“Hay mu­chos Che­ney ca­mi­nan­do por la calle”

La Vanguardia - - CULTURA - GA­BRIEL LER­MAN

Ga­nó el Glo­bo de Oro al me­jor ac­tor de co­me­dia de­rro­tan­do a Vig­go Mor­ten­sen y en los po­cos días que pa­sa­ron nos en­te­ra­mos que vol­ve­rá a en­fren­tar­se a él en los BAF­TA. Y to­do pa­re­ce in­di­car que el due­lo se re­pe­ti­rá en lo Os­car, por lo que no se­ría na­da ra­ro que se lle­ve su se­gun­da es­ta­tui­lla do­ra­da. Y es que es­te ga­lés que ya de­mos­tró que po­día con­ver­tir­se en un hom­bre ra­quí­ti­co en El

ma­qui­nis­ta, en un bo­xea­dor en The figh­ter, por la que se lle­vó su pri­mer Os­car, o en un su­per­hé­roe en la tri­lo­gía de El ca­ba­lle­ro os­cu­ro, da una cla­se maes­tra de trans­for­ma­ción en

El vi­cio del po­der, la película de Adam McKay que lle­ga es­ta se­ma­na a nues­tras carteleras y en la que en­car­na a Dick Che­ney, el hom­bre fuer­te que es­tu­vo de­trás de Geor­ge W. Bush.

Los fun­cio­na­rios del Go­bierno ac­tual de­be­rían pres­tar­le aten­ción a lo que ha­ce su per­so­na­je en la película... Es­pe­ro que no. Si el ac­tual Go­bierno en­ten­die­ra có­mo fun­cio­na la ad­mi­nis­tra­ción pú­bli­ca de la ma­ne­ra en que lo en­ten­día Che­ney, Trump se­ría mu­cho mas pe­li­gro­so. Che­ney co­no­cía ca­da bo­tón que ha­bía que apre­tar y a quien ha­bía que lla­mar pa­ra con­se­guir que se hi­cie­ran las co­sas. Si Trump lo su­pie­ra, es­ta­ría­mos en pro­ble­mas...

¿Qué fue lo que le sor­pren­dió de Che­ney?

Que era un hom­bre que se des­per­ta­ba ca­da día sa­bien­do que te­nía el po­der, y a pe­sar de ser eso al­go que ge­ne­ra una tre­men­da res­pon­sa­bi­li­dad, una car­ga de la que yo per­so­nal­men­te hui­ría es­pan­ta­do, Dick Che­ney era al­guien que lo bus­ca­ba cla­ra­men­te. En el ci­ne hay una ten­den­cia a ha­cer que los per­so­na­jes sean pre­sen­ta­dos co­mo hé­roes o vi­lla­nos. Co­mo si al­guien ne­ga­ti­vo no pu­die­ra ha­cer al­go bueno. Y en ese sen­ti­do, al­go que ha­ce muy bien es­ta película es no caer en esa tram­pa. Más allá de que con­si­de­res a Che­ney un mons­truo, co­mo lo ha­ce mu­cha gen­te, los mons­truos no sue­len lle­gar lu­cien­do co­mo Man­son

No. Eso hu­bie­ra si­do ab­so­lu­ta­men­te pre­de­ci­ble. En cam­bio tu­ve la opor­tu­ni­dad de en­con­trar­me con mu­cha gen­te que le co­no­cía bien, que me di­jo que no era un de­mo­nio, y me pi­dió que por fa­vor no le mos­tra­se co­mo uno. Tam­bién ha­blé con otros que me ro­ga­ron que le pe­ga­ra du­ro, me di­je­ron que es un cri­mi­nal de gue­rra y que ten­dría que es­tar en la cár­cel. Evi­den­te­men­te es al­guien que ge­ne­ra reac­cio­nes muy fuer­tes en la gen­te. Por suer­te Adam una es­vás­ti­ca ta­tua­da en la fren­te. La ma­yo­ría se pre­sen­ta con pan­ta­lo­nes ele­gan­tes y una lin­da ca­mi­se­ta. Por otro la­do muy po­ca gen­te ha ex­pe­ri­men­ta­do ese ni­vel de po­der. Si al­go me pa­re­ció fas­ci­nan­te de la película es que te per­mi­te fa­bu­lar con lo que es el po­der, lo que tu ha­rías si lo tu­vie­ras. Tal vez, te de­di­ca­rías a son­reír a la gen­te y me­jo­rar sus vi­das. O qui­zás, lo apro­ve­cha­rías pa­ra co­brar­te ven­gan­zas por­que ten­drías los me­dios pa­ra con­cre­tar­las. Yo creo que hay mu­chos Che­ney ca­mi­nan­do por la calle, pe­ro nun­ca han tenido la opor­tu­ni­dad de po­der re­ve­lar quie­nes real­men­te son en lo más pro­fun­do de su al­ma.

