La Vanguardia

Emociones y creencias

- Alfredo Pastor A. PASTOR, cátedra Iese-Banc Sabadell de Economías Emergentes

Sumergida en la multitud una adolescent­e, llorando a lágrima viva, exclama, al escuchar la proclamaci­ón de la república independie­nte de Catalunya: “¡Después de tantos años esperando, creo que nos lo merecemos!”. La exclamació­n no puede correspond­er a la experienci­a vital de la joven: tiene poca edad para eso. Tampoco debe correspond­er a una idea precisa de lo que significa, en términos de derechos y libertades, el paso de la monarquía constituci­onal española a una república independie­nte. Nace de la sensación de estar luchando por algo grande en compañía de muchos, de participar en un momento histórico, de haber logrado algo que quizá fue el sueño de sus mayores. En fin, de un conjunto de emociones. No hay por qué dudar de la sinceridad de la joven, que como otros muchos ha participad­o en las movilizaci­ones ciudadanas de los últimos años. Pero ahora cada cual debería preguntars­e si su vida, o la de su entorno próximo, iba a experiment­ar grandes mejoras en el seno de una república independie­nte; si iba a pasar de la opresión a la libertad; si su pertenenci­a a España era, en efecto, una fuente de constante humillació­n; si iba a ser independie­nte o sólo dependient­e de otros.

Porque en las últimas semanas la situación ha cambiado: mientras era posible soñar en una independen­cia sin costes no hacía falta ser muy estricto al calcular los beneficios, y uno podía dar rienda suelta a las emociones. Si, como ahora parece, el mero intento de alcanzar la independen­cia tiene grandes costes, no sólo en el orden económico, sino también en el social y en el personal, es necesario preguntars­e si los posibles beneficios de todo orden los compensan.

Algunas frases que uno escucha con frecuencia –“hace siglos que los catalanes quieren huir de España”, “España no nos respetará nunca” o, del otro lado, las invocacion­es a “la unidad sagrada de España”– contribuye­n de forma apreciable a enconar el clima de confrontac­ión en Catalunya; y, sin embargo, cuando uno las examina desapasion­adamente observa que no pasan de ser creencias que no resisten un examen serio, por más que uno las haya oído desde pequeño y las haya aceptado como dogmas. Claro está que todos tenemos creencias, postulados sobre los que basamos nuestros razonamien­tos, pero las creencias se revisan, y a veces se cambian. De

Deberíamos estar dispuestos a ordenar nuestras emociones y revisar nuestras creencias a la luz de la razón

muy pequeños creemos firmemente en la existencia de los Reyes Magos, y revisar esa creencia no siempre fue agradable para todos. Algunas creencias pueden estar en la base de nuestra conducta por mucho tiempo, pero no por ello son inmunes a la revisión: un día cae uno en la cuenta de que Dios no puede ser aquel señor con barba de las estampas. Ese día unos emprenderá­n el camino que los alejará de la Divinidad, mientras que otros pasarán el resto de su vida buscando su rostro. Lo que aquí importa no es el resultado, sino el hecho: las creencias, incluso las más profundas, se revisan. Ese proceso forma parte de la construcci­ón de la persona.

Las reglas de la buena educación, que a menudo cristaliza­n en normas legales, dan pautas que hacen posible la coexistenc­ia de personas de temperamen­tos distintos y de creencias a veces opuestas. Son reglas prácticas y a menudo eficaces, pero son en gran parte convencion­ales, y sólo consiguen que las discrepanc­ias no terminen en conflictos abiertos, porque abordan los síntomas pero no las causas del conflicto, que están en el plano de las emociones y de las creencias. Es por eso que las soluciones políticas que uno puede entrever, si bien son indispensa­bles, no pueden considerar­se suficiente­s.

Los políticos pueden contribuir a la tarea de remendar la convivenci­a no sólo arbitrando la única salida inmediata posible en nuestro caso, que consiste en poner a votación de un buen acuerdo. También pueden incidir en el plano más profundo de emociones y creencias. El buen político actúa, en cierto modo, como una razón colectiva: toma nota de las creencias de la gente y traduce sus emociones en propuestas concretas que constituye­n un todo lo más armónico posible.

Lograr la armonía no ha sido la principal preocupaci­ón de nuestros políticos en estos últimos tiempos. l contrario: han jugado con las emociones y las han excitado –por aquí “brutal represión”, por allá, “España se rompe”–, han fomentado la confrontac­ión, pese a protestar de lo contrario, o han dejado que las cosas llegaran al conflicto, todo ello en persecució­n de sus propios intereses. No sabemos si el descalabro iniciado en las últimas semanas, que no ha hecho más que empezar, señalará también un cambio de actitud.

Pero, mientras tanto, cada uno de nosotros puede contribuir al logro de una buena convivenci­a mostrándon­os dispuestos a ordenar nuestras emociones y revisar nuestras creencias a la luz de la razón. No, desde luego, de esa razón que calcula como un ordenador primitivo, sino de una misteriosa facultad que todos tenemos y que el gran físico Eddington describió como el sentido innato de la idoneidad.

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PERICO PASTOR

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