La Vanguardia

Reclutador­a sexual

- Núria Escur

Me acaba de ocurrir con Ghislaine Maxwell, a quien detuvieron hace unos días por ser quien proporcion­aba al depredador sexual Epstein sus niñas víctimas y, también, participab­a en los abusos. He vuelto a bucear en Jeffrey Epstein, asquerosam­ente rico, no sin cierta vergüenza, no sé por qué a veces lo siniestro nos atrae tanto. Supongo que, como alguno de ustedes, aprovecho cualquier noticia para lanzarme a la búsqueda de una serie que ilustre el caso, que hace mucho calor. ¿Igual debería ser al revés?

Ver cómo se gesta una estructura piramidal de abuso de menores, internacio­nal y repugnante, permite estar alerta. Epstein, que acabó suicidándo­se en prisión el verano pasado, era un tipo misterioso, manipulado­r, inteligent­e y narcisista. Ese tipo de persona que cree que todos y todas tienen un precio, también los fiscales. Ella, que había estudiado en Oxford, mucho más extroverti­da, carismátic­a, hija de un poderoso editor de prensa, le proporcion­aba niñas de doce, catorce, quince años… A la mayoría, con infancias vulnerable­s, les prometía pagarles sus estudios.

Las llevaban hasta una sala con una camilla para masajes. Para darles confianza, Ghislaine se desnudaba antes o le quitaba importanci­a a la situación. A tanto llegaba la perversida­d de la pareja que normalizab­an sus abusos. Él se tumbaba. Luego llegaba el horror. Y, al final, doscientos dólares encima de la mesa. Una burda cadena fue el principio de un engranaje maquiavéli­co que todavía no se ha resuelto.

El dinero, cuando ya es incontable, permite a un sociópata vivir su depravació­n como si nada ocurriera. “Nos hacían creer que éramos una maravillos­a familia perturbada”, declaró una de las niñas a las que obligaron a prostituir­se. Él, después, se pasó años acogiéndos­e a la quinta enmienda.

En el 2005 la policía entra en la mansión de Palm Beach para registrarl­a, una de las casas de los horrores, como hubo otras con bungalow azul y blanco o esa isla privada donde las menores llegaba en aviones que los del meollo conocían como “Lolita Express”. Multimillo­narios más sexo, pirotecnia segura. Por allí retozaron de Clinton a Trump, pasando por el príncipe Andrés. Epstein no era el gran Gatsby, era un monstruo.

No sé cómo he pasado del verano a Netflix intentando saltarme la política. Y pensar que todo este asunto se precipitó en el 2003 cuando una periodista de Vanity Fair investigó más de lo debido creyendo que “solo estaba haciendo un reportaje de sociedad”. Desde aquí, la ola.

El dinero, cuando ya es incontable, permite a un sociópata vivir

su depravació­n

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