La Vanguardia

Algo clásico, qué aroma

“Atletismo y cine, mejores los de antes”, dice Carles Balagué: ha cerrado las Salas Méliès

- Sergio Heredia

Soy muy activo. El reverso es que no sé tomarme unas vacaciones

François Truffaut

–Por televisión, todavía sigo el atletismo. Pero me pasa igual que con el cine. Me decanto por los clásicos –me dice Carles Balagué (71).

Y seguimos con la conversaci­ón, dándole vueltas al atletismo y el cine, acaso dos de sus pasiones vitales.

–Ah, los tiempos de Coe y de Ovett. ¿Qué fue de ellos? –me pregunta.

Le cuento que Coe es hoy un Sir de la Orden Británica. Que preside el atletismo mundial. Y que, según parece, tal vez algún día llegue a presidente del olimpismo. También le digo que Ovett era la antítesis. Atleta peleón. Un luchador que utilizaba los codos para descentrar al rival.

–Ovett te insultaba durante la carrera. O te guiñaba el ojo a la salida. Te sacaba de tus casillas. Coe y Ovett eran como día y noche. Y ese era su encanto –le cuento.

Carles Balagué cierra los ojos y retrocede a aquellos tiempos.

La época de Carl Lewis, Sergéi Bubka y Florence Griffith. También la de Steve Cram, que había llegado tarde a la fiesta. Cuando Cram se alumbró, la dualidad ya estaba hecha: el mundo era de Coe o de Ovett. Me puede el subconscie­nte.

Se me ocurre preguntarl­e:

–¿Qué le pareció Carros de Fuego?

Creo que la pregunta es pertinente. Carles Balagué ha sido un importante cineasta, con quince títulos en su cartera. Y durante 24 años ha sido el propietari­o de las Salas Méliès, el hogar del cine clásico en Barcelona, escenario cuyas puertas se cerraban la semana pasada, víctima de las plataforma­s, la desidia de las nuevas generacion­es y la pandemia.

–Ah, Carros de Fuego... Es una buena película. Podría ser cine clásico por su ubicación en Gran Bretaña. Los británicos siempre han sabido sacarle partido a sus rivalidade­s internas –me responde.

Y le da un buen trago a su Cocacola con hielo y limón.

Nos hemos sentado en una terraza de la plaza Lesseps. Le habíamos propuesto desplazarn­os a las pistas universita­rias, espacio que frecuentab­a en otros tiempos, cuando le entrenaba el gran Jordi Vidal. Carles Balagué ha corrido diez maratones (llegó a registrar 3h10m).

Lo que pasa es que el club está cerrado, cosas de la pandemia.

También le habíamos propuesto acercarnos a las Salas Méliès, calle Villarroel abajo, dos manzanas por encima de la Gran

Via.

–Pero allí no queda nada. Ni las máquinas ni el cartel en la fachada –me dice.

Así que nos hemos encontrado a un paso de su casa. Y Llibert Teixidó le hace la foto en un banco, a la sombra, mientras los transeúnte­s observan la escena.

La escena es un clásico.

El fotógrafo retrata a alguien y quien pasa cerca se vuelve a contemplar la escena, curioso, por ver de quién se trata.

Carles Balagué ha dirigido a Ángela Molina, Ariadna Gil y Juanjo Puigcorbé en Mal

de amores (1993). Y ocho años más tarde se ganaba el aplauso unánime al elaborar La

Casita Blanca: la ciutat oculta, documental premiado con el Ciudad de Barcelona. –¿Por qué ese tema? –le pregunto. –¿La Casita Blanca...? En este barrio, el meublé tenía mucha tradición. Se construían historias paralelas. Contaban que los amantes se citaban allí dentro y luego iban a la iglesia de Lesseps, unos pasos más abajo, a confesarse por sus pecados. ¿No le parece fascinante?

–Lo es, lo es.

–Entrevisté a mucha gente. A muchos empleados del lugar. O a Carmen de Lirio, una vedette de la época.

–Y mientras tanto, dirigía las Salas Méliès. El cine clásico ¿se vendía bien?

–Si no, no hubiéramos durado 24 años...

–¿Y cómo se le ocurrió la idea? –La Filmoteca apenas existía. Había directores clásicos desconocid­os para el gran público. Quisimos presentar a Billy Wilder, Bergman, Hitchcock, Mankiewicz, Visconti, Fellini, Pasolini, Truffaut, Godard... Creo que Eastwood es el último clásico que queda.

–Y como diría el poeta, ¿cuándo se jodió todo?

–Llegamos a pasar más de 200 películas. Los primeros diez años habían sido muy buenos. Luego bajamos el pistón.

–¿...?

–Todo se volvió más maléfico y maquiavéli­co. No sabíamos dónde buscar más películas. Y el público se estaba transforma­ndo. El cine clásico no le interesa al joven. La media de espectador­es superaba los 50 años... Cuando converso con profesores, les advierto de una cosa...

–¿De qué?

–Les digo que el cine debería aparecer en los planes de estudio. Y que deberían presentarl­o de forma divertida. Deberían enseñar las películas de Chaplin o de Laurel & Hardy. Que el joven disfrutara de los gags. Lo que pasa es que luego vienen los sabios y dicen que a los chavales les aburre ese cine. –¿Qué les aportaría?

–Sentido del ritmo. Inteligenc­ia en los diálogos. Buenas historias. Espacio para la reflexión. Sentido estético. ¿Le parece poco? Pues todo eso es lo que se están perdiendo nuestros chicos cuando nadie les presenta a los clásicos del cine.

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LLIBERT TEIXIDÓ Carles Balagué, el lunes pasado en Barcelona
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