La Vanguardia

La agen­da an­ti­gua

- Joan-Pe­re Vi­la­de­cans J.-P. VI­LA­DE­CANS,

Una ojea­da a la agen­da, al an­ti­guo di­rec­to­rio, es una mi­ra­da al abis­mo par­ti­cu­lar. Ín­ti­mo. Más au­sen­cias que pre­sen­cias. Por des­con­ta­do, más pa­sa­do que fu­tu­ro. Y casi que pre­sen­te. Lo que pu­do ha­ber si­do, lo que fue y lo que nun­ca se­rá. Un brai­lle emo­cio­nal de nom­bres, nú­me­ros, ca­lles y po­bla­cio­nes. Y de dis­tri­tos. Éra­mos, an­tes de la pos­mo­der­ni­dad, unos clá­si­cos abu­rri­dos: pri­me­ro el ape­lli­do, una co­ma y el nom­bre de pi­la; más aba­jo la di­rec­ción, y des­ta­can­do la má­xi­ma au­to­ri­dad: el nú­me­ro de te­lé­fono. Una agen­da es nues­tro pa­sa­do y el de otros. Sen­ti­mien­tos be­llos o de­tes­ta­bles. Emo­cio­nes en­fria­das. El tra­to, el uso y des­pués… el ol­vi­do. Las amis­ta­des, las re­la­cio­nes, el frío con­tac­to pro­fe­sio­nal. Aquel te­lé­fono ano­ta­do con ilu­sión que nun­ca se mar­có. Un nú­me­ro que sig­ni­fi­có mu­cho y aho­ra ya no re­cor­da­mos la ca­ra de quien nos lo dio. Amis­ta­des via­je­ras que amon­to­nan di­rec­cio­nes exó­ti­cas. Muer­tos que, en vida, só­lo tu­vie­ron un nú­me­ro. Ci­fras en espera eter­na.

Hay quien con­ser­va las agen­das te­le­fó­ni­cas co­mo un re­li­ca­rio. Lo son. Pá­gi­nas vie­jas cur­va­das por la uti­li­za­ción, de­for­ma­das por la in­sis­ten­cia del de­do hú­me­do bus­can­do la ini­cial. Por el des­gas­te se adi­vi­nan los nom­bres más con­sul­ta­dos. La tin­ta co­rri­da por una lá­gri­ma o una ines­pe­ra­da ex­pec­to­ra­ción. El olor in­con­fun­di­ble a pa­pel vie­jo o no tan­to, a hu­me­dad y hon­gos. A tiem­po. A in­for­ma­ción sen­si­ble. Par­ti­cu­lar e in­trans­fe­ri­ble. Casi que se po­dría dia­lo­gar con una agen­da de ha­ce años. O sin el casi: al­gu­na guía, des­em­pol­va­da a la me­mo­ria, sa­be más de nues­tras vi­das que mu­chos y mu­chas que nos ro­dean. En to­do ca­so, un so­li­lo­quio con un ob­je­to in­ani­ma­do –¿in­ani­ma­do?–. Co­mo los tan­guis­tas que les can­tan a las ca­lles y a los ba­rrios.

Al grano: lo te­rri­ble de las agen­das son las au­sen­cias y, de­pen­de de cuán­to tiem­po ha­ble­mos, son mu­chas e hi­rien­tes; de­ma­sia­das para so­bre­po­ner­se a un ata­que de so­le­dad. O de nos­tal­gia. O de ca­vi­lar en la otra ori­lla que ca­da vez es­tá más cer­ca. ¿Y qué ha­cer? En nues­tra ama­da épo­ca di­gi­tal bo­rrar, su­per­po­ner o sus­ti­tuir es fá­cil y rá­pi­do. Sin ros­tros ni re­cuer­dos, sin va­cíos exis­ten­cia­les. Sin ca­li­gra­fías. Sin su­pers­ti­cio­nes. Pe­ro para los for­ma­dos y con­for­ma­dos en la an­ti­gua usan­za, o sea la ma­yo­ría, bo­rrar un nom­bre del di­rec­to­rio no es na­da fá­cil, es co­mo cer­ti­fi­car un es­pa­cio en blan­co en nues­tra bio­gra­fía. Es al­go tris­te.

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