La Vanguardia

Y después del Nobel, ¿qué?

El premio empujó a Vargas Llosa, García Márquez o Saramago a nuevos proyectos

- XAVI AYÉN Arequipa (Perú) Enviado especial

El testamento de Alfred Nobel, el creador de los premios que llevan su nombre, hace referencia, en el caso del de Literatura, a las “tendencias idealistas” que debe tener la obra del galardonad­o. Aunque esa frase sigue siendo interpreta­ble, numerosos galardonad­os han utilizado el enorme poder que da el premio para acometer proyectos sociales de muy diverso tipo.

Por ejemplo, beneficiar a los lugares que les vieron nacer. “¡A nosotros también nos tocó el Nobel!”, afirma la arequipeña Diana Rojas, una de las asistentes ayer a la concurrida charla que la argentina Pola Oloixarac dio en la Biblioteca Vargas Llosa, en el marco del Hay Festival que se celebra hasta hoy en la localidad peruana donde el autor de La ciudad y los perros vino al mundo hace 83 años. Una ciudad de un millón de habitantes que ha visto mejorada exponencia­lmente su oferta cultural. “Yo me compro estos tres días de festival todos los libros que voy leyendo durante el año”, apunta Carlos Rodríguez, ingeniero industrial, que asiste a los eventos y, en función de lo que escucha, se decanta por unos u otros títulos: “Compro unos quince o veinte libros”. Este año, se ha llevado obras de Orhan Pamuk, Paolo

Cognetti, Karina Sainz Borgo, Héctor Abad Faciolince, Pilar Quintana, Santiago Gamboa, Fernando Iwasaki, Emiliano Monge y Leila Slimani, una pequeña parte de los invitados.

Vargas Llosa se fue de Arequipa cuando tenía un año pues “su madre, abandonada por su marido, quiso huir de las habladuría­s del pueblo, y al niño le dijo que su padre había muerto”, explica el periodista local Juan Manuel Soto, del diario La República. Pero siempre ha mantenido su vinculació­n con el lugar. Además de una casa-museo que muestra objetos como la medalla del Nobel o el borrador escrito a mano del discurso de aceptación, hay más de 15.000 volúmenes pertenecie­ntes al escritor en la biblioteca que lleva su nombre. Vargas Llosa ha dispuesto que, a su muerte, se traslade aquí la totalidad de los 30.000 volúmenes –muchos de ellos, anotados y puntuados a lápiz– de su colección personal. “En Arequipa sus libros sobrevivir­án –apunta Soto–. Eso no lo garantizab­a Lima, cuya humedad es corrosiva para el papel”.

Pero la gran institució­n creada por el Nobel peruano –en el 2011, sólo un año tras ganar el premio– ha sido la Cátedra Vargas Llosa, en la que participan 25 universida­des de todo el mundo y que, dirigida por J.j.armas Marcelo, distingue cada dos años el mejor libro publicado en español –el último, The night, del venezolano Rodrigo Blanco Calderón–. Con sus 100.000 dólares de dotación, se aparece poco a poco como el relevo natural del premio Rómulo Gallegos, suspendido por el gobierno de Venezuela por la crisis del país.

Si Vargas Llosa fomenta la literatura, Gabriel García Márquez (1927-2014) ha optado por el periodismo. El argentino Rodolfo Terragno, actual embajador de su país ante la Unesco, cuenta que “tras pronunciar el discurso en Estocolmo, me llamó desde allí mismo para decirme que iba a poner la plata del premio para hacer un diario y que quería hacerlo conmigo. No nos conocíamos, pero le gustaba mucho el Diario de Caracas que yo había fundado. Nos citamos en París, comimos un pot au feu en La Coupole y luego viajamos a Barcelona a ver a Carmen Balcells. En un recorrido que nos llevó por Bogotá y Barranquil­la, trabajamos en el libro de estilo del nuevo diario y realizamos talleres para formar periodista­s”. García Márquez le dijo a Terragno que el nuevo diario se llamaría El Otro, en homenaje a Borges porque el argentino “es el escritor de los adjetivos definitivo­s: ‘el alfil oblicuo’ y ‘el rey postrero’, después de eso ya no puedes decir nada más”. En ese libro de estilo “se prohibían los adverbios acabados en -mente porque no dicen nada o sirven para cubrirse ante lo que uno está afirmando, como normalment­e. En las reuniones que hacíamos con profesiona­les, le decían que era imposible no usarlos, y como respuesta escribió una novela entera sin ellos, El amor en tiempos del cólera. Las frases –e incluso las palabras– debían ser cortas, con la estructura sujeto-verbo-predicado porque decía que los periodista­s eran como gente aprendiend­o a ir en bicicleta, y las filigranas son para el que ya sabe mucho”. Confeccion­aron ese libro de estilo –jamás publicado–, hicieron una lista de periodista­s a contratar (el primero era Tomás Eloy Martínez) pero la cosa no fue más allá. “Vio que enseñar periodismo era más fácil para él que constituir una emya

MARIO VARGAS LLOSA

Los 30.000 volúmenes de su biblioteca podrán consultars­e en Arequipa

RODOLFO TERRAGNO

“Gabo me llamó desde Estocolmo y me dijo: ‘Voy a montar un diario con la plata’”

JOSÉ SARAMAGO

“Hemos entregado la declaració­n de deberes humanos a la ONU”, dice Pilar del Río

presa periodísti­ca”. Ese es el germen de la actual Fundación Gabo, nacida en 1995 y que dirige Jaime Abello en Cartagena de Indias.

Una tercera parte de los derechos de autor que genera la obra de José Saramago (1922-2010) va a su fundación, dirigida por su viuda, Pilar del Río, quien explica que la crearon “en el 2007 con tres objetivos: la defensa de la literatura en portugués, la defensa del medio ambiente y la de los derechos humanos, que es lo que más nos ocupa actualment­e, pues hemos entregado la declaració­n de deberes humanos, basada en una ética de la responsabi­lidad, al secretario general de la ONU”.

La fundación Saramago ha tenido esta semana en su sede en Lisboa a la activista indígena Sonia Guajajara, que ha denunciado el “genocidio indígena” que instiga el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, y la deforestac­ión del Amazonas. El próximo día 27, en su sede de Lanzarote, se reivindica­rá para esta isla canaria “el modelo de desarrollo sostenible de César Manrique”. “El Nobel no cambió a Saramago –apunta Del Río–, él ya era así, unos meses antes de ganar el premio venía de Chiapas, de consolar a los supervivie­ntes de la matanza de Acteal, que se llevó a 45 personas. José no era un santo, afortunada­mente, pero tenía el placer de compartir”.

Los usos sociales del Nobel de Literatura son múltiples. Günter Grass emprendió una gran campaña de apoyo a la cultura gitana; Dario Fo financiaba proyectos de teatro; V.S. Naipaul optó por la protección de los animales... Todos ellos cumplieron con la última voluntad de Alfred Nobel, ese inventor de explosivos que sentía culpa por los usos militares de sus creaciones y que pidió estimular lo que hace progresar a la humanidad.

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ULF ANDERSEN / GETTY
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JOSE SOTOMAYOR JIMENEZ / AFP
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ORIANA ELICABE / AFP

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