La Vanguardia

“Su­fri­mos más mio­pía, por­que es­ta­mos me­nos al ai­re li­bre”

- P. GENTLE LLUÍS AMIGUET

¿Edad? Es irre­le­van­te mien­tras me apa­sio­ne lo que ha­go. Na­cí en Bos­ton. Ten­go es­po­sa, hi­jos y nie­tos y to­dos mio­pes: me per­mi­ten sen­tir­me un op­to­me­tris­ta útil. He de­di­ca­do mi vida a in­ves­ti­gar la hu­me­dad en el ojo y su adap­ta­ción a las len­tes de con­tac­to: de­ben ser co­mo pe­ces en un la­go

Por qué pi­can los ojos tras mi­rar la pan­ta­lla mu­cho tiem­po: ¿es por su luz azul? En nues­tros es­tu­dios, la ma­yo­ría de los in­di­vi­duos afir­ma sen­tir esas mo­les­tias, pe­ro no hay evi­den­cia con­tras­ta­da de que la cau­sa sea la luz de las pan­ta­llas.

En­ton­ces, ¿cuál es el mo­ti­vo?

Que no hay ma­ne­ra de con­cen­trar­se en una pan­ta­lla si vas par­pa­dean­do. El pi­cor es un sín­to­ma de se­que­dad ocu­lar cau­sa­do por la fal­ta del par­pa­deo na­tu­ral. El ojo no se humedece lo ne­ce­sa­rio. Y mi­llo­nes de per­so­nas pa­san más de diez horas al día de­lan­te de to­do ti­po de pan­ta­llas.

¡Qué re­me­dio!

No to­das esas horas se de­di­can a tra­ba­jar.

Eso también es cier­to.

Así que para evi­tar esas mo­les­tias hay que vol­ver a hu­me­de­cer el ojo.

Us­ted es ex­per­to en hu­me­dad ocu­lar.

Y re­co­mien­do unos sen­ci­llos ejer­ci­cios para me­jo­rar esa hu­mec­ta­ción, ade­más de des­can­sos sis­te­má­ti­cos ca­da me­dia ho­ra.

¿Y si ig­no­ra­mos el pi­cor, qué?

Pues lo que me te­mo que va a pa­sar. Que ten­dre­mos una pan­de­mia de se­que­dad ocu­lar y que un 25% de quie­nes hoy es­tán más de diez horas al día ante pan­ta­llas su­fri­rá gra­ves pro­ble­mas ocu­la­res cuan­do en­ve­jez­can. No po­drán lle­var una vida nor­mal.

¿Por qué ca­da vez hay más mio­pes?

Por­que ya des­de ni­ños usa­mos más pan­ta­llas y es­ta­mos me­nos al ai­re li­bre.

¿La tecnología nos ha­ce mi­rar más de cer­ca y me­nos de for­ma pa­no­rá­mi­ca?

Los es­tu­dios de op­to­me­tría en EE.UU. de­mues­tran que los ni­ños que pa­san al me­nos me­dio día fue­ra de sus casas su­fren me­nos mio­pía. Y que los de­fec­tos de vi­sión es­tán au­men­tan­do por el abu­so de las pan­ta­llas.

¿Es un au­men­to preo­cu­pan­te?

Los ni­ños usan las pan­ta­llas a una edad ca­da vez más tem­pra­na, así que las mio­pías al­tas, de cinco o seis diop­trías, ca­da vez son más fre­cuen­tes, y el ries­go para la re­ti­na, ma­yor.

¿La mio­pía no tie­ne un fac­tor ge­né­ti­co?

La ge­né­ti­ca in­flu­ye. ¿Sa­be por qué en las tri­bus in­dias en­con­tra­mos tan­to as­tig­ma­tis­mo: más que en los cau­cá­si­cos?

¿Un de­fec­to ge­né­ti­co?

Lo su­fren más por­que se ex­pu­sie­ron al re­fle­jo so­lar en la nie­ve du­ran­te ge­ne­ra­cio­nes.

Y no te­nían ga­fas to­da­vía.

