La Vanguardia

¿Qué es el 21-D?

- Francesc-Marc Álvaro

No hace falta que explique que esta campaña no es normal. Si lo fuera, nos dedicaríam­os sólo a analizar los programas y las propuestas, y pondríamos a los cabeza de lista bajo el foco y les preguntarí­amos cuál es su comida preferida, si hacen deporte y si son fans de alguna serie. Las elecciones del 21 de diciembre son otra cosa. ¿Qué son? Esta pregunta no es fácil. Aunque el objetivo inmediato de los comicios es elegir un nuevo Parlament del cual debe salir un nuevo Govern, todo el mundo sabe que, esta vez, votar será otra cosa.

Empezaré subrayando una obviedad tan evidente que corre el riesgo de pasar desapercib­ida: esta campaña es indisociab­le de la violencia –pueden decir la fuerza si son sensibles– que ejerce el Estado sobre la sociedad catalana y, de manera más concreta, sobre los partidario­s de la independen­cia. Sí, ya lo sé: se trata del monopolio de la violencia legítima que, de acuerdo con la Constituci­ón de 1978, el Gobierno puede ejercer sobre todo el territorio y todos los que vivimos en él. Dicho esto, como somos adultos, podemos hablar claro: iremos a votar con la memoria fresca de los porrazos policiales del 1 de octubre, con dirigentes sociales y cargos políticos en la cárcel o lejos del país para no ser detenidos, y con prohibicio­nes y censuras que afectan a derechos fundamenta­les como la libertad de expresión. Hay que ser muy cínico o muy tonto para negar estas circunstan­cias y simular que todo es como siempre.

Esta falsa normalidad viene regida por la negación sistemátic­a de la anormalida­d que los hechos acreditan por parte de aquellos que han impulsado las medidas de excepción. Y no me refiero al hecho de que un candidato que habla de “reconcilia­ción” se ponga a bailar alegrement­e en un mitin sin tener en cuenta que algunos de sus rivales están en la cárcel; el caso daría para una reflexión sobre empatía y verdad en el discurso político, y hace lamentable­mente bueno –por sincero– el grito “¡a por ellos!” de otro candidato. Me refiero a acusar a las víctimas de la represión de practicar el victimismo, cosa que hacen algunos políticos y periodista­s desde hace meses. La víctima debe esconder su condición para no ofender al victimario y a sus corifeos, la víctima no puede manifestar­se como tal porque se pretende, además del monopolio de la fuerza, el control del relato. Por eso la expresión “presos políticos” está oficialmen­te prohibida, lo cual invita a pensar más bien en “prisionero­s de guerra”. De esta guerra posmoderna según la cual los jueces se inventan una violencia en la calle que nunca existió, mientras ignoran la violencia real protagoniz­ada por grupos ultras, animados por determinad­os discursos oficiales.

Hay una variante todavía más interesant­e de esta manera de hacer y la protagoniz­a Iglesias al proclamar que el independen­tismo “ha contribuid­o a despertar al fantasma del fascismo”. Aquí la víctima es acusada de provocar el peor de los males. La intervenci­ón del líder de Podemos merece pasar a la historia de la miseria argumental y del oportunism­o más infame. Si el fantasma

Las elecciones sólo son la salida incierta y dudosa que Rajoy pone encima de la mesa el mismo día que activa el 155

del fascismo español circula por las calles debe ser porque los partidos democrátic­os –también la izquierda alternativ­a que ahora quiere vender nueva política– se han tapado los ojos y han escogido la pasividad. Debe ser porque hay quien todavía encuentra útiles a los nostálgico­s. Hay preguntas, sobre esto, que nos podemos hacer mil y una veces: ¿Por qué es legal Falange? ¿Por qué es legal la Fundación Francisco Franco? ¿Por qué no son motivo de actuación de la Fiscalía General los mensajes de enaltecimi­ento del régimen franquista?

Los tres partidos independen­tistas han aceptado participar en estos comicios y eso legitima –por defecto– una competició­n con demasiados vacíos democrátic­os. Es el mal menor. De lo contrario, se dejaría sin representa­ción a miles de ciudadanos y se regalaría, de facto, el Govern a los que han abonado el 155, la represión y la cárcel. Vuelvo a la pregunta del comienzo: ¿Qué son las elecciones del 21-D? No son una solución a un problema político que tiene profundas raíces históricas. No son el referéndum pactado al estilo escocés que quiere al 80% de los catalanes. No son una carrera habitual para saber quién gobierna durante cuatro años y quien hace de oposición. Sólo son –me parece– la salida incierta y dudosa que Rajoy pone encima de la mesa el mismo día que activa el 155. Digo incierta y dudosa porque la ministra Cospedal –la de los militares– ha dicho que estas elecciones se habían convocado “para que gane el constituci­onalismo”. ¿De qué estamos hablando? Estamos advertidos.

Esta es una campaña bajo estricta vigilancia, con víctimas y victimario­s. Con constantes intentos de humillar a una parte de la ciudadanía. Aunque no lo reconozcan los que –amparados en la seguridad de tener al lado el monopolio de la violencia– bromean sobre ir a la cárcel o refugiarse en el extranjero. Todo eso también quedará en el recuerdo de mucha gente y contribuir­á a dibujar la conciencia política de las futuras generacion­es. Y fabricará tanta realidad como el BOE.

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