La Vanguardia

Donizetti a todo Gas

- JORDI MADDALENO

L’elisir d’amore

Intérprete­s: Jessica Pratt, Pavol Breslik, Paolo Bordogna, Roberto de Candia, Mercedes Gancedo

Dirección musical: Ramón Tebar

Dirección escénica: Mario Gas

Lugar y fecha: Liceu (7/I/2018)

Comenzar el 2018 con L’elisir d’amore de Donizetti, un éxito del belcanto desde su estreno en Milán en 1832, has sido una apuesta segura por parte del Liceu para afrontar la temida cuesta de enero. La conocida producción de Mario Gas, en su ¡cuarta reposición liceísta! se justifica a sí misma pues todo encaja y funciona como un reloj. Desde su contexto en la Italia fascista de los años 30, con una estética cuidada y un edificio decadente que preside equilibrad­amente todo el escenario, pasando por un cuidadoso trabajo de dirección de actores que plasma a la perfección los caracteres bien definidos por el compositor y libretista. ¿Para cuándo otra producción operística firmada por el director catalán?

Así las cosas las riendas musicales de esta ópera de repertorio, ideal para iniciarse en el género, por su genialidad melódica y su virtuosism­o vocal, las asumió el director valenciano Ramón Tebar en la que era su primera ópera en el Liceu. Condujo con ritmo y buena atención a los cantantes, y si en el primer acto algún final de número sonó precipitad­o, el control del sonido afloró con gusto en el segundo. Destacó el trabajo de los instrument­os de viento, ese fagot solista impecable, los de metal y unas cuerdas dulcificad­as, que enmarcaron la siempre complicada labor de concertaci­ón en una ópera más difícil de lo que parece.

La memoria de los teatros también existe y esta puede jugar en contra cuando el reparto presenta una peculiar combinació­n como la aquí escogida. Con esta producción debutaron en el teatro de la Rambla en temporadas anteriores, Raúl Giménez, Joseph Calleja o Javier Camarena como recordados Nemorinos, pero también ha habido bises memorables en la estelar “Furtiva lagrima” como la de un Rolando Villazón en plenitud en 2005. Entre las recordadas Adinas, aquí debutó también la eximia Mariella Devia o una fugaz Georghiu como señala el siempre enciclopéd­ico apuntador del Liceu, Jaume Tribó, en su imprescind­ible memorándum del programa de mano.

Con semejante historial hay que señalar que solo la soprano australian­a Jessica Pratt, en su primera ópera escenifica­da en el Liceu, salió airosa del reto. Atención al legato, piani de pulida factura, y una estratosfé­rica “Il mio rigor dimentica” –cabaletta con variacione­s firmadas por la Pratt, con un fa sobreagudo incluido–, que la auparon en su rol-debut de Adina. Fue la estrella de la velada.

Pavol Breslik fue un Nemorino de lejana italianida­d, quien recuperado de un periodo de convalecen­cia vocal, supo suplir un problemáti­co registro agudo con una buena linea de canto que explotó con más corazón que medios en la icónica romanza de la “Furtiva”. Paolo Bordogna construyó un histriónic­o Belcore en un rol que le es más lejano que un Dulcamara. Aquí el parlanchín vendedor del falso elixir fue un Roberto de Candia de impecable sillabato y estilo. Bravi el coro, conducido por la infalible Conxita García, con atención especial a la sección femenina y la escena de Giannetta, una Mercedes Gancedo pura frescura. Un hit operístico servido con ritmo y buen hacer.

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