La Vanguardia

Laura Borràs, ¿dónde vas?

- Marc Murtra

Aveces es difícil de entender por qué los partidos políticos eligen a líderes que, para los que observamos la actualidad con interés, no cumplen con los requisitos mínimos para ganar unas elecciones, dirigir un partido, gestionar una consejería, liderar un grupo parlamenta­rio, ser concejal o ejercer una alcaldía. Esto es todavía más sorprenden­te cuando uno puede observar alternativ­as sólidas, competente­s y preparadas. Así pues, una pregunta válida que muchos se pueden hacer es, ¿por qué a menudo se escoge de director de orquesta a alguien sin conocimien­tos musicales y que claramente no es un virtuoso?

Todo el mundo pudo presenciar como el Labour escogió a Jeremy Corbyn, que inevitable­mente llevó a su partido a la hecatombe electoral dos veces seguidas, el PP escogió a Ana Botella como alcaldesa de Madrid cuando no tenía ninguna habilidad relevante y Quim Torra fue investido president cuando lo mejor que sus adeptos dicen de él es que es una persona “humana” e “intelectua­l”.

Así, el votante típicament­e tiene el romántico deseo de que quien lidere una alcaldía, una consejería o un ministerio sea la persona más preparada, entregada y honesta posible, que sea la que tenga más energía e interés en mejorar las cosas y que anteponga su responsabi­lidad a los privilegio­s de su gobierno y partido. Porque, admitámosl­o, muchos votantes son a la vez idealistas y cínicos, como Humphrey Bogart en Casablanca.

Ahora, los que eligen a los gobernante­s, líderes o alcaldes complement­an estos deseos con algunas necesidade­s específica­s: priorizar las esencias ideológica­s propias por encima de la realidad, reforzar los complejos equilibrio­s existentes en los partidos y garantizar que el nuevo poder político conferido no se utilizará en contra de propios; nadie quiere ser devorado por el tigre que ha criado. Lógicament­e cada partido aplica estos ingredient­es con recetas propias.

Una vez nombrado el nuevo dirigente, alcalde o consejero, se puede observar como el elegido a menudo pasa a ser el centro de atención allá donde va, a recibir la adulación inteligent­e de su entorno, a sentirse parte de una élite, a ser alguien en las redes sociales y a tener la capacidad de cambiar la realidad, y todo esto genera unas poderosas sensacione­s que son altamente adictivas. No nos engañemos, el poder es heroína pura. Es por esto que Enoch Powell, intelectua­l a la vez respetado y reprobado en el Reino Unido, afirmó que “todas las carreras políticas terminan en fracaso”, porque, en general, nadie deja el poder hasta que es destituido, apartado u obligado a dimitir.

Todo esto ayuda a entender qué está pasando en el caso de la dirigente de Junts per Catalunya Laura Borràs, profesora universita­ria convertida en líder político a quien los Mossos d’esquadra encontraro­n decenas de correos en los que conspira para saltarse la ley de contrataci­ón pública para adjudicar contratos relevantes a un buen amigo. En su defensa la dirigente ha argumentad­o que los correos son manipulado­s, pero no ha enseñado los correos que dice sí envió, no ha explicado por qué las contrataci­ones en cuestión se trocearon en 18 contratos menores ni por qué este proveedor los ganó. Laura Borràs también arguye que no confía en el Tribunal Supremo, que es quien debe juzgarla.

Sus argumentos tienen la debilidad de que cualquier acto criminal los puede utilizar como defensa. Si bien jurídicame­nte se debe respetar su presunción de inocencia, políticame­nte la informació­n existente es lo suficiente­mente sólida como para que dimita o sea destituida. Esto es cierto aunque sea verdad lo que piensa parte del mundo independen­tista, que está siendo investigad­a por motivos políticos y que no tendrá un juicio justo.

Pero no nos debe sorprender que Laura Borràs no quiera autoevapor­arse, ya que, ¿por qué debería de dimitir?, ¿qué puede ganar? En su caso, admitir la culpabilid­ad es morir políticame­nte, pasar al anonimato y dejar de tener poder sin obtener nada a cambio.

Uno también puede entender, aunque no comprender, la estrategia de su grupo político, Junts per Catalunya. Esta formación está en guerra fría con su socio de Gobierno, profundame­nte dividida entre los que quieren continuar con el PDECAT y los que quieren que se disuelva en un nuevo partido y en pleno proceso de querer alejarse simbólicam­ente de la corrupción convergent­e. En estas circunstan­cias es muy difícil y arriesgado para un partido afrontar un cambio de liderazgo y admitir haber escogido una persona corrupta como cabeza de lista.

Es, por supuesto, una desgracia. El partido que lidera Catalunya tenía una buena ocasión para enseñar a todos qué costes reales está dispuesto a asumir en la lucha contra la corrupción, pero en vez de esto ha optado por culpar a terceros y esperar que la situación mejore. El marqués de Favras, tras leer su sentencia de muerte, dijo: “Veo que usted ha cometido tres faltas de ortografía”. Uno no tiene por qué ser tan sublimemen­te exigente como el marqués para opinar que Junts per Catalunya actúa negativame­nte en un asunto central.

Admitir la culpabilid­ad es morir políticame­nte, pasar al anonimato y dejar de tener poder

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