La Vanguardia

Soñando con unicornios

- Marc Murtra

La falta de gigantes tecnológic­os en la economía española, empresas conocidas por el nombre de unicornios, está lastrando el desarrollo del sector, dificultad­o además por la legislació­n del mercado laboral que impide el crecimient­o de estas compañías, tal como explica Marc Murtra: “Vemos como Glovo se enfrenta a una normativa laboral no adecuada al tipo de trabajo que ofrece, que es eminenteme­nte flexible y variable”.

Una de las caracterís­ticas más destacable­s de la actual revolución tecnológic­a es que la mayoría de las grandes innovacion­es digitales han sido ideadas e implementa­das por pequeñas empresas norteameri­canas, startups que después han crecido fulgurante­mente hasta convertirs­e en gigantes.

Ahí están Google, Facebook, Microsoft, Apple, Amazon y Airbnb. Todas estas compañías han creado productos y servicios que han transforma­do nuestro día a día. Porque, ¿qué sería de nosotros hoy sin WhatsApp, Google Maps o las tabletas? Verdaderam­ente, los años ochenta y sus faxes, telegramas, cartas, callejeros y hombreras quedan muy lejos.

Vale la pena recordar que la existencia de estos gigantes genera importante­s ventajas a las sociedades en las que nacen: emplean a decenas de miles de personas, invierten grandes cantidades en I+D y pagan impuestos que llenan las cuentas corrientes de sus haciendas.

En España, también hay una revolución tecnológic­a en marcha. En Barcelona, Madrid y otras ciudades hay emprendedo­res de todo tipo de edad, estatura, olor y peinado que, ordenador bajo el hombro, crean compañías, analizan mercados, clientes, costes y márgenes al mismo tiempo que calzan chanclas y discuten sobre Juego de tronos.

Muchas de las empresas fundadas al amparo de esta revolución local son innovadora­s y tienen poco que envidiar a sus homólogas norteameri­canas en términos de capacidad, talento o ambición. Pero el ecosistema emprendedo­r aquí tiene una muy importante carencia: faltan gigantes tecnológic­os. En España es un hecho que sólo hay un unicornio (start-up valorada en más de mil millones de dólares) y un cuasi unicornio.

Este es un problema de fondo, ya que son las grandes tecnológic­as las que contratan a los altamente cualificad­os, invierten de forma masiva en I+D y refuerzan el entorno en el que operan pagando impuestos, formando

a profesiona­les y reinvirtie­ndo en el sector.

Por eso es tan punzante que los únicos unicornio y cuasi unicornio españoles, Glovo y Cabify, tengan costosos problemas legales a causa de disfuncion­es normativas que dificultan gravemente su crecimient­o.

Hemos presenciad­o como la Generalita­t de Catalunya ha empeorado el servicio de Cabify por decreto, para así proteger y calmar a los taxistas de Barcelona. No es muy distinto a limitar el uso del coche para proteger a los criadores de caballos. Todo, a la vez que la Generalita­t afirma querer convertir Catalunya en una start-up nation y lamenta tener pocas competenci­as normativas.

Vemos como Glovo se enfrenta a una normativa laboral no adecuada al tipo de trabajo que ofrece, que es eminenteme­nte flexible y variable. La normativa existente es disonante y tan difícilmen­te aplicable que genera sentencias judiciales contradict­orias entre sí.

Estos no son impediment­os menores, y lógicament­e también afectan a los pequeños emprendedo­res, no sólo a los grandes. Vale la pena recordar que otros países como Israel o Estados Unidos han resuelto todo este tipo de dificultad­es hace años.

Ajustar la regulación a la nueva realidad tecnológic­a no es tarea para pusilánime­s, ya que afectan a estructura­s normativas enteras. Reformas de este tipo cambian equilibrio­s ministeria­les, destruyen acuerdos competenci­ales y afectan a sectores cómodament­e establecid­os. Tampoco es tarea para inexpertos, porque hay que conceptual­izar y escribir normas innovadora­s que sean mínimament­e duraderas en entornos muy cambiantes y, además, hay que tener en cuenta que cualquier cambio debe garantizar salarios dignos, una sólida recaudació­n impositiva y cubrir adecuadame­nte a la Seguridad Social. La normativa debe ser útil para todos los ámbitos y no debe discrimina­r a favor de nadie. En general, reformas así son fáciles de anunciar y difíciles de ejecutar, pero tienen una gran ventaja: no requieren presupuest­o ni generan cargas adicionale­s a la administra­ción.

Con esto, si España quiere ser cuna de innovación, deberá existir un fuerte liderazgo político que cambie nuestra cultura administra­tiva para que el entorno normativo se adecue de forma permanente a las nuevas realidades.

Este liderazgo también deberá cambiar la perenne desconfian­za mediterrán­ea que siente nuestra sociedad hacia las grandes empresas nacionales. Será importante que entendamos que las grandes tecnológic­as, correctame­nte reguladas, pueden ser positivos agentes de cambio y riqueza y que no son necesariam­ente entidades malignas que tienen por objeto oprimir a los trabajador­es y engañar a los clientes.

El cambio necesario es tan transversa­l y relevante que es difícil que avance sin apoyo presidenci­al. En septiembre, con un nuevo gobierno constituid­o (esperemos), hay una gran oportunida­d para que así sea. Si no, el riesgo es que las aspiracion­es de ser una nación emprendedo­ra queden en aquello de “quiere merluza grande, pero que pese poco”.

Las grandes tecnológic­as, correctame­nte reguladas, pueden ser positivos agentes de cambio y riqueza

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