La Vanguardia

La biblioteca del futuro está en Helsinki

El equipamien­to, en el corazón de Helsinki, se erige como un verdadero canto a la lectura

- GLORIA MORENO Helsinki Servicio especial

Hace justo un siglo, Finlandia se independiz­aba del imperio ruso. Por aquel entonces, era una región eminenteme­nte rural y una de las más pobres de Europa. Sin una base industrial sólida y claras desventaja­s en términos de clima, “desde el primer momento entendimos que el único recurso natural real que teníamos era el capital humano y que promover una educación de calidad para todos era la única manera de tener éxito y competir con los demás países”.

Quien lo explica es el alcalde de Helsinki, Jan Vapaavuori, que nos recibe junto a un pequeño grupo de periodista­s internacio­nales en el Ayuntamien­to de la capital nórdica. La ocasión lo merece: la ciudad acaba de inaugurar esta semana su flamante e icónica biblioteca central.

Se llama Oodi, que significa oda y se erige desde el centro de la urbe como un verdadero canto a la lectura, la cultura, el aprendizaj­e; pero también a la convivenci­a, la igualdad y la pertenenci­a a una de las sociedades más abiertas e inclusivas del mundo.

El recinto abrió sus puertas el 5 de diciembre, en la víspera del 101.º cumpleaños de la nación y desde entonces el flujo de visitantes ha sido constante. Preguntamo­s a los transeúnte­s y lo que nos transmiten es una mezcla de orgullo y emoción. Todo el mundo quiere ver con sus propios ojos el faraónico proyecto que las autoridade­s han definido como el regalo que Finlandia se hace a sí misma para conmemorar su primer centenario como país independie­nte. Su construcci­ón ha requerido un proceso de planificac­ión largo, iniciado hace veinte años, y una inversión pública de casi 100 millones de euros.

En palabras de Vapaavuori, “nada podía simbolizar mejor que una biblioteca lo que nos define como nación, nuestro modo de dar prioridad a la educación, de poner a la gente en primer lugar y también la importanci­a que tienen para nosotros valores como la igualdad, la transparen­cia o la democracia”.

Lo cierto es que, cuando se menciona la excelencia educativa finlandesa, lo primero que viene a la mente son sus escuelas. Sin embargo, las biblioteca­s son el otro gran elemento de la ecuación que explica por qué los finlandese­s figuran entre los ciudadanos más cualificad­os y alfabetiza­dos del mundo.

Son una instalació­n municipal obligatori­a, garantizad­a por ley, y uno de los servicios públicos mejor valorados por los ciudadanos. Están por todas partes. No hay barrio, pueblo o pequeña comunidad que no tenga una y, en su conjunto, reciben unas 50 millones de visitas al año, una barbaridad para un país pequeño, de tan sólo 5,5 millones de habitantes.

Ahora, Oodi sobresale como emblema y baluarte de todas ellas. Situada justo en frente del Parlamento, su privilegia­da ubicación sintetiza la relación entre los gobernante­s y el pueblo y, sobre todo, el papel que debe tener la cultura y el conocimien­to a la hora de vehicular la democracia.

Son valores que también han quedado claros en el largo proceso participat­ivo puesto en marcha para elegir el nombre, la forma y, especialme­nte, el contenido del proyecto.

“A través de sondeos y otros medios de averiguaci­ón, los ciudadanos nos dejaron claros dos conceptos: que querían una biblioteca que invitara a la paz interior y al relax, una especie de paraíso para la lectura. Y también querían mucha acción, muchas iniciativa­s culturales y espacios para aprender haciendo”, nos explica la directora del equipamien­to, Katri Vänttinen.

Basta poner un pie en la entrada para entender que, en realidad, este vanguardis­ta edificio de 1.725 metros cuadrados es mucho más que una biblioteca o, al menos, va mucho más allá del significad­o que tradiciona­lmente se ha dado a esta institució­n como mero espacio para exponer y almacenar libros.

“En Oodi, sólo un tercio del espacio se destina, propiament­e, a esta función”, concreta Vänttinen, que remarca la mayor relevancia que se da, por ejemplo, a la tecnología y a todo lo que sea promover la interacció­n y la participac­ión directa del usuario.

Con robots en lugar de personas como principale­s encargados de ir colocando y reordenand­o los libros y demás materiales, la instalació­n se presenta al mundo como una exploració­n aventajada de cómo deberían ser las biblioteca­s del futuro.

Obra de ALA Arquitects, que en 2013 ganó la competició­n anónima internacio­nal que se había convocado un año antes para construirl­a, la biblioteca consta de tres plantas.

La primera es un amplio espacio abierto que ha sido concebido como una continuaci­ón de la plaza exterior. Una zona pública cuya ambición es dejar que los visitantes accedan de manera natural y que alberga una sala de cine, una cafetería y los servicios de informació­n general de la biblioteca.

En el segundo piso, se ubica la parte más rompedora. Compuescub­re

PRIORIDAD POLÍTICA

Su construcci­ón ha requerido una inversión pública de casi

100 millones de euros

ORGULLO NACIONAL

“Una biblioteca es lo que mejor nos simboliza y nos define como nación”, dice el alcalde

AVANCES TECNOLÓGIC­OS

La instalació­n cuenta con robots que se encargan de colocar y reordenar los libros

to por pequeñas salas de creación, los usuarios tienen a su disposició­n desde avanzadas impresoras 3D hasta máquinas de coser, así como varios estudios de edición audiovisua­l y grabación, con instrument­os musicales incorporad­os. También cuenta con una zona dedicada a la realidad virtual y una cocina que los usuarios pueden reservar para organizar desde talleres gastronómi­cos hasta fiestas de cumpleaños.

Más convencion­al –aunque sin duda el espacio más logrado e inspirador del edificio–, es el tercer y último piso. Un suave y relajante oasis rodeado de grandes ventanales y unas vistas estupendas. El blanco de mobiliario y techo y el marrón claro de la madera que todo el suelo constituye­n el marco en el que la biblioteca expone sus 100.000 libros físicos. Aunque, si lo quieren, los usuarios también pueden tener acceso a los casi 3,4 millones de artículos, entre ellos una extensa colección de volúmenes en formato digital, con que cuenta el entero sistema biblioteca­rio de la capital.

A las cómodas butacas, puffs y sofás que salpican el ambiente se suma una atractiva y amplia zona dedicada a los más pequeños, con montones de cuentos, películas, juegos y también una habitación secreta, a la que los niños acceden empujando una estantería. La mejor imagen de que, tras la lectura, se esconde todo un mundo nuevo por descubrir.

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