Y, para no des­lum­brar­se con tan­ta luz, biz­quea­ban. Sus ojos fue­ron adap­tán­do­se ge­ne­ra­ción tras ge­ne­ra­ción a ese ex­ce­so de luz. Del mis­mo mo­do, en otras et­nias que se de­di­can a la­bo­res a cor­ta dis­tan­cia es más ha­bi­tual en­con­trar cor­tos de vis­ta. Yo ten­go, ade­más, ex­pe­rien­cia familiar en el asun­to.

Cuén­te­nos.

¿Sa­be qué es un gran mio­pe? Quien de­be dor­mir con las ga­fas ba­jo la al­moha­da. Mi hi­jo lo apren­dió cuan­do se nos in­cen­dió la ca­sa y casi mue­re bus­can­do las su­yas.

Me ale­gro de que pu­die­ra es­ca­par.

Pe­ro, des­de en­ton­ces, siem­pre duer­me con las ga­fas al al­can­ce de la mano. Mi fa­mi­lia es ge­né­ti­ca­men­te mio­pe. Ca­da ge­ne­ra­ción tie­ne más diop­trías.

¿Y la gim­na­sia ocu­lar?

No es fá­cil de apli­car. Mi nie­ta, por ejem­plo, tie­ne 8 años y el pa­sa­do ve­rano le de­tec­ta­mos mio­pía: una diop­tría.

No es mu­cho.

Pe­ro mi mu­jer, su abue­la, es of­tal­mó­lo­ga y pla­neó re­edu­car­la para co­rre­gir esa diop­tría, por­que cre­yó que si no, iría a más.

¿Có­mo?

Para em­pe­zar, la obli­gó a pa­sar el ve­rano con no­so­tros y la so­me­tió a vi­gi­lan­cia es­tric­ta de su hi­gie­ne ocu­lar.

¿En qué con­sis­tió la te­ra­pia?

Na­da de pan­ta­llas. Na­da de iPho­ne ni te­le; li­bros, los imprescind­ibles a de­ter­mi­na­das horas. Y co­rri­gió su pos­tu­ra al leer y la luz.

¿La vi­gi­la­ba?

Le con­tro­la­ba los tiem­pos. Mi mu­jer vol­vió a ha­cer­le un con­trol dos me­ses des­pués y ya es­ta­ba só­lo en 0,25, y un mes más tar­de ha­bía co­rre­gi­do su de­fec­to del to­do.

Una te­ra­pia di­fí­cil de apli­car a adul­tos.

Ese ti­po de te­ra­pias só­lo se las pue­des apli­car a una ra­ta en una ca­ja, cla­ro. O a un ni­ño, co­mo mi nie­ta, a quien pue­des con­tro­lar a to­das horas por su pro­pio bien.

¿Y si el adul­to tie­ne mu­cha vo­lun­tad?

Si eres un cre­yen­te ca­paz de ha­cer esos ejer­ci­cios du­ran­te seis me­ses de for­ma cons­tan­te sin ob­ser­var be­ne­fi­cio in­me­dia­to, en­ton­ces pue­des be­ne­fi­ciar­te de ellos.

¿La luz de las pan­ta­llas qui­ta el sue­ño?

Pa­re­ce que pue­da cam­biar nues­tros rit­mos cir­ca­dia­nos y cau­sar in­som­nio, pe­ro fal­tan es­tu­dios em­pí­ri­cos para de­mos­trar­lo.

¿Qué luz es me­jor para leer?

Pues mi­re: ¿re­cuer­da las lu­ces de las bi­blio­te­cas de to­da la vida?

¿Esas pe­ga­das a la me­sa de ca­da lec­tor?

Sí, las de bi­blio­te­ca an­ti­gua. Son las me­jo­res.

¿Por qué?

Por­que si co­ge la bom­bi­lla que ilu­mi­na bien un li­bro a una al­tu­ra de 30 cen­tí­me­tros y la ele­va otros 30 cen­tí­me­tros, per­de­rá la mi­tad de su luz; si la sube has­ta un me­tro, só­lo ten­drá un cuar­to de esa luz que te­nía y, así, irá per­dien­do luz a me­di­da que la ele­va. Y si la po­ne en el te­cho, tal vez ob­ten­ga ape­nas una cen­té­si­ma de la luz que le da­ba al prin­ci­pio.

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VÍC­TOR-M. AME­LA IMA SAN­CHÍS LLUÍS AMIGUET

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