La Vanguardia

No era Beethoven

- Maricel Chavarría

En cuestiones de gustos y placeres artísticos conviene hacer de tanto en tanto un ejercicio de autoabsolu­ción y no sentirse una paria por el hecho de no comulgar con ideas de amplio consenso. Por ejemplo, Beethoven. El día que me descubrí harta del monocolor de las temporadas de clásica en Europa me expuse a la crítica feroz de la gente entendida y de gran parte de los músicos a los que me atreví a formular el anatema. Cómo se puede hartar nadie de Beethoven, el creador de todas las músicas, visibles e invisibles...

En aquel momento pensé que quizá es que la gente que osa interpreta­rlo disfruta mucho más de esa música tal como suena en su cabeza que el público que la recibe. Y no porque sea compleja –que lo es–, sino porque su discurso enrevesado y lleno de aristas y pasiones sólo tiene sentido cuando es servido desde una determinad­a energía, la que el propio Beethoven le insufló –especialme­nte a las sinfonías–, y con la sonoridad que él imaginó. Ponerse en la piel del genio no es algo que pueda estar al alcance de tantos músicos en tantos puntos del planeta como pretenden hacernos creer. Vaya, que el problema aquí no es el toreo –estúpidos–, es quien torea.

El otro día decía sir Simon Rattle con total resignació­n que se hará mucho Beethoven durante este 250.º aniversari­o. Y no siempre en las mejores condicione­s acústicas. De momento, Barcelona gana por goleada en calidad de propuestas orquestale­s. El mismo Rattle procuró en el Palau de la Música una interesant­e versión del raro oratorio Cristo en el Monte de los Olivos. Y esta semana es otro sir –John Eliot Gardiner– quien nos tiene clavados en las butacas de la sala modernista, noche tras noche, con una interpreta­ción del ciclo sinfónico que está haciendo historia.

No es una exageració­n. La electricid­ad orgánica con que ha hecho sonar la Quinta, que es piedra de toque de todo director de orquesta, lleva a pensar que quizá hemos hecho el ridículo durante décadas atribuyend­o a Beethoven una testostero­na estridente y un triunfalis­mo exhibicion­ista e histérico que acaba expulsando. Beethoven es como un relámpago, ¿no?, pues seamos relámpagos. Pero con el sonido original y el criterio de un historicis­ta tan rompedor como lo era Beethoven cuando hacía uso marcial y libertario de las melodías asociadas a la Revolución Francesa. No es que no entendiéra­mos su camuflado grito de libertad, igualdad y fraternida­d. Es que en el siglo XX nos empeñamos en ponerle un sonido turbo a un magnífico caballo de carreras.

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