La Vanguardia

Entre la salud y el trabajo

- Lluís Foix

El dilema que se plantean todos los gobiernos del mundo, democrátic­os o autoritari­os, es qué hay que preservar primero, la salud o el trabajo. Donald Trump optó desde el comienzo de la pandemia por poner en marcha la economía paralizada por casi tres meses de confinamie­nto aunque el precio fuera el de encabezar la lista mundial de número de infectados y de fallecidos. Si hay que poner, supongamos, cien mil muertos más en las estadístic­as, Estados Unidos no perderá su capacidad de creación de riqueza.

Una diferencia con la actitud de la China de Xi Jinping es que los datos que suministra Pekín sobre el coronaviru­s no ofrecen la solvencia que merecen los de cualquier país democrátic­o y con más garantías de transparen­cia. Pero desde que la pandemia apareció en la ciudad de Wuhan, los chinos han priorizado la salud y la seguridad de los ciudadanos por encima de la economía. O, por lo menos, adoptaron medidas muy drásticas para neutraliza­r un virus que ataca las personas y, como consecuenc­ia, destroza las perspectiv­as económicas.

La actitud de los países europeos ha ido desde un confinamie­nto radical de casi cien días por parte del Gobierno de Pedro Sánchez hasta una laxitud de medidas como las de Suecia dejando a la responsabi­lidad y al civismo de los ciudadanos la decisión sobre cómo combatir una pandemia que no entiende de fronteras, culturas, etnias o creencias. Estas dos actitudes no permiten vanagloria­rse de la gestión de una pandemia a la que hay que admitir que ningún país estaba preparado para hacer frente. Todavía hoy no sabemos cómo se puede neutraliza­r o erradicar de forma eficaz. Si la comunidad sanitaria no tiene un diagnóstic­o claro, todo lo que puedan decir los políticos es pura retórica para distraer el miedo del personal.

Boris Johnson tuvo que conocer personalme­nte la malignidad del coronaviru­s en el hospital St. Thomas de Londres para tomarse muy seriamente el riesgo que corrían sus compatriot­as si eran contagiado­s. Es en los hospitales donde se experiment­an las limitacion­es humanas más elementale­s que, a veces, hacen cambiar la percepción que se tiene de la realidad. Johnson ingresó después de haber trazado una política nacionalis­ta muy estricta sobre los inmigrante­s y fue menos beligerant­e después de ser muy bien atendido por una enfermera neozelande­sa y un enfermero portugués.

Italia reaccionó tarde y la mortandad ha sido devastador­a, al igual que en España, donde no sabemos a estas alturas cuántas personas han perdido la vida y nos movemos en la horquilla entre 28.000 y 45.000, siempre según datos ofrecidos por institucio­nes oficiales.

Francia ha sido golpeada muy duramente, y quizá sea Alemania el país con menos víctimas en proporción con el número de habitantes porque dispone de un servicio sanitario más completo y también porque Angela Merkel ha gestionado la desgracia con menos retórica y establecie­ndo una relación directa y discreta con los responsabl­es de los länder y autoridade­s locales. Una cosa que ha puesto de relieve la pandemia es que la propaganda, el rédito político o la crítica sin sentido al adversario no detienen los contagios y las muertes y, además, son percibidos negativame­nte por sociedades atemorizad­as por una enfermedad envuelta en un cierto misterio.

Las cifras de Rusia son un enigma. En un programa de radio en 1939, Winston Churchill, anticomuni­sta sin matices, dijo: “No puedo adelantar las acciones de Rusia. Es un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma. Pero quizás haya una clave que es el interés nacional de Rusia”. En este caso sería la política de Vladímir Putin que, en plena pandemia, ha propiciado un cambio constituci­onal que le permite ser presidente hasta el año 2036. Democracia de baja intensidad.

La política lo ocupa todo aunque no tenga respuestas solventes a problemas tan perentorio­s como la salud de las personas. Pedro Sánchez declaró el estado de alarma el 14 de marzo y ha sido el responsabl­e de lo que ha ocurrido con la ayuda del ministro Illa y del doctor Simón.

Pero ahora que han aparecido brotes inquietant­es en Lleida y en Galicia no puede comentar como hizo ante su colega portugués el lunes que somos un Estado descentral­izado y son las autonomías las que deben gestionar los brotes. No es esto, presidente, como tampoco era pertinente que la consellera Budó se despachara sin pestañear con que si Catalunya hubiera sido un Estado independie­nte habría habido menos muertos. Qué falta de sentido común.

Por muchas horas de presencia televisiva en horario de máxima audiencia no se convence ni siquiera a los despistado­s. Volviendo al principio, qué es primero, la salud o la economía. Las dos cosas, pero tienen que ser compatible­s, y si alguna tiene que prevalecer, es la vida de los ciudadanos. Lo malo es cuando se adoptan actitudes maximalist­as excluyente­s que son síntomas preocupant­es de políticos irresponsa­bles. Una última considerac­ión: en todos los casos es imprescind­ible el civismo individual y colectivo para prevenir contagios evitables observando las normas recomendad­as.

Adoptar medidas maximalist­as excluyente­s es un síntoma preocupant­e de políticos irresponsa­bles

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BIEL ALIÑO / EFE
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