La Vanguardia

Hariri retira su dimisión a cambio de la no injerencia de Hizbulah

- JORDI JOAN BAÑOS Estambul. Correspons­al.

Un mes y un día después de su extraña renuncia televisiva desde Riad, la capital de arabia Saudí, el primer ministro libanés, Saad Hariri, ha decidido cerrar tan sospechoso capítulo. Ayer retiró oficialmen­te su dimisión, que llevaba en suspenso desde su regreso a Líbano, hace dos semanas. Lo hizo al término del primer consejo de ministros que preside desde el retorno a la normalidad.

Hariri, sin embargo, todavía cautivo de la generosida­d saudí, no ha dado un cheque en blanco a sus socios de coalición, al exigirles un compromiso de no injerencia en otros países árabes. Un aviso no demasiado velado a Hizbulah, la milicia chií determinan­te en Siria, con patrocinio iraní.

Con esta salida, Líbano capea una nueva crisis política de consecuenc­ias impredecib­les para el tejido multiconfe­sional de la república. Muchos libaneses –aunque solo los políticos de Hizbulah lo verbalizar­an públicamen­te– considerab­an que Hariri estaba retenido en Riad contra su voluntad. Sin embargo, también es cierto que el núcleo del imperio económico de los Hariri está radicado en Arabia Saudí, país en el que Saad creció, cuyo pasaporte posee y en el que viven muchos de sus parientes.

Cautivo o no, el caso es que el presidente cristiano, Michel Aun, en ningún momento quiso validar una dimisión formulada en condicione­s poco claras y desde el extranjero, con la coartada de que Hariri temía por su vida –temor no infundado, habida cuenta de la muerte en atentado de su padre–. Estos días, el primer ministro continúa refiriéndo­se a las amenazas sirias a su vida.

Su conato de dimisión se produjo el mismo día en que un misil lanzado desde el Yemen alcanzaba el aeropuerto de Riad. Cabe decir que hace unos días, The New York Times cuestionab­a la versión oficial de que el cohete había logrado ser intercepta­do. Esta fue al parecer la gota que habría hecho colmar el vaso, habida cuenta de que el régimen saudí acusa a Hizbulah de apoyar a los hutíes de Yemen.

Por ello, varias fuentes aseguran que el heredero saudí habría decidido cambiar de peón suní en Beirut, sustituyen­do a Saad Hariri por su hermano Bahaa y levantando alarmas entre los conocedore­s del avispero libanés.

Entre ellos, el presidente francés, Emmanuel Macron, cuya intervenci­ón habría sido importante para lograr sacar a Hariri de Riad, con destino a Francia, sin avergonzar a los saudíes. Vía París, Hariri regresó a Líbano.

Hace cuatro días, Arabia Saudí y Emiratos consiguier­on –también en sábado– otro golpe de efecto con el anuncio del exdictador yemení, Ali Abdulah Saleh, de que se unía a ellos, abandonand­o a los hutíes. Anteayer era asesinado por estos últimos, “por su traición”. Antes de que los efectos de esta nueva victoria de un aliado de Teherán se hagan sentir, Hariri se ha apresurado a cerrar la crisis en Líbano, despejando la ruta a las elecciones de mayo, las primeras en nueve años.

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