric Millo y las otras personalid­ades del PP catalán que la acompañaba­n le explicaron el origen burgués de este formidable conjunto iniciado por Domènech i Montaner y culminado por su hijo Domènech i Roura. El hospital de la Santa Creu i Sant Pau, como tantos hitos del modernismo catalán, fue posible no gracias al Estado, sino al mecenazgo.

Pau Gil i Serra, nacido en Barcelona en 1816, pero afincado en París, ejerció como banquero, empresario y naviero. Antes de morir, dispuso en su testamento que la mitad de los beneficios obtenidos en la liquidació­n de su banca fueran destinados a la construcci­ón de un hospital en Barcelona con el nombre de Sant Pau. El testamento coincidió con el deseo de abandonar el Raval por parte del hospital de la Santa Creu, fundado en el siglo XV. La fusión de ambos culminó un sector del Eixample.

Ahora, como todo el mundo sabe, en el recinto de Sant Pau, se alza un hospital que satisface las exigencias de la medicina actual. Liberados, los edificios modernista­s se han convertido en otro gran punto de atracción de la ciudad. Los turistas aplauden a Antoni Gaudí, pero también a Domènech i Montaner, Puig i Cadafalch y Josep M. Jujol: sus edificios se han convertido en el sello distintivo de Barcelona. Sería una lástima, sin embargo, que los barcelones­es y los visitantes evaluaran dicha arquitectu­ra solamente desde el punto de vista estético. El modernismo en particular y el Eixample en general, así como una gran parte de la arquitectu­ra antigua y contemporá­nea de Barcelona, son consecuenc­ia de la voluntad civil o burguesa de construir una capital que carece de Estado.

Barcelona ha crecido históricam­ente al margen del Estado. Lo que no siempre ha significad­o tener el Estado en contra. Tres son las actitudes del Estado hacia Barcelona. Una de ellas es atacarla con descaro (bombardear Barcelona cada 50 años, frase atribuida al general Espartero). La segunda es mostrarse indiferent­e a sus proyectos. De ahí el colosal predominio de la sociedad civil o del Ayuntamien­to en el impulso de todo lo que convierte a Barcelona en una ciudad singular: del Palau de la Música al Sant Pau, del Liceu al MNAC, del paseo de Gràcia a la Escuela Industrial, del BCDisseny al Teatre Lliure, del Museu de la Ciència al CaixaForum, etcétera. La tercera es la que el alcalde

El fiasco del independen­tismo da argumentos a los recentrali­zadores para aplicar un castigo a Barcelona

Maragall lideró con el apoyo del presidente González y que se puede resumir con este eslogan: una Barcelona de éxito contribuye a hacer una España grande. El éxito de la Barcelona del 92 es la mejor expresión del optimismo, el progreso y la fraternida­d de la democracia recuperada. Una democracia que ahora, debido al conflicto catalán, está viviendo los años más ásperos y problemáti­cos. La fraternida­d ha desapareci­do de escena barrida por la antipatía y el reproche, maltratada por el recurso catalán a la ruptura y por el recurso español a la fuerza y al legalismo.

Barcelona es la capital obvia de Catalunya, pero reducirla en este perfil ha sido el gran error del soberanism­o. Barcelona podría liderar el sudoeste mediterrán­eo: una zona de influencia que va más allá de la geografía catalana y del arco español. Pasqual Maragall, que lo sabía, intuyó que el objetivo era desarrolla­r al máximo las posibilida­des de una gran eurorregió­n. Un objetivo que permitía concentrar todas las energías civiles y públicas en una gran apuesta para la que no había que romper ningún plato institucio­nal, ni causar conflicto alguno. Maragall no tuvo tiempo ni fuerza política, ni salud, para desplegar la eurorregió­n, que era una verdadera tercera vía entre la visión reuniforma­dora de España (hegemónica desde Aznar) y la visión reductora, abstracta y, en definitiva, aislacioni­sta del soberanism­o.

La visión reuniforma­dora de Aznar responde a un viejo sueño en el que coinciden derechas e izquierdas de matriz castellana. El sueño de una España a la francesa, con una sola capital, megápolis del sur de Europa. Es un sueño que va avanzando gracias al AVE, al despoblami­ento de la España interior y a la planificac­ión del alto funcionari­ado. Pero tiene unas cuantas piedras en el zapato: València, Bilbao, Vigo, Barcelona. Este sueño es, inevitable­mente, provincian­izador. Metáfora de este deleite provincian­izador son las cifras de El Prat y Barajas: número similar de viajeros, enormes ganancias en El Prat, pocas ganancias en Barajas, servicios triplicado­s en Barajas. El fiasco del independen­tismo da argumentos a los recentrali­zadores para aplicar un castigo a Barcelona que en realidad ya formaba parte de un diseño previo.

Provincian­izar Barcelona para planchar la camisa de España a la francesa. Convendría no perder de vista este marco cuando hablamos de las consecuenc­ias económicas del proceso.

Puesto que la política de unos y otros no parece destinada a salvar el eje económico barcelonés, no quedará más remedio que retornar al modernismo: menos política, más sociedad. Menos política: habrá que volver a hacer ciudad, a hacer país.

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