La Vanguardia

‘Limenites reducta’

- Julià Guillamon

Han abierto el quiosco: la plancha de madera que tapaba la ventana sirve ahora de mostrador. Los hombres toman carajillos y los niños Coca-cola. Sirven café de un termo, conservan las bebidas en un cubo con hielo. Por los altavoces se oye carraspear una música. Han cubierto con tierra los regueros que se forman cuando llueve. Ayer estuvimos corriendo por el campo en bici y aún estaban. Mañana, si vamos a pegar unos balonazos, nos gustará ver las rayas de cal medio borradas. En las porterías han puesto redes, hechas con cuerdas finas. La gente se distribuye en torno a la barandilla de hierro. El equipo del pueblo viste como el Athletic de Bilbao: camiseta blanca y roja, pantalón negro, calcetines a rayas. El escudo está cosido un poco bajo, entre el ombligo y el pezón. El portero va de negro, con dos líneas que se cruzan en punta sobre el pecho, y lleva rodilleras de fieltro. El otro equipo viste como el Barça. Cuando se tiran al suelo para intercepta­r la pelota, los jugadores levantan una nube de polvo. El extremo izquierdo es bajito, tiene la cara con líneas de expresión muy marcadas, llevan un ligero tupé. Durante la semana trabaja de camarero en el bar.

Un chut lejano golpea en uno de los ángulos de la capilla de la Piedad: la pilota rebota y sale disparada. Un tiro, ésta vez cercano: el portero sale con poca decisión y el balón entra llorando. Cambian el número del visitante en el cartel patrocinad­o por la Coca-cola. Sacamos de centro, el balón se acerca al área, un defensa pega un pepinazo, y como que este año ya no está el edificio de los Colegios Nacionales, la pelota pasa por encima de la cerca, va a parar a la pista que

A su lado, desde hace años, se oxida una lata de aceite lubrifican­te. Al pie de los plátanos crecen ortigas

rodea el campo y baja rodando hasta el riachuelo.

El partido sigue con otro balón. El chaval sale a buscar la pelota. Atención a esas ortigas. Las hojas de color oscuro, serradas, el tronco cubierto de pelillos blancos. Que es lo que escuece: si tocas sólo la hoja no pasa nada. La plataforma con el campo de futbol tapa el camino y crea una umbría perfecta. Con plátanos que, como sucede siempre con los árboles que crecen en terrenos escalonado­s, parece que se estiren para no quedar disminuido­s y ponen la copa a la altura del suelo más alto. Detrás se esconde un pequeño acueducto. Los arcos están cubiertos de matas de helecho rojo, frondosas y elegantes. Crece siempre sobre superficie­s verticales, cuando intentas traspasarl­o a un tiesto, echa en falta el desequilib­rio vertical y empieza a perder foliolos. Bajo los plátanos apenas entra el sol. En un recodo hay un banco verde, moteado de musgo. A su lado, desde hace años, se oxida una lata de aceite lubrifican­te. Al pie de los plátanos crecen ortigas, zarzas, una pequeña palmera: todo atado por matas de madreselva y nueza negra. Espera un momento: en una hoja de ortiga, a la que llega un rayo de sol, que se ha filtrado entre las hojas, una mariposa (Limenitis reducta) despliega las alas para absorber el calor. Es pequeña y negra, con una raya blanca terminada en punta, como la camiseta del portero. Se oye gritar a la gente –¡gol!—. Después, vuelve a arrancar la megafonía: descanso.

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