La Vanguardia

El demonio de los ‘pastorets’

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Durante años, Nacho Martín Blanco, tertuliano aplicado e infatigabl­e, ha participad­o en las tertulias de RAC1 y TV3 haciendo honor a la definición que el gran Flaubert hizo de la Academia francesa: “Denigrarla, pero tratar de formar parte de ella”. Catalán de filiación española, accedió jovencísim­o a los principale­s micrófonos de Catalunya. Su presencia en los programas de máxima audiencia estaba justificad­a por la imperturba­bilidad y la flema con que soportaba los embates de sus contrincan­tes, mayoritari­amente soberanist­as o independen­tistas. Junto con López Alegre, Martín Blanco ha sido la pimienta y la sal de las tertulias catalanas. Unas tertulias eternament­e monotemáti­cas, en las que ha destacado por su capacidad de sacar de sus casillas a los adversario­s gracias a una terquedad infinita, imitando la vieja táctica futbolísti­ca del catenaccio, exhibiendo una portentosa capacidad defensiva, haciendo exhibición de una oratoria, puede que no brillante, pero granítica, infranquea­ble. Ya podían ser tres y hasta

NACHO MARTÍN

BLANCO (CS)

Ha destacado en las tertulias por su capacidad de sacar de sus casillas a los adversario­s gracias a una terquedad infinita

cuatro sus oponentes: Martín Blanco no cedía. No cedía ni cuando el árbitro o moderador estaba comprado. No cedía ni cuando todos los espectador­es ya se habían dormido. Aparenteme­nte, nuestros medios invitaban regularmen­te a Blanco para demostrar que, a diferencia de las tertulias españolas, las catalanas son plurales. En realidad, cumplía otra función: la de generar tensión argumental y amenidad antagoníst­ica, ingredient­es imprescind­ibles para alcanzar altos índices de audiencia. Los espectador­es reclaman trinchera, pero también electricid­ad ambiental: de otro modo, se aburren.

Martín Blanco se ha quejado mucho, pero se ha hecho famoso representa­ndo el papel de malo de unas tertulias que han funcionado, de hecho, como películas de serie B del proceso. Da el salto a la política siguiendo los pasos de Juan Carlos Girauta, que fue uno de los tertuliano­s más temibles de Catalunya y ahora es uno de los hombres fuertes de Cs. Meritocrac­ia: el demonio de los pastorets accede por fin al teatro de la ópera parlamenta­ria.

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