¿No le ten­tó mos­trar­le co­mo el vi­llano? McKay es un hom­bre po­lí­ti­ca­men­te muy abierto, que a la vez tie­ne las ideas muy cla­ras y no se las ca­lla. Pe­ro él sa­bía que si yo tam­bién de­ja­ba ver cual es mi ideo­lo­gía, no só­lo iba a arrui­nar la in­ter­pre­ta­ción sino tam­bién el fil­me. Des­de un principio le di­je a Adam que la úni­ca ma­ne­ra en que el fil­me iba a fun­cio­nar era si yo lo­gra­ba me­ter­me den­tro de su ca­be­za y en­ten­der co­mo pen­sa­ba ese hom­bre.

¿Có­mo lo lo­gró?

Le ob­ser­vé sin pa­rar en mu­chí­si­mos ví­deos que en­con­tré. Si to­mas mi mó­vil en­con­tra­rás ho­ras y ho­ras de Dick Che­ney. Me pa­re­ce que pu­di­mos mos­trar­le tal co­mo es, por­que hay mo­men­tos en la película en que se le ve co­mo un muy buen pa­dre. Y lue­go lle­ga la tra­ge­dia, que es cuan­do una hi­ja arro­ja a la otra de­ba­jo de un au­to­bús. Eso es al­go que fue pú­bli­co por lo que no sien­to que nos ha­ya­mos me­ti­do en su vi­da per­so­nal, ya que fue una dispu­ta que se ven­ti­ló en to­das par­tes. Pe­ro tam­bién creo que pa­ra en­ten­der­le hay que po­ner­se en sus za­pa­tos. ¿Qué es lo que hu­bie­ra he­cho yo si hu­bie­se tenido su po­der y hu­bie­ra vis­to co­mo las to­rres ge­me­las se de­rrum­ban? No du­do que él sin­tió que era él quien te­nía que res­pon­der.

¿Por qué cree que la historia de Dick Che­ney si­gue siendo re­le­van­te diez años des­pués de que de­ja­ra el go­bierno? Es muy sim­ple. Él fue el vi­ce­pre­si­den­te de EE.UU. que más im­pac­to ge­ne­ró en el mun­do. Cam­bió el pa­no­ra­ma po­lí­ti­co de una ma­ne­ra muy cla­ra, par­ti­cu­lar­men­te en Me­dio Orien­te, por­que allí se si­guen apli­can­do sus de­ci­sio­nes. Fue par­te de una trans­for­ma­ción de su par­ti­do po­lí­ti­co, lle­ván­do­le ha­cia po­si­cio­nes más ex­tre­mas. Es­tu­vo allí du­ran­te to­do el pro­ce­so y fue una de sus fi­gu­ras más fuer­tes, aun­que ese cam­bio no se de­be só­lo a él. Tu­vo una enor­me in­fluen­cia, si­guió a ul­tran­za sus idea­les y nun­ca se arre­pin­tió de na­da. Él creía que to­das sus ac­tua­cio­nes fue­ron por el bien del país y del mun­do. Siem­pre cre­yó que los hom­bres du­ros tienen que to­mar de­ci­sio­nes di­fí­ci­les. Y se veía a si mis­mo co­mo uno de esos hom­bres. Creo que el im­pac­to que él ha tenido en el he­cho de que es­te­mos en el ac­tual mo­men­to po­lí­ti­co no se pue­de mi­ni­mi­zar.

¿Por qué cree que no lle­gó a pre­si­den­te?

Por­que no le in­tere­sa­ba. To­do lo hi­zo en el ma­yor de los se­cre­tos. Nun­ca fue bueno mos­tran­do la cara co­mo po­lí­ti­co y re­cha­zó las pro­pues­tas pa­ra ser can­di­da­to pre­si­den­cial. Di­ga­mos que no era muy bueno be­san­do be­bés. Pe­ro en­con­tró una inima­gi­na­ble fuen­te de po­der co­mo se­gun­do en el man­do de ese pre­si­den­te tan par­ti­cu­lar que fue Geor­ge W. Bush, por­que era mu­cho más ex­pe­ri­men­ta­do que él. Ade­más te­nía la men­ta­li­dad de al­guien que ha­bía de­ja­do la po­lí­ti­ca. Él ya ha­bía ter­mi­na­do su ca­rre­ra de una ma­ne­ra muy exi­to­sa, co­mo se­cre­ta­rio de de­fen­sa du­ran­te la pri­me­ra gue­rra del Gol­fo. Lue­go lo de­jó to­do. Es muy dis­tin­to re­gre­sar a la po­lí­ti­ca por­que hay gen­te que te lo es­tá pidiendo. Eso le dio mu­cha li­ber­tad. Le ha­bían im­plo­ra­do que es­tu­vie­ra allí, y por eso, o se ha­cían las co­sas a su ma­ne­ra o no se ha­cían...

MATT KENNEDY / AP

Al­ma de Che­ney Cuen­ta Ba­le que pa­ra pre­pa­rar el pa­pel vi­sio­nó mu­chos ví­deos de Che­ney. “Fue un buen pa­dre has­ta que lle­gó la tra­ge­dia”, afir­ma